TERMINACIÓN DE UN PSICOANÁLISIS, Melanie Klein

SOBRE LOS CRITERIOS PARA LA
TERMINACIÓN DE UN PSICOANÁLISIS
(1950)

fin de analisis

Los criterios para la terminación de un análisis constituyen un
importante problema para cualquier psicoanalista. Hay muchos criterios
sobre los cuales todos nos pondríamos de acuerdo. Quiero proponer aquí un
enfoque diferente del problema.
Se señala a menudo que la terminación de un análisis reactiva en el
paciente las situaciones más tempranas de separación, que es como una
experiencia de destete. Esto implica, según me lo ha mostrado mi trabajo,
que las emociones que siente el bebé en el momento del destete, cuando los
conflictos infantiles llegan a su cúspide, se reviven intensamente al
finalizar un análisis.

De acuerdo con esto, llegué a la conclusión de que
antes de dar por terminado un análisis tengo que preguntarme si los
conflictos y las ansiedades experimentadas en el primer año de vida han
sido suficientemente analizados y elaborados en el curso del tratamiento.
Mi trabajo sobre el desarrollo temprano (Klein, 1935, 1940, 1946,
1948b) me ha permitido distinguir dos formas de ansiedad: la persecutoria,
que predomina durante los primeros meses de la vida y es fuente de la
«posición esquizo-paranoide», y la depresiva, que culmina alrededor de la
mitad del primer año y es fuente de la «posición depresiva». He llegado a la
conclusión de que al principio de su vida postnatal el niño siente la
ansiedad persecutoria en relación con fuentes a la vez externas e internas:
externas, en tanto que la experiencia del nacimiento se vive como un
ataque; e internas, porque la amenaza para el organismo proveniente, de
acuerdo con Freud, del instinto de muerte, suscita a mi criterio el miedo a
la aniquilación -el miedo a la muerte-. Es este miedo lo que considero la
causa primaria de la ansiedad.


La ansiedad persecutoria se vincula principalmente a peligros
sentidos como amenazando el yo; la ansiedad depresiva, a peligros sentidos
como amenazando el objeto de amor, en primer término por la agresión del
sujeto. La ansiedad depresiva surge de procesos de síntesis en el yo; porque
como resultado de una creciente integración, el amor y el odio, y, en
consecuencia, los aspectos buenos y malos de los objetos, se vuelven más
cercanos en la mente del niño. Un cierto grado de integración es también
una de las condiciones previas de la introyección de la madre como persona
total. Los sentimientos y la ansiedad depresivos llegan a su cúspide -la
posición depresiva- alrededor de la mitad del primer año. Entonces, la
ansiedad persecutoria ha disminuido, aunque sigue desempeñando un papel
importante.

El sentimiento de culpa, vinculado con la ansiedad depresiva, se
refiere al daño causado por los deseos canibalistas y sádicos. La culpa hace
surgir el impulso a reparar el objeto de amor así dañado, a preservarlo o
restaurarlo, impulso que profundiza los sentimientos de amor y promueve
relaciones objetales.
En el momento del destete, el niño siente que pierde su primer objeto
de amor -el pecho de la madre- tanto como objeto externo y como
introyectado, y que esta pérdida se debe a su odio, agresión y voracidad.
Entonces el destete incrementa sus sentimientos depresivos, que
evolucionan hacia un proceso de duelo. El sufrimiento propio de la
posición depresiva está vinculado a un incremento de la comprensión de la
realidad psíquica, que a su vez contribuye a una mejor comprensión del
mundo externo. Gracias a su creciente adaptación a la realidad y a la mayor
amplitud de las relaciones objetales, el niño es capaz de combatir y
disminuir sus ansiedades depresivas y, en cierta medida, establecer
firmemente sus buenos objetos internalizados, es decir, el aspecto favorable
y protector del superyó.
Freud describió la prueba de realidad como parte esencial del trabajo
del duelo. A mi criterio, es en la temprana infancia cuando se utiliza por
primera vez la prueba de realidad para superar el dolor vinculado a la
posición depresiva; y cada vez que se experimenta un duelo, estos procesos
tempranos se reactivan. He comprobado que el éxito del trabajo del duelo
en los adultos depende no sólo de establecer dentro del yo la persona
perdida (como lo hemos aprendido de Freud y Abraham), sino también de
restablecer los primeros objetos amados, que en la temprana infancia
fueron destruidos o puestos en peligro por los impulsos destructivos.
Aunque los primeros pasos para contrarrestar la posición depresiva
se realizan durante el primer año de vida, los sentimientos persecutorios y
depresivos reaparecen en el curso de la infancia. Estas ansiedades son
elaboradas y superadas con amplitud en el curso de la neurosis infantil, y
normalmente, cuando comienza el período de latencia, se han desarrollado
defensas adecuadas y se ha alcanzado ya un cierto grado de estabilización.
Esto significa que se han conseguido la primacía genital y relaciones
objetales satisfactorias, y que el complejo edípico ha perdido fuerza.
Extraeré ahora una conclusión de la definición dada acerca de que la
ansiedad persecutoria se refiere a peligros sentidos como amenazando el yo
y la ansiedad depresiva a peligros sentidos como amenazando el objeto
amado. Esto significa que estas dos formas de ansiedad comprenden todas
las situaciones de ansiedad por las cuales pasa el niño. Así, el miedo de ser
devorado, de ser envenenado, de ser castrado, el miedo a ataques en el
«interior» de su cuerpo, pertenecen a la ansiedad persecutoria, mientras
todas las ansiedades referidas a los objetos de amor son de naturaleza
depresiva. Sin embargo, las ansiedades persecutoria y depresiva, aunque
conceptualmente distintas desde el punto de vista clínico, a menudo se
mezclan. Por ejemplo, considero que el miedo a la castración, la principal
ansiedad en el varón, es persecutorio. Este miedo se mezcla con ansiedad
depresiva en la medida en que produce el sentimiento de no poder fecundar
a una mujer, en última instancia de no poder fecundar a la madre amada, y
en consecuencia de no ser capaz de reparar el daño que ella sufrió por los
impulsos sádicos del niño. No es necesario recordar que la impotencia
produce a menudo una severa depresión en los hombres. Consideremos
ahora la principal ansiedad en las mujeres. El miedo de la niña de que la
madre terrorífica ataque su cuerpo y los bebés que contiene, -que, a mi
juicio, constituye la situación de ansiedad femenina fundamental- es
persecutorio por definición. Pero en tanto que este miedo implica la
destrucción de sus objetos amados -los bebés que siente dentro de ella-,
posee un fuerte elemento de ansiedad depresiva.
De acuerdo con mi tesis, una condición previa para el desarrollo
normal es que tanto las ansiedades persecutorias como las depresivas hayan
sido ampliamente reducidas y modificadas. En consecuencia, como espero
que haya resultado claro de mí exposición anterior, mi enfoque del
problema de la terminación de los análisis de niños y de adultos puede
definirse así: que la ansiedad persecutoria y depresiva haya sido
suficientemente reducida, lo que -a mi criterio- presupone el análisis de las
primeras experiencias de duelo.
Debo decir, sin embargo, que aun si el análisis retrocede hasta las
etapas más tempranas del desarrollo, base para mi nuevo criterio, los
resultados todavía podrán variar de acuerdo con la severidad y la estructura
del caso. En otras palabras, a pesar del progreso de nuestra teoría y nuestra
técnica, debemos tener presentes las limitaciones de la terapia
psicoanalítica.
¿Qué relación tiene el enfoque que estoy sugiriendo con algunos de
los criterios ya bien conocidos, como los de una potencia sexual y una
heterosexualidad bien establecida, la capacidad de amor, de relaciones
objetales y de trabajo, y determinadas características del yo que tiendan a
una estabilidad psíquica y estén ligadas a defensas adecuadas? Todos estos
aspectos del desarrollo tienen una relación recíproca con la modificación de
la ansiedad persecutoria y depresiva. En cuanto a la capacidad de amor y de
relaciones objetales, se puede ver fácilmente que sólo se desarrolla
libremente si las ansiedades persecutorias y depresivas no son excesivas.
La solución es más compleja en lo que se refiere al desarrollo del yo. A
este respecto, se enfatizan habitualmente dos rasgos, el incremento en
estabilidad y en el sentido de realidad, pero opino que la extensión en la
profundidad del yo también es esencial. Un elemento intrínseco de una
personalidad profunda y completa es la riqueza de la vida de fantasía y la
capacidad de sentir libremente las emociones. Estas características, a mi
criterio, presuponen que la posición depresiva infantil fue elaborada, es
decir, que toda la escala de amor y odio, ansiedad, pena y culpa en relación
con los objetos primarios ha sido experimentada una y otra vez. Este
desarrollo emocional está ligado a la naturaleza de las defensas. Una falla
en la elaboración de la posición depresiva se une inextricablemente con el
predominio de defensas que provocan un bloqueo de las emociones y de la
vida de fantasía e impiden la introvisión (insight.) Tales defensas, que he
designado como «defensas maníacas», aunque no son incompatibles con un
cierto grado de estabilidad y de fortaleza del yo, van juntas con una falta de
profundidad. Si en el curso de un análisis conseguimos reducir las
ansiedades persecutorias y depresivas, y, en consecuencia, disminuir las
defensas maníacas, uno de los resultados será un incremento tanto de la
fortaleza como de la profundidad del yo.
Aun si se han obtenido resultados satisfactorios, la terminación de un
análisis conlleva el surgimiento de sentimientos penosos y hace revivir
ansiedades tempranas; culmina en un estado de duelo. Cuando se ha
producido la pérdida que representa el final del análisis, el paciente todavía
tiene que llevar a cabo por su cuenta una parte del trabajo del duelo. Creo
que esto explica el hecho de que a menudo, después de la terminación de
un análisis, se consigue un mayor progreso; se puede prever más fácilmente
hasta qué punto se logrará, si aplicamos el criterio que he sugerido. Porque
sólo si han sido ampliamente modificadas las ansiedades persecutorias y
depresivas el paciente puede llevar a buen término por sí mismo la parte
final del trabajo del duelo, lo que implica de nuevo una prueba de realidad.
Creo, además, que cuando decidimos que un análisis puede terminar, es
muy útil que el paciente sepa la fecha de la terminación con varios meses
de anticipación. Esto lo ayuda a elaborar y disminuir el sufrimiento
inevitable de la separación mientras está todavía en análisis y le allana el
camino para que termine exitosamente el trabajo del duelo por su propia
cuenta.
En este artículo aclaré que el criterio que sugiero presupone que el
análisis ha sido llevado hasta los estadios tempranos del desarrollo y a
capas profundas del psiquismo, y ha incluido la elaboración de las
ansiedades persecutoria y depresiva.
Esto me lleva a una conclusión en cuanto a la técnica. En el curso de
un análisis, el sicoanalista a menudo aparece como una figura idealizada.
La idealización se usa como defensa contra la ansiedad persecutoria y su
corolario. Sí el analista deja que persista una idealización excesiva -es
decir, si se apoya sobre todo en la transferencia positiva- puede ser capaz
de conseguir cierta mejoría. Pero lo mismo podría decirse de cualquier
psicoterapia exitosa. Solo analizando la transferencia negativa tanto como
la positiva se reduce la ansiedad radicalmente. En el curso del tratamiento
el sicoanalista llega a representar, en la situación de transferencia, una
cantidad de figuras que corresponden a las que fueron introyectadas en el
desarrollo temprano (Klein, 1929; Strachey, l934). A veces es introyectado
como perseguidor y otras veces como figura idealizada, con todos los
matices y grados posibles entre ambos.
Cuando las ansiedades persecutorias y depresivas son
experimentadas y finalmente reducidas en el curso del análisis, se produce
una mayor síntesis entre los variados aspectos del analista junto con una
mayor síntesis entre los variados aspectos del superyó. En otras palabras,
las más tempranas figuras terroríficas sufren un cambio esencial en la
mente del paciente -se podría decir básicamente que mejoran-. Los objetos
buenos -distintos de los idealizados- pueden establecerse con seguridad en
la mente sólo si el definido clivaje entre las figuras persecutorias e
idealizadas ha disminuido, si las pulsiones agresivas y libidinales se han
acercado unas a otras y sí el odio ha sido mitigado por el amor. Este
aumento en la capacidad de síntesis prueba que los procesos de clivaje que,
en mi opinión, se originan en la infancia más temprana, han disminuido, y
que se ha alcanzado una integración del yo en profundidad. Cuando estos
rasgos positivos están suficientemente establecidos, tenemos motivo para
pensar que la terminación de un análisis no es prematura aunque pueda
hacer revivir todavía una ansiedad aguda.

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