Los SÍMBOLOS EN EL DESARROLLO DEL YO, Melanie Klein

LA IMPORTANCIA DE LA FORMACIÓN DE
SÍMBOLOS EN EL DESARROLLO DEL YO
(1930)

El planteo de este artículo se basa en la suposición de que hay una
etapa temprana del desarrollo mental en que se activa el sadismo en cada
una de las diversas fuentes de placer libidinal1. Según mi experiencia, el
sadismo alcanza su punto culminante en dicha fase, que se inicia con el
deseo oral-sádico de devorar el pecho de la madre (o toda ella) y
desaparece con el advenimiento de la primera etapa anal. En el período a
que me refiero, el fin predominante en el sujeto es apoderarse del contenido
del cuerpo de la madre y destruirla con todas las armas que el sadismo tiene
a su alcance. Esta fase constituye, al mismo tiempo, la introducción del
complejo de Edipo. Las tendencias genitales comienzan ahora a ejercer
influencia, aunque ésta no es todavía evidente porque los impulsos
pregenitales dominan el campo. Mi planteo se apoya en el hecho de que el
conflicto edípico comienza en un período en el que predomina el sadismo.


El niño espera que en el interior del cuerpo de su madre encontrará:
a) el pene del padre; b) excrementos y c) niños, y homologa todas estas
cosas con sustancias comestibles. De acuerdo con las más primitivas
fantasías (o «teorías sexuales») infantiles sobre el coito de los padres,
durante el acto el pene del padre (o todo su cuerpo) es incorporado por la
madre. De este modo, los ataques sádicos del niño tienen por objeto a
ambos padres a la vez, a quienes muerde, despedaza o tritura en sus
fantasías. Esos ataques despiertan angustia porque el niño teme ser
castigado por los padres unidos, y esta angustia también es internalizada a
consecuencia de la introyección oral-sádica de los objetos y así se dirige ya
hacia el superyó temprano. He podido observar que estas situaciones de
angustia de las primeras fases del desarrollo mental son muy profundas y
abrumadoras. Según mi experiencia, en los ataques fantaseados contra el
cuerpo materno desempeñan un papel considerable el sadismo uretral y
anal, que se agrega muy pronto al sadismo oral y el muscular.

En la
fantasía, los excrementos son transformados en armas peligrosas: orinar es
para el niño lo mismo que lastimar, herir, quemar, ahogar, mientras que las
materias fecales son homologadas con armas y proyectiles. En una etapa
posterior a la fase descrita esas formas violentas de ataque son
reemplazadas por ataques encubiertos con los métodos más refinados que
1Véase mi «Estadíos tempranos del conflicto edípico» (1928).
el sadismo puede inventar, y los excrementos son homologados a
sustancias venenosas.
El exceso de sadismo despierta angustia y moviliza los mecanismos
de defensa más primitivos del yo. Freud escribe (1926): «Bien pudiera ser
que antes de que el yo y el ello hayan llegado a diferenciarse nítidamente y
antes de que se haya desarrollado el superyó, el aparato mental utilice
modos de defensa distintos de los que pone en práctica una vez que ha
alcanzado dichos niveles de organización». Según lo que he podido
observar en el análisis, la primera defensa impuesta por el yo está en
relación con dos fuentes de peligro: el propio sadismo del sujeto y el objeto
que es atacado. Esta defensa, en correlación con el grado de sadismo, es de
carácter violento y difiere fundamentalmente del ulterior mecanismo de
represión. En relación con el sadismo del sujeto, la defensa implica
expulsión, mientras que en relación con el objeto atacado implica
destrucción. El sadismo se convierte en una fuente de peligro porque ofrece
ocasión para la liberación de angustia y, también, porque el sujeto siente
que las armas empleadas para destruir al objeto apuntan a su propio yo. El
objeto atacado se convierte en una fuente de peligro, porque el sujeto teme
de él ataques similares (retaliatorios). De este modo, el íntegro yo no
desarrollado se encuentra ante una tarea que, en esta etapa, está totalmente
fuera de su alcance: la tarea de dominar la angustia más intensa.
Ferenczi sostiene que la identificación, precursora del simbolismo,
surge de las tentativas del niño por reencontrar en todos los objetos sus
propios órganos y las funciones de éstos. Según Jones, el principio del
placer hace posible la ecuación entre dos cosas completamente diferentes
por una semejanza de placer o interés. Hace algunos años, escribí un
artículo basado en estos conceptos, en el que llegué a la conclusión de que
el simbolismo es el fundamento de toda sublimación y de todo talento, ya
que es a través de la ecuación simbólica que cosas, actividades e intereses
se convierten en tema de fantasías libidinales.


Puedo ampliar ahora lo expresado entonces (1923) y afirmar que,
junto al interés libidinal, es la angustia que surge en la fase descrita la que
pone en marcha el mecanismo de identificación. Como el niño desea
destruir los órganos (pene-vagina-pecho) que representan los objetos,
comienza a temer a estos últimos. Esta angustia contribuye a que equipare
dichos órganos con otras cosas; debido a esa equiparación éstas, a su vez,
se convertirán en objetos de angustia. Y así el niño se siente
constantemente impulsado a hacer nuevas ecuaciones que constituyen la
base de su interés en los nuevos objetos, y del simbolismo.
Entonces el simbolismo no sólo constituye el fundamento de toda
fantasía y sublimación, sino que sobre él se construye también la relación
del sujeto con el mundo exterior y con la realidad en general. He señalado
que el objeto del sadismo en su punto culminante -y el impulso
epistemofílico surge simultáneamente con el sadismo- es el cuerpo materno
con sus contenidos fantaseados. Las fantasías sádicas dirigidas contra el
interior del cuerpo materno constituyen la relación primera y básica con el
mundo exterior y con la realidad. Del grado de éxito con que el sujeto
atraviesa esta fase, dependerá la medida en que pueda adquirir, luego, un
mundo externo que corresponda a la realidad. Vemos, entonces, que la
primera realidad del niño es totalmente fantástica; está rodeado de objetos
que le causan angustia, y en este sentido excrementos, órganos, objetos,
cosas animadas e inanimadas son en principio equivalentes entre sí. A
medida, que el yo va evolucionando, se establece gradualmente a partir de
esa realidad irreal una verdadera relación con la realidad. Por consiguiente,
el desarrollo del yo y la relación con la realidad dependerán del grado de
capacidad del yo, en una etapa muy temprana, para tolerar la presión de las
primeras situaciones de angustia. Y, como siempre, también aquí es
cuestión de cierto equilibrio óptimo entre los factores en juego. Una
cantidad suficiente de angustia es una base necesaria para la abundante
formación de símbolos y fantasías; para que la angustia pueda ser
satisfactoriamente elaborada, para que esta fase fundamental tenga un
desenlace favorable y para que el yo pueda desarrollarse con éxito, es
esencial que el yo tenga adecuada capacidad para tolerar la angustia.
Estas conclusiones son el resultado de mi experiencia analítica
general, pero se ven confirmadas de manera sorprendente en un caso en el
que existía una desusada inhibición en el desarrollo del yo.
Este caso, del que daré ahora algunos detalles, es el de un niño de
cuatro años que por la pobreza de su vocabulario y desarrollo intelectual
estaba en el nivel de un niño de 15 ó 18 meses. Faltaban casi
completamente la adaptación a la realidad y relaciones emocionales con su
ambiente. Este niño, Dick, carecía de afecto y era indiferente a la presencia
o ausencia de la madre o la niñera. Desde el principio, sólo rara vez había
manifestado angustia, e incluso en un grado anormalmente reducido. Con
excepción de cierto interés especial, al que me referiré en seguida, no tenía
casi intereses, no jugaba y no tenía contacto con su medio. Generalmente,
articulaba sonidos ininteligibles y repetía constantemente ciertos ruidos.
Cuando hablaba, utilizaba incorrectamente su escaso vocabulario. Pero no
sólo era incapaz de hacerse inteligible; tampoco lo deseaba. Más aun, la
madre advertía a veces claramente en Dick una actitud fuertemente
negativa, que se expresaba en que con frecuencia hacía precisamente lo
contrario de lo que se esperaba de él. Por ejemplo: si la madre lograba
hacerlo repetir junto con ella algunas palabras, con frecuencia Dick las
alteraba completamente, aunque otras veces podía pronunciar
perfectamente esas mismas palabras. Además, a veces repetía
correctamente las palabras, pero seguía repitiéndolas en forma incesante y
mecánica hasta que hartaba a todos. Ambas formas de conducta difieren de
la de un niño neurótico. Cuando un niño neurótico manifiesta oposición en
forma de rebeldía, y cuando manifiesta obediencia (incluso acompañada
por un exceso de angustia), lo hace con cierta comprensión y alguna forma
de referencia a la cosa o persona implicada. Pero en la oposición y
obediencia de Dick no se advertía afecto ni comprensión alguna. Además,
cuando se lastimaba, demostraba gran insensibilidad al dolor y no
experimentaba para nada el deseo universal en niños pequeños de ser
consolado y mimado. Su torpeza física era también muy notable. No era
capaz de asir cuchillos ni tijeras, en cambio era llamativo que manipulara
normalmente la cuchara con que comía.
La impresión que me causó su primera visita fue que su
comportamiento era muy diferente del que observamos en niños neuróticos.
Dejó que su niñera se retirara sin manifestar ninguna emoción, y me siguió
al consultorio con absoluta indiferencia. Allí corrió de un lado a otro sin
ningún propósito, y correteó varias veces a mi alrededor como si yo fuese
un mueble más, pero no mostró ningún interés hacia los objetos del cuarto.
Al correr de un lado al otro, sus movimientos parecían carecer de
coordinación. La expresión de sus ojos y su rostro era fija, ausente y falta
de interés, comparada una vez más con el comportamiento de los niños con
neurosis graves. Recuerdo niños que, sin tener verdaderos ataques de
angustia, durante su primera visita se recluían tímida y obstinadamente en
un rincón, o se sentaban sin moverse ante la mesa con juguetes, o, sin
jugar, tomaban un objeto u otro, sólo para dejarlos en seguida. En todas
estas formas de conducta es inequívoca la gran angustia latente. El rincón o
la mesa son lugares para refugiarse de mi. Pero el comportamiento de Dick
carecía de sentido y propósito, y no tenía relación con ningún afecto o
angustia.
Daré ahora algunos detalles de la historia previa de Dick. Su
lactancia había sido excepcionalmente insatisfactoria y perturbada porque
durante varias semanas la madre había insistido en una infructuosa
tentativa de amamantarlo, y el niño había estado a punto de morir de
inanición. Se había recurrido entonces a la alimentación artificial. Por fin,
cuando Dick tenía siete semanas, se le procuró una nodriza, pero ya no
pudo mejorar en sus mamadas. Padeció de trastornos digestivos, prolapso
anal, y, más tarde, de hemorroides. Posiblemente su desarrollo quedó
afectado por el hecho de que, aunque recibió toda clase de cuidados, nunca
se le prodigó verdadero amor; la actitud de la madre hacia él había sido,
desde el principio, de excesiva angustia.
Como, por otra parte, ni su padre ni su niñera le demostraron mucho
afecto, Dick creció en un ambiente sumamente pobre de amor. Cuando
tenía dos años de edad, tuvo una nueva niñera, hábil y afectuosa, y, poco
después, pasó una larga temporada con su abuela, que era muy cariñosa con
él. La influencia de estos cambios pudo notarse en su desarrollo. Había
aprendido a caminar a edad normal, pero hubo dificultades para enseñarle
el control esfinteriano. Bajo la influencia de la nueva niñera, adquirió
hábitos de limpieza mucho más rápidamente. A los tres años ya se
controlaba y, en este punto demostraba realmente cierto grado de ambición
y celo. En otro aspecto, se manifestaba a los cuatro años sensible a los
reproches. Su niñera había descubierto que practicaba la masturbación y le
había dicho que eso era «malvado» y que no debía hacerlo. Esta prohibición
dio origen indudablemente, a temores y sentimientos de culpa. Además, a
los cuatro años, Dick había hecho en general un intento mayor para
adaptarse, aunque relacionado principalmente con cosas externas,
especialmente con el aprendizaje mecánico de una serie de palabras nuevas.
Desde los primeros días la alimentación de Dick había sido anormalmente
difícil. Cuando tuvo la nodriza no había manifestado ningún deseo de
mamar, y ese rechazo persistió. Después, se negaba a tomar el biberón.
Cuando llegó el momento de darle alimentos más sólidos se negaba a
morderlos y rechazaba todo lo que no tuviese la consistencia de una
papilla; y hasta para esto era preciso forzarlo a que comiera. Otro efecto
favorable de la influencia de la nueva niñera fue un interés un poco mayor
por la comida, pero, con todo, las dificultades principales subsistieron2. De
manera que, si bien la niñera afectuosa había alterado ciertos aspectos de su
desarrollo, los defectos fundamentales no se habían modificado. Tampoco
con ella -como pasaba con los demás- había logrado establecer un contacto
emocional. Así, ni su ternura ni la de la abuela habían conseguido poner en
marcha la ausente relación objetal. En el análisis de Dick descubrí que la
razón de la desusada inhibición de su desarrollo era el fracaso de las etapas
primitivas a que me he referido al comienzo de este artículo. Había en el yo
de Dick una incapacidad completa, aparentemente constitucional, para
tolerar la angustia. Lo genital había intervenido muy precozmente; esto
produjo una prematura y exagerada identificación con el objeto atacado y
contribuyó a la formación de una defensa igualmente prematura contra el
sadismo. El yo había cesado el desarrollo de su vida de fantasía y su
relación con la realidad. Después de un débil comienzo, la formación de
símbolos se había detenido. Las primeras tentativas habían dejado su huella
en un interés que, aislado y sin relación con la realidad, no podía servir de
base a nuevas sublimaciones. El niño era indiferente a la mayor parte de los
objetos y juguetes que veía a su alrededor, y tampoco entendía su finalidad
o sentido. Pero le interesaban los trenes y las estaciones, y también las
puertas, los picaportes y abrir y cerrar puertas.
El interés hacia esos objetos y acciones tenía un origen común: se
relacionaba en realidad con la penetración del pene en el cuerpo materno.
Las puertas y cerraduras representaban los orificios de entrada y salida del
2 Al finalizar el primer año se te ocurrió pensar que el niño era anormal, y un sentimiento de este tipo
puede haber afectado su actitud hacia él.
cuerpo de la madre, mientras que los picaportes representaban el pene del
padre y el suyo propio. Por lo tanto, lo que había producido la detención de
la actividad de formación de símbolos era el temor al castigo que recibiría
(en especial por parte del pene del padre) cuando hubiese penetrado en el
cuerpo de la madre. Además, sus defensas contra sus propios impulsos
destructivos resultaron un impedimento fundamental de su desarrollo. Era
absolutamente incapaz de cualquier agresión, y la base de dicha
incapacidad estaba señalada en un período muy temprano en su rechazo a
morder los alimentos. A los cuatro años, no podía manejar tijeras, cuchillos
ni herramientas y era sumamente torpe en todos sus movimientos. Las
defensas contra los impulsos sádicos dirigidos contra el cuerpo materno y
sus contenidos -impulsos relacionados con fantasías de coito- habían tenido
por consecuencia el cese de las fantasías y la detención de la formación de
símbolos. El desarrollo ulterior de Dick había sido perturbado porque el
niño no podía vivir en fantasías la relación sádica con el cuerpo de la
madre.
La dificultad desusada con la que tuve que luchar en el análisis no
fue su incapacidad de expresarse verbalmente. En la técnica del juego, que
sigue las representaciones simbólicas del niño, y que da acceso a su
angustia y sentimientos de culpa, podemos, en gran parte, prescindir de las
asociaciones verbales. Pero esta técnica no se limita al análisis de los
juegos del niño. Podemos extraer material (como tenemos que hacer en
niños con inhibición del juego) del simbolismo revelado por detalles de su
comportamiento en general3. Pero en Dick el simbolismo no se había
desarrollado. Esto se debía en parte a la falta de relación de afecto con las
cosas de su ambiente, hacia las que era casi completamente indiferente.
Prácticamente, no tenía relaciones especiales con objetos en particular,
como las que solemos observar aun en niños con graves inhibiciones.
Como no existía en su mente ninguna relación afectiva o simbólica con los
objetos, ninguno de sus actos casuales relacionados con ellos estaba
coloreado por la fantasía, siendo por lo tanto imposible considerar dichos
actos como representaciones simbólicas. Su falta de interés por el ambiente
y las dificultades para establecer un contacto con su mente eran tan sólo el
resultado de su falta de relación simbólica con las cosas -como pude
percibir a través de ciertos aspectos en los que su conducta difería de la de
otros niños-. El análisis tuvo, pues, que comenzar con esto, el obstáculo
fundamental para establecer un contacto con él.
Ya dije que la primera vez que Dick vino a verme no manifestó
ninguna clase de afecto cuando su niñera lo dejó conmigo. Cuando le
3 Esto se refiere únicamente a la primera parte y a algunas otras etapas posteriores de su análisis. Una vez
que tuve acceso a su inconsciente y que la angustia fue atenuada, fueron apareciendo en forma gradual las
actividades del juego. Las asociaciones verbales y todas las demás formas de representación, junto con un
desarrollo del yo que facilitó la labor analítica.
mostré los juguetes que había ya dispuesto para él, los miró sin el más
mínimo interés. Tomé entonces un tren grande, lo coloqué junto a uno más
pequeño y los designé como «Tren papito» y «Tren Dick». Entonces él
tomó el tren que yo había llamado Dick, lo hizo rodar hasta la ventana y
dijo: «Estación». Expliqué: «La estación es mamita; Dick está entrando en
mamita». Dejó entonces el tren, fue corriendo hacia el espacio formado por
las puertas exterior e interior del cuarto y se encerró en él diciendo:
«oscuro», y volvió a salir corriendo. Repitió esto varias veces. Le expliqué:
«Dentro de mamita está oscuro. Dick está dentro de mamita oscura».
Entretanto, él tomó nuevamente el tren, pero pronto corrió otra vez al lugar
entre las puertas. Mientras yo le decía que él estaba entrando en la mamita
oscura, él habla dicho dos veces en tono interrogativo: «¿Niñera?» Le
contesté: «Niñera viene pronto», cosa que él repitió, utilizando luego las
palabras correctamente, y reteniéndolas en su mente. En la sesión siguiente
se comportó de idéntica manera. Pero esta vez Dick escapó corriendo de la
habitación hacia el oscuro vestíbulo. Colocó allí el tren «Dick» e insistió en
dejarlo allí. Preguntaba repetidamente: «¿Viene niñera?» En la tercera hora
analítica se comportó de la misma manera, sólo que además de correr al
vestíbulo y entre las puertas, se escondió también detrás de la cómoda.
Entonces se angustió y me llamó por primera vez. Su aprensión era
evidente entonces por la forma en que preguntaba insistentemente por su
niñera, y al finalizar la sesión la acogió con placer inusitado. Vemos que
simultáneamente con la aparición de la angustia había surgido un
sentimiento de dependencia, primero hacia mi y luego hacia la niñera, y al
mismo tiempo empezó a interesarse por las palabras tranquilizadoras:
«Niñera viene en seguida», que contrariamente a su conducta habitual,
había repetido y recordado. Pero también durante esa tercera sesión había
observado por vez primera los juguetes con interés, en el que se
evidenciaba una tendencia agresiva. Señaló un carrito de carbón y dijo:
«Corta». Le di un par de tijeras y él trató de raspar los trocitos de madera
que representaban el carbón, pero no pudo manejar las tijeras.
Respondiendo a una rápida mirada suya, corté los pedazos de madera del
carrito, que él arrojó en seguida, junto con su contenido, dentro del cajón;
diciendo: «Se fue». Le dije que eso significaba que Dick estaba sacando
heces del cuerpo de su madre. Fue entonces corriendo al espacio entre las
puertas, y las arañó un poco, expresando de este modo que identificaba el
espacio entre ambas puertas con el carrito y a ambos con el cuerpo de la
madre, al que estaba atacando. En seguida regresó corriendo desde el
espacio entre las puertas, vio el armario y se deslizó en su interior. Al
comenzar la siguiente hora analítica lloró cuando la niñera se fue, lo que
era inusitado en él. Pero pronto se calmó. Esta vez evitó el espacio entre las
puertas, el armario y el rincón, pero se interesó por los juguetes,
examinándolos con indudable curiosidad naciente. Al hacer esto encontró
el carrito que habla destrozado durante la sesión anterior, y su contenido.
Empujó ambos rápidamente hacia un lado y los cubrió con otros juguetes.
Cuando le expliqué que el carrito roto representaba a la madre, lo buscó
nuevamente, lo mismo que los pedacitos de carbón sueltos, y se los llevó al
espacio entre las puertas. A medida que su análisis progresaba, se vio
claramente que al arrojarlos fuera de la habitación en esa forma estaba
expresando su expulsión, tanto del objeto dañado como de su propio
sadismo (o de los recursos por éste utilizados), que de este modo era
proyectado al mundo exterior. Dick había descubierto el lavatorio, que
simbolizaba el cuerpo de su madre, y manifestaba un extraordinario temor
a mojarse con agua. Cada vez que sumergía sus manos -o las mías- en el
agua, se apresuraba ansiosamente a secarlas, e inmediatamente después
manifestaba idéntica angustia al orinar. La orina y las heces eran para él
sustancias dañinas y peligrosas4. Se hizo evidente que en su fantasía las
materias fecales, la orina y el pene eran los objetos con los cuales atacaba
el cuerpo de la madre, representando por consiguiente un peligro también
para él mismo. Estas fantasías aumentaban su temor a los contenidos del
cuerpo de la madre y, en particular, el pene del padre que él imaginaba en
el interior del vientre de ella. Durante el análisis de Dick llegamos a ver en
muy diversas formas ese pene fantaseado así como también un sentimiento
de agresividad cada vez mayor contra él, predominando especialmente los
deseos de devorarlo y destruirlo. En una oportunidad, por ejemplo, Dick se
llevó a la boca un hombrecito de juguete y, rechinando los dientes, dijo:
«Tea Daddy», lo cual significaba «Eat Daddy» («Comer papito»). En
seguida pidió un vaso con agua. La introyección del pene del padre
demostró estar conectada a la vez con dos temores: el temor al pene como
superyó primitivo y dañino, por un lado y, por el otro, el temor al castigo
por la madre así robada, es decir, el temor al objeto externo y al objeto
introyectado. En este punto apareció en primer plano lo ya mencionado -y
que había sido un factor determinante en el desarrollo de Dick-: que la fase
genital había comenzado prematuramente. Esto se reveló con claridad en el
hecho de que representaciones del tipo de la que acabo de citar
desencadenasen no sólo angustia, sino remordimiento, lástima y la
sensación de que tenia que reparar. Por esa razón, Dick volvía a depositar
sobre mi falda o en mis manos el hombrecito de juguete, guardaba todo
otra vez en el cajón, etc. La temprana actuación de las reacciones
provenientes del plano genital era el resultado de un desarrollo prematuro
4 Encontré en esto la explicación de un temor peculiar, que la madre había observado en Dick cuando éste
tenia unos cinco meses, y también algunas veces en épocas posteriores. Cuando defecaba u orinaba, la
expresión de su rostro revelaba gran angustia. Como las heces no eran duras, el hecho de que sufriera de
prolapso anal y hemorroides no parecían justificar tal aprensividad, sobre todo porque también se
manifestaba en forma idéntica cuando pedía orinar o defecar, sólo lo hacía después de largas vacilaciones
y con signos inconfundibles de la angustia más profunda y lágrimas en los ojos. Una vez analizada esta
angustia, su actitud con respecto a ambas funciones se modificó considerablemente y es hoy casi normal.
del yo; no obstante, sólo había conseguido inhibir el desarrollo ulterior del
yo. Esta temprana identificación con el objeto no podía ser aún relacionada
con la realidad. Una vez, por ejemplo, Dick vio sobre mi falda algunos
recortes de madera de lápiz y dijo: «Pobre Sra. Klein». Pero en otra ocasión
similar dijo, en el mismo tono: «Pobre cortina». Simultáneamente con su
incapacidad para tolerar la angustia, su prematura empatía había sido un
factor decisivo en la represión de sus impulsos destructivos. Dick había
roto sus lazos con la realidad y había detenido su vida de fantasía,
refugiándose en las fantasías del cuerpo oscuro y vacío de su madre. De
este modo había logrado, también, apartar su atención de los diversos
objetos del mundo externo que representaban el contenido del cuerpo de la
madre, el pene del padre, heces y niños. Porque eran peligrosos y
agresivos, tenía que deshacerse (o negar) de su propio pene -órgano del
sadismo- y de sus excrementos.
En el análisis de Dick pude llegar hasta su inconsciente a través de
los rudimentos de vida de fantasía y de formaciones simbólicas que
manifestaba. El resultado obtenido fue una disminución de la angustia
latente, de modo que cierto monto de angustia quedó manifiesta. Pero esto
implicaba que la elaboración de dicha angustia comenzaba con el
establecimiento de una relación simbólica con cosas y objetos, y al mismo
tiempo se movilizaron impulsos epistemofílicos y agresivos. Todo progreso
era seguido por la liberación de nuevas cantidades de angustia, y lo llevaba
a apartarse en cierta medida de las cosas con las que había establecido ya
relaciones afectivas, y que, por consiguiente, se habían convertido en
objetos de angustia. Al apartarse de ellos, se dirigía hacia nuevos objetos, y
éstos también llegaban a convertirse en el objetivo de sus impulsos
epistemofílicos y agresivos. Así, por ejemplo, durante algún tiempo Dick
evitó totalmente el armario, pero en cambio se ocupó de investigar a fondo
el lavatorio y la estufa eléctrica, examinándolos con toda minuciosidad y
manifestando una vez más impulsos destructivos contra dichos objetos.
Luego transfirió su interés a cosas nuevas y también a otras con las cuales
ya había llegado a familiarizarse anteriormente, y que había luego
abandonado. Volvió a demostrar interés por el armario, pero esta vez su
interés iba acompañado por una actividad y curiosidad mucho mayor y por
tendencias agresivas mucho más intensas de todo tipo. Golpeaba el armario
con una cuchara, lo rayaba o le hundía un cuchillo, y le arrojaba agua.
Examinaba con vivacidad las bisagras de la puerta, la forma en que ésta se
abría y se cerraba, y la cerradura, etc., se trepaba en el interior del armario
preguntando cómo se llamaban sus diferentes partes, etc. De este modo, a
medida que iban aumentando sus intereses, fue enriqueciendo
simultáneamente su vocabulario, porque había comenzado a demostrar un
interés cada vez mayor no sólo por las cosas en sí, sino también por sus
nombres. Palabras que antes había oído sin ningún interés, las recordaba y
aplicaba ahora correctamente.
Junto con el aumento de intereses y el establecimiento de una
transferencia cada vez más intensa hacia mí, había aparecido la relación de
objeto que hasta entonces faltaba. Durante estos meses su actitud hacia la
madre y la niñera se ha tornado afectuosa y normal. Desea ahora su
presencia, quiere que ellas le presten atención y se entristece cuando lo
dejan. También con su padre su relación muestra indicios cada vez más
claros de una actitud edípica normal, y, en general, existe una relación
mucho más firme con todos los objetos. El deseo de hacerse inteligible,
antes nulo, está actualmente en plena actividad. Dick trata de hacerse
entender por medio de su vocabulario, todavía pobre, pero en constante
aumento, y que él mismo se empeña en enriquecer. Existen además muchos
otros indicios de que ha comenzado a establecer relación con la realidad.
Han transcurrido hasta ahora seis meses desde que comenzó su
análisis y la evolución que durante este período se ha iniciado en aspectos
fundamentales justifica un pronóstico favorable. Muchos de los problemas
peculiares que se presentaron en este caso han resultado solucionables. Con
la ayuda de muy pocas palabras fue posible llegar a establecer contacto con
él. Ha sido posible también movilizar la angustia en un niño que carecía de
intereses y afectos; a la vez, fue posible luego resolver y regular
gradualmente la angustia liberada. Quisiera subrayar que en el caso de Dick
he modificado mi técnica habitual. En general, no interpreto el material
hasta tanto éste no ha sido expresado a través de varias representaciones,
pero en este caso, en que la capacidad de expresión por medio de
representaciones casi no existía, me vi obligada a interpretar sobre la base
de mis conocimientos generales, pues en la conducta de Dick las
representaciones eran relativamente vagas. Al lograr por este medio acceso
a su inconsciente, pude movilizar angustia y otros afectos. Las
representaciones se tornaron entonces más completas y pronto conseguí
bases más sólidas para el análisis, pudiendo entonces pasar paulatinamente
a la técnica que utilizo generalmente en el análisis de niños pequeños.
Ya he explicado cómo logré que la angustia se hiciese manifiesta, y
que se atenuara así la que existía en estado latente. Una vez que la angustia
se hizo manifiesta pude resolverla. en parte. gracias a la interpretación,
aunque fue también posible elaborarla mejor, o sea distribuirla sobre
nuevas cosas e intereses; así fue mitigada de tal modo que el yo pudo
tolerarla. Si regular así cantidades de angustia permitirá al yo tolerar y
elaborar montos normales, es cosa que sólo podrá indicar el curso posterior
del análisis. En el caso de Dick el problema consiste, por lo tanto, en
modificar mediante el análisis, un factor fundamental de su desarrollo.
En el análisis de este niño, que era absolutamente incapaz de hacerse
inteligible y cuyo yo no era accesible a ninguna influencia, lo único que se
podía hacer era tratar de llegar hasta su inconsciente, y disminuyendo las
dificultades inconscientes, abrir camino para el desarrollo del yo.
Naturalmente, en este caso -lo mismo que en cualquier otro- el acceso al
inconsciente debió lograrse a través del yo. Los hechos han demostrado,
por consiguiente, que aun aquel yo tan poco desarrollado bastaba para
permitir el establecimiento de una vinculación con el inconsciente. Creo
que, desde el punto de vista teórico, es importante advertir que aun en este
caso se logró hacer evolucionar a la vez al yo y a la libido, sólo por el
análisis de los conflictos inconscientes, y sin que fuese necesario imponer
al yo ninguna influencia educacional. Es evidente que si el yo tan
escasamente desarrollado de un niño que carecía de todo contacto con la
realidad, fue capaz de tolerar la supresión de represiones por el análisis sin
que se sintiera abrumado por el ello, está claro que en niños neuróticos (es
decir, en casos mucho menos extremos) no tenemos ninguna razón para
temer que el yo pueda sucumbir al ello. Es también interesante advertir el
hecho de que la influencia educacional que anteriormente habían ejercido
sobre el niño las personas de su ambiente, había resbalado sobre Dick sin
dejar ninguna huella. En cambio hoy, que su yo se encuentra, gracias al
análisis, en plena evolución, el niño se muestra cada vez más dócil a dicha
influencia, la que ha podido adaptarse al ritmo de los impulsos instintivos
movilizados por el análisis y que basta para manejarlos.
Queda todavía sin aclarar la cuestión del diagnóstico. El doctor
Forsyth había diagnosticado demencia precoz, y pensó que valía la pena
intentar el análisis. Dicho diagnóstico parecía ser corroborado por el hecho
de que el cuadro clínico coincidía, en muchos aspectos importantes, con el
de la demencia precoz avanzada de los adultos. Resumiéndolo una vez
más: se trataba de un caso caracterizado por una ausencia casi total de
afectividad y de angustia, gran alejamiento de la realidad y falta de
accesibilidad, así como de rapport emocional, conducta negativista
alternando con indicios de obediencia automática, indiferencia ante el
dolor, perseveración -síntomas todos característicos de la demencia
precoz-. Además, este diagnóstico estaba también confirmado por el hecho
de que pudo excluirse con seguridad la presencia de cualquier enfermedad
orgánica, en primer término, porque así lo reveló el examen efectuado por
el doctor Forsyth, y, en segundo lugar, porque el caso demostró ser tratable
psicológicamente. El análisis me demostró que la idea de una psiconeurosis
podía ser también definitivamente descartada.
En contra del diagnóstico de demencia precoz existe el hecho de que el
rasgo fundamental en el caso de Dick era una inhibición del desarrollo, y
no una regresión. Además, la demencia precoz es muy poco frecuente en la
primera infancia, por lo que muchos psiquiatras sostienen que no existe en
este período.
No quiero adelantar un diagnóstico desde esta perspectiva de
psiquiatría clínica, pero mi experiencia general en el análisis de niños me
permite hacer algunas observaciones de índole general sobre las psicosis
infantiles. He llegado al convencimiento de que la esquizofrenia infantil es
mucho más común de lo que generalmente se admite. Daré algunas razones
por las que no se la reconoce. 1) Los padres, especialmente en las clases
más pobres, en general sólo consultan al psiquiatra cuando el caso es
desesperado, es decir, cuando ellos mismos no pueden hacer nada con el
niño. Por esta razón, un gran número de casos jamás llega a la observación
médica. 2) En los pacientes que el médico alcanza a ver, suele ser
imposible para él, en un rápido y único examen, establecer la presencia de
esquizofrenia. Por consiguiente, muchos casos son clasificados bajo
diversas denominaciones, tales como «detención del desarrollo»,
«deficiencia mental», «predisposición psicopática», «tendencias disociales»,
etc. 3) La esquizofrenia en los niños es menos evidente y llamativa que en
los adultos. Rasgos típicos de esta enfermedad son menos llamativos en un
niño porque en menor grado son naturales en el desarrollo de niños
normales. Síntomas tales como alejamiento de la realidad, falta de rapport
emocional, incapacidad para concentrarse en cualquier ocupación, conducta
tonta y charla sin sentido, no nos llaman tanto la atención en un niño, a
quien no juzgarnos con el mismo criterio con que juzgaríamos a un adulto.
Excesiva movilidad, tanto como movimientos estereotipados en los niños
son sumamente comunes y solamente difieren en grado de la hiperkinesia y
estereotipia de los esquizofrénicos. La obediencia automática tiene que ser
realmente muy llamativa para que los padres la consideren como otra cosa
que «docilidad». La conducta negativa es considerada a menudo como
«traviesa» y la disociación es en el niño un fenómeno que la mayoría de las
veces escapa a toda observación. La angustia fóbica de los niños contiene a
menudo ideas de persecución de carácter paranoide5 y los temores
hipocondríacos son hechos que requieren una observación muy profunda y
que a menudo sólo pueden llegar a descubrirse mediante el análisis. 4) Más
frecuentes incluso que las verdaderas psicosis son, en los niños, los rasgos
psicóticos que, en circunstancias desfavorables, pueden desencadenar
enfermedades posteriores.
Creo que la esquizofrenia y, en particular, la presencia de rasgos
esquizofrénicos en los niños, es un fenómeno muchísimo más frecuente de
lo que en general se supone. He llegado a la conclusión -por razones que
explicaré en otro lugar- de que el concepto de esquizofrenia en particular y
de psicosis en general, tales como se presentan en la infancia, debe ser
ampliado y creo que una de las tareas fundamentales del psicoanálisis de
niños consiste en descubrir y curar las psicosis infantiles. El conocimiento
5 Véase mi artículo sobre «La personificación en el juego de los niños» (1929).
teórico adquirido en esta forma sería sin duda una valiosa contribución para
nuestra comprensión de la estructura de la psicosis, y nos permitiría, al
mismo tiempo, establecer diagnósticos más exactos entre las distintas
enfermedades.
Si ampliamos, pues, el uso del término en la forma propuesta, creo
que se justifica mi clasificación de la enfermedad de Dick como
esquizofrenia. Es verdad que difiere de la esquizofrenia típica de los niños
en el hecho de que el trastorno era en este caso una inhibición del
desarrollo, mientras que en la mayoría de estos casos se trata de una
regresión después que el niño ha superado con éxito cierta etapa de su
desarrollo6. Además, a la naturaleza poco común del cuadro clínico se
sumaba, en Dick, la gravedad del caso. No obstante, tengo mis razones para
pensar que no es éste un caso aislado, puesto que recientemente han llegado
a mi conocimiento otros dos casos análogos en niños de alrededor de la
misma edad de Dick. Pienso, por lo tanto, que si estuviéramos en
condiciones de hacer observaciones más penetrantes, encontraríamos
muchos más casos similares.
Resumiré ahora mis conclusiones teóricas, obtenidas no sólo de mis
observaciones en el caso de Dick sino también de otros casos menos
extremos de esquizofrenia en niños entre cinco y trece años de edad, y
también de mi experiencia analítica general.
Los estadíos tempranos del complejo de Edipo están dominados por
el sadismo. Tienen lugar durante una etapa del desarrollo que se inicia con
el sadismo oral (al que se suman el sadismo uretral, muscular y anal) y
termina cuando la predominancia del sadismo anal llega a su fin.
Es sólo en los estadíos posteriores del conflicto edípico cuando
aparece la defensa contra los impulsos libidinales; en los estadíos
tempranos es contra los impulsos destructivos asociados contra lo que se
dirige la defensa. La primera defensa erigida por el yo va dirigida contra el
propio sadismo del sujeto y contra el objeto atacado, ya que ambos son
considerados como fuentes de peligro. Esta defensa tiene carácter violento
y difiere de los mecanismos de represión. En el varón, esta poderosa
defensa se dirige también contra su propio pene, como el órgano ejecutor
de su sadismo, y es una de las causas más frecuentes de todas las
perturbaciones de la potencia sexual.
Estas son mis hipótesis sobre la evolución de personas normales y
neuróticas. Veamos ahora la génesis de la psicosis.
El período inicial de la fase de sadismo máximo es aquel en que los
ataques son concebidos como de un carácter violento. He encontrado en
6 Sin embargo, el hecho de que el análisis permitiera establecer un contacto con la mente de Dick y que se
haya obtenido algún resultado en un periodo de tiempo relativamente breve, hace pensar en la existencia
de cierto desarrollo latente, además del escaso desarrollo manifiesto. Pero aun así, el grado total de
desarrollo era tan anormalmente escaso, que la hipótesis de una regresión desde una etapa ya superada me
parece difícilmente admisible en este caso.
este período el punto de fijación de la demencia precoz. En la segunda
parte de esta fase los ataques fantaseados son imaginados como
envenenamientos, y predominan los impulsos sádicos uretrales y anales.
Creo que éste es el punto de fijación de la paranoia7. Quiero recordar aquí
que Abraham sostuvo que en la paranoia la libido hace una regresión a la
primera fase anal. Mis conclusiones coinciden con las hipótesis de Freud,
según las cuales los puntos de fijación de la demencia precoz y de la
paranoia deben buscarse en la etapa narcisista, los de la demencia precoz
precederán a los de la paranoia.
Una excesiva y prematura defensa del yo contra el sadismo impide el
establecimiento de la relación con la realidad y el desarrollo de la vida de
fantasía. La posesión y exploración sadística del cuerpo materno y del
mundo exterior (el cuerpo de la madre por extensión), quedan detenidas y
esto produce la suspensión más o menos completa de la relación simbólica
con cosas y objetos que representan el cuerpo de la madre y, por ende, del
contacto del sujeto con su ambiente y con la realidad en general. Este
retraimiento forma la base de la falta de afecto y angustia, que es uno de los
síntomas de la demencia precoz. En esta enfermedad, entonces, la regresión
iría directamente a la fase temprana del desarrollo en que la apropiación y
destrucción sádica del interior de la madre -tal como lo concibe el sujeto en
sus fantasías- y el establecimiento de una relación con la realidad han sido
impedidos o refrenados debido a la angustia.
7 En otro trabajo me referiré al material en que se apoyan estas opiniones y daré entonces argumentos más
detallados a favor de las mismas. (Véase mi El psicoanálisis de niños.)

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