LOS ORÍGENES DE LA TRANSFERENCIA, Melanie Klein

LOS ORÍGENES DE LA
TRANSFERENCIA
(1952)

transferencia psicoanalisis

En su «Fragmento de Análisis de un Caso de Histeria», Freud define
la transferencia de la siguiente manera: «¿Qué son las transferencias?
Reediciones o productos ulteriores de los impulsos y fantasías que han de
ser despertados y hechos conscientes durante el desarrollo del análisis y
que entrañan, como singularidad característica de su especie, la sustitución
de una persona anterior por la persona del médico. O para decirlo de otro
modo: toda una serie de sucesos psíquicos anteriores cobra vida de nuevo,
pero ya no como pertenecientes al pasado, sino como relación actual con la
persona del médico».


En una u otra forma, la transferencia actúa durante toda la vida e
influye en todas las relaciones humanas, pero me ocuparé sólo de las
manifestaciones de la transferencia en el psicoanálisis. Es característico del
procedimiento analítico el hecho de que, cuando empieza a abrir caminos
dentro del inconsciente del paciente, el pasado de éste (en sus aspectos
conscientes e inconscientes) progresivamente se reactiva. En consecuencia,
su necesidad de transferir experiencias, relaciones de objeto y emociones
primitivas se incrementa, y todo esto viene a focalizarse sobre el analista;
esto implica que el paciente trata con los conflictos y las ansiedades que
han sido reactivados utilizando los mismos mecanismos de defensa que en
situaciones anteriores.

Resulta que, cuanto más profundamente podamos penetrar en el
inconsciente, más lejos en el pasado podremos llevar el análisis y más
grande será nuestra comprensión de la transferencia. Por esto un breve
resumen de mis conclusiones acerca de las primerísimas fases de la
evolución es pertinente.
La primera forma de angustia es de naturaleza persecutoria. La
actuación interna del instinto de muerte -que, según Freud, está dirigida
contra el propio organismo- origina el miedo al aniquilamiento, y éste es la
causa primordial de la angustia persecutoria. Además, desde el principio de
la vida postnatal (no me ocupo aquí de los procesos prenatales), los
impulsos destructivos contra el objeto suscitan el temor a la retaliación.
Estos sentimientos persecutorios que provienen de fuentes internas son
intensificados por experiencias externas penosas, y en esta forma, desde los
primeros días de la vida, la frustración y el dolor suscitan en el lactante el
sentimiento de ser atacado por fuerzas hostiles. Las sensaciones
experimentadas por el bebé en el nacimiento y la dificultad de adaptarse a
condiciones enteramente nuevas originan así la angustia persecutoria. La
satisfacción y los cuidados prodigados después del nacimiento,
particularmente las primeras experiencias alimentarias, son sentidos como
proviniendo de fuerzas buenas.

Cuando hablo de «fuerzas» estoy
empleando un término demasiado adulto para designar lo que el recién
nacido concibe oscuramente como objetos buenos o malos. El lactante
dirige sus sentimientos de gratificación y amor hacia el pecho »bueno» y
sus impulsos destructivos y sentimientos de persecución hacia lo que él
siente como el pecho frustrador, es decir, «malo». En este período los
procesos de clivaje culminan; el amor y el odio, así como los aspectos
buenos y malos del pecho, son mantenidos bien separados los unos de los
otros. La relativa seguridad del lactante descansa sobre la posibilidad de
transformar el objeto bueno en un objeto idealizado, como protección
contra el objeto peligroso y perseguidor. Estos procesos -es decir, el
clivaje, la negación, la omnipotencia, la idealización- predominan durante
los tres o cuatro primeros meses de la vida (lo que denominé “posición
esquizo-paranoide», 1946). Es así como, en una fase muy temprana, la
angustia persecutoria y su corolario, la idealización, influyen básicamente
en las relaciones objetales.
Los procesos primarios de proyección e introyección, ligados
inextricablemente a las emociones y las angustias del lactante, inician la
relación objetal; por la proyección, es decir, por la desviación de la libido y
de la agresión hacia el pecho de la madre, se establece la base de la relación
de objeto; por la introyección del objeto, ante todo del pecho, se crean las
relaciones con los objetos internos. Mi utilización del término «relaciones
de objeto» se fundamenta sobre mi afirmación de que el bebé tiene, desde
el principio de su vida posnatal, una relación con su madre (aunque se
centralice sobre todo en su pecho), relación impregnada de los elementos
básicos de una relación objetal: amor, odio, fantasías, angustia y defensas1.
Como lo expliqué en detalle en otras oportunidades, la introyección
del pecho es el comienzo de la formación del superyó, que se extiende por
varios años. Tenemos motivos para suponer que el lactante introyecta el
pecho en sus distintos aspectos desde la primera experiencia alimentaria en
1 Es un rasgo esencial de esta relación de objeto, la primera de todas, ser el prototipo de
una relación entre dos personas, en la cual no entra ningún otro objeto. Tiene una
importancia primordial para las relaciones de objeto ulteriores, aunque, bajo esta forma
exclusiva, quizá no dure mas que muy pocos meses, ya que las fantasías relativas al
padre y a su pene -fantasías que inician los estadíos primitivos del complejo de Edipointroducen
la relación con mas de un objeto. En el análisis de los adultos y de los niños,
el paciente llega a veces a experimentar sentimientos de honda felicidad al vivir otra vez
esta relación primitiva y exclusiva con la madre y su pecho. Tales experiencias siguen a
menudo al análisis de los celos y las situaciones de rivalidad en las cuales está
implicado un tercer objeto, en último análisis el padre.
adelante. El núcleo del superyó es así el pecho de la madre, tanto bueno
como malo. Debido a la simultánea actuación de la introyección y la
proyección, las relaciones con los objetos externos y los internos entran en
interacción. El padre también, por desempeñar pronto su papel en la vida
del niño, viene a ser tempranamente una parte del mundo interno del
lactante. Una característica de la vida emocional del lactante es que se den
fluctuaciones rápidas entre el amor y el odio, entre las situaciones internas
y las externas, entre la percepción de la realidad y sus fantasías a propósito
de ella, y, por consiguiente, un interjuego entre la ansiedad persecutoria y
la idealización, ambas referidas a los objetos internos y externos, siendo el
objeto idealizado un corolario del objeto perseguidor sumamente malo.
La creciente capacidad de integración y síntesis del yo conduce cada
vez más, aun en estos primeros meses, a estados en los cuales el amor y el
odio, y correlativamente los aspectos buenos y malos de los objetos, son
sintetizados; y esto origina la segunda forma de angustia -la angustia
depresiva-, porque los impulsos y deseos agresivos del lactante hacia el
pecho malo (la madre) son sentidos ahora como peligrosos también para el
pecho bueno (la madre). Entre los tres y seis meses estas emociones son
reforzadas, porque en este período el lactante percibe e introyecta cada vez
más a su madre como persona. La angustia depresiva se intensifica, porque
el lactante siente que ha destruido o que está destruyendo un objeto total
con su voracidad y su agresión incontrolables. Más aun, por la síntesis
creciente de sus emociones, experimenta que estos impulsos destructivos
son dirigidos hacia una persona amada. Procesos similares operan en
relación con el padre y otros miembros de la familia. Estas angustias y las
defensas correspondientes constituyen la »posición depresiva», que culmina
más o menos a los seis meses y cuya esencia es la angustia y la culpa
relacionadas con la destrucción y la pérdida de los objetos amados, internos
y externos.
Es en este período, y en relación con la posición depresiva, que se
establece el complejo de Edipo. La angustia y la culpa agregan
motivaciones poderosas hacia el comienzo del complejo de Edipo. En
efecto, la angustia y la culpa incrementan la necesidad de externalizar
(proyectar) figuras malas v de internalizar (introyectar) figuras buenas, de
ligar los deseos, el amor, los sentimientos de culpa y las tendencias
reparatorias a ciertos objetos, y el odio y la angustia a otros; de encontrar
en el mundo exterior representantes de las figuras internas. Sin embargo, no
es solamente la búsqueda de objetos nuevos lo que domina las necesidades
del lactante, sino también el hecho de dirigirse hacia nuevas finalidades:
alejarse del pecho hacia el pene, es decir, de los deseos orales hacia los
genitales. Muchos factores contribuyen a esta evolución: el movimiento
progresivo de la libido, la integración creciente del yo, las capacidades
físicas y mentales y la mayor adaptación al mundo externo. Estas
tendencias están ligadas al proceso de formación de símbolos, que permite
al bebé transferir de un objeto a otro no sólo su interés, sino también
emociones y fantasías, angustia v culpa.
Los procesos que he descrito están ligados a otro fenómeno
fundamental que gobierna la vida mental. Creo que la presión ejercida por
las primerísimas situaciones de angustia es uno de los factores que originan
la compulsión a la repetición. Volveré más tarde sobre esta hipótesis.
Algunas de mis conclusiones acerca de los primeros estadíos de la
infancia son una continuación de los descubrimientos de Freud; en ciertos
puntos, sin embargo, surgen divergencias, y uno de éstos importa mucho
para mi tema. Me refiero a la afirmación de que las relaciones de objeto
operan desde el comienzo de la vida postnatal.
Hace muchos años que sostengo la opinión de que el autoerotismo y
el narcisismo son en el bebé contemporáneos de la primera relación con
objetos -externos e internalizados-. Volveré a expresar mi hipótesis: el
autoerotismo y el narcisismo incluyen el amor por, y la relación con, el
objeto bueno internalizado que, en la fantasía forma parte del propio cuerpo
amado y del propio si-mismo. Es hacia este objeto internalizado que, en la
gratificación autoerótica y en los estadíos narcisistas, se produce el
retraimiento. Paralelamente, desde el nacimiento en adelante, está presente
una relación con objetos, con la madre (su pecho). Esta hipótesis contradice
el concepto de Freud de estadíos autoerótico y narcisista, que prescindirían
de una relación objetal. Sin embargo, la diferencia entre la opinión de
Freud y la mía es menos grande de lo que parece a primera vista, ya que las
afirmaciones de Freud sobre este punto no son inequívocas. En varios
pasajes expresó en forma explícita e implícita opiniones que sugerían la
relación con un objeto, el pecho materno, precediendo al autoerotismo y al
narcisismo. Un ejemplo bastará: en el primero de sus dos artículos de
enciclopedia, Freud (1923a) escribe: »El instinto parcial oral encuentra al
principio su satisfacción en ocasión del apaciguamiento de la necesidad de
alimentación, y su objeto en el pecho materno. Luego se independiza, y al
mismo tiempo se hace autoerótico, esto es, encuentra su objeto en el propio
cuerpo».
La utilización que hace Freud de la palabra «objeto» es aquí algo
distinta de la mía, porque se refiere al objeto de una finalidad instintiva,
mientras que yo implico, además de esto, una relación objetal que incluye
las emociones, fantasías, angustias y defensas del bebé. Sin embargo, en la
frase citada habla claramente del ligamen libidinal a un objeto, el pecho
materno, que precede al autoerotismo y el narcisismo.
Deseo recordarles también los descubrimientos de Freud acerca de
las identificaciones tempranas. En “El Yo y el Ello”2, hablando de las
catexias de objeto abandonadas, escribe: “Los efectos de las primeras
identificaciones realizadas en la mas temprana edad son siempre generales
y duraderos. Esto nos lleva a la génesis del ideal del yo».
Freud define entonces la primera y mas importante identificación que
yace escondida detrás del ideal del yo como la identificación con el padre,
o con los padres, y la ubica, como dice, “en la prehistoria de cada persona».
Estas formulaciones están muy cerca de lo que describí como los primeros
objetos introyectados ya que por definición, las identificaciones son el
resultado de la introyección. Por la afirmación que acabo de examinar, y
por el párrafo citado del artículo de enciclopedia, se puede deducir que
Freud, aunque no haya seguido más lejos esta línea de pensamiento, supuso
que, en la primerísima infancia, intervienen tanto un objeto como procesos
introyectivos.
Es decir que, en lo que se refiere al autoerotismo y al narcisismo, nos
topamos con una contradicción en las opiniones de Freud. Tales
contradicciones, que también existen acerca de cierto número de puntos de
la teoría, muestran a mi criterio que Freud no ha llegado a una decisión
final acerca de estos temas particulares. Lo reconoció explícitamente,
respecto de la teoría de la angustia, en Inhibición, síntoma y angustia
(1926, cap. 8).
Su conciencia de que mucho acerca de los estadíos tempranos del
desarrollo todavía era desconocido u oscuro para él, se ejemplifica cuando
habla (1931) de los primeros años de la vida de la niña como “…nebulosos
y perdidos en las tinieblas del pasado».
No conozco la opinión de Anna Freud acerca de este aspecto de la
obra de Freud. Pero, en lo que concierne al problema del autoerotismo y del
narcisismo, parece solamente haber tomado en cuenta la conclusión de
Freud de que un estadío autoerótico y narcisista precede a las relaciones de
objeto, y no haber dado importancia a las otras posibilidades implicadas en
algunas de las afirmaciones de Freud, como las que acabo de citar. Es uno
de los motivos por los cuales la divergencia entre la concepción de Anna
Freud sobre la primera infancia y la mía, es mucho más grande que la
divergencia entre las opiniones de Freud, tomadas en conjunto, y las mías.
Digo esto porque me parece esencial dejar en claro la extensión y la
naturaleza de las diferencias entre las dos escuelas de pensamiento analítico
representadas por Anna Freud y por mi. Tal esclarecimiento es necesario en
el interés de la formación psicoanalítica y también porque podría ayudar a
2 En el mismo texto, Freud sugiere -refiriéndose todavía a estas primeras
identificaciones- que existen identificaciones directas e inmediatas que se producen
antes de toda catexia de objeto. Esta sugerencia parece implicar que la introyección
precede las relaciones de objeto.
plantear fructíferos intercambios entre los psicoanalistas y contribuir así a
un mayor entendimiento general de los problemas fundamentales de la
primera infancia.
La hipótesis de que un estadío de varios meses de duración antecede
a las relaciones de objeto implica que -excepto en cuanto a la libido que
reviste el propio cuerpo del bebe- impulsos, fantasías, angustias y defensas,
o no están presentes o no se relacionan con un objeto, es decir, que
operarían in vacuo. El análisis de niños muy pequeños me ha enseñado que
no hay necesidad instintiva, ni situación de angustia, ni proceso mental que
no implique objetos, internos o externos; en otras palabras, las relaciones
de objeto son el centro de la vida emocional. Más aun, el amor y el odio,
las fantasías, las angustias y las defensas operan desde el principio y están
ab initio inextricablemente ligadas a las relaciones de objeto. Esto me ha
mostrado muchos fenómenos bajo una nueva luz.
Sacaré ahora la conclusión sobre la cual descansa este trabajo:
sostengo que la transferencia se origina en los mismos procesos que
determinan las relaciones de objeto en los primeros estadíos. Por esto
tenemos que remontarnos una y otra vez en el análisis hacia las
fluctuaciones entre los objetos amados y odiados, internos v externos, que
dominan la primera infancia. Sólo podemos apreciar plenamente la
interconexión entre las transferencias positivas y negativas si exploramos el
primer interjuego entre el amor y el odio, el círculo vicioso de agresión,
angustias, sentimientos de culpa y agresión incrementada, y también los
aspectos diversos de los objetos hacia los cuales estas emociones y
angustias en conflicto se dirigen. Por otra parte, explorando estos procesos
primitivos me convencí de que el análisis de la transferencia negativa que
ha recibido relativamente poca atención3 en la técnica psicoanalítica, es una
condición previa del análisis de los niveles más profundos del psiquismo.
El análisis de la transferencia negativa, como el de la transferencia positiva
y de la interconexión de ambas es, como lo sostuve durante muchos años,
un principio imprescindible para el tratamiento de todo tipo de pacientes,
tanto niños como adultos. Fundamenté esta opinión en la mayoría de mis
trabajos desde 1927 en adelante.
Este enfoque, que ha hecho posible en el pasado el psicoanálisis de
niños muy pequeños, se ha revelado en los últimos años muy fructífero
para el análisis de pacientes esquizofrénicos. Hasta 1920 más o menos se
suponía que los pacientes esquizofrénicos eran incapaces de establecer una
transferencia, y por lo tanto no podían ser psicoanalizados. Desde entonces
el psicoanálisis de los esquizofrénicos fue intentado mediante varias
técnicas. Sin embargo, el cambio de punto de vista más radical al respecto
se ha producido recientemente y está muy relacionado con el mayor
3 Esto era debido sobre todo a la insuficiente valoración del papel de la agresividad.
conocimiento de los mecanismos, angustias y defensas que operan en la
primera infancia. Desde que algunas de estas defensas, nacidas en las
primeras relaciones de objeto y dirigidas hacia el amor y el odio, fueron
descubiertas, el hecho de que los pacientes esquizofrénicos sean capaces de
desarrollar a la vez una transferencia positiva y una transferencia negativa
ha sido plenamente comprendido; este descubrimiento se confirma si
aplicamos de manera coherente al tratamiento de los pacientes
esquizofrénicos4 el principio de que es tan necesario analizar la
transferencia negativa como la positiva, las que, de hecho, no pueden ser
analizadas una sin la otra.
Retrospectivamente puede verse que estos adelantos substanciales en
la técnica se apoyan, en el plano de la teoría psicoanalítica, sobre el
descubrimiento hecho por Freud de los instintos de vida y de muerte, lo que
ha constituido un aporte básico a la comprensión del origen de la
ambivalencia. Puesto que los instintos de vida y de muerte, y por esto el
amor y el odio, están en la más estrecha interacción, la transferencia
negativa y la transferencia positiva están básicamente entrelazadas.
La comprensión de las primeras relaciones de objeto y de los
procesos que implican ha influido básicamente en la técnica desde distintos
puntos de vista. Se sabe desde tiempo atrás que el psicoanalista, en la
situación de transferencia, puede sustituir a la madre, al padre o a otras
personas, y que también desempeña a veces en la mente del paciente el
papel del superyó, y otras veces el del ello o el yo. Nuestro conocimiento
actual nos permite penetrar los detalles específicos de los diversos roles
atribuidos por el paciente al analista. De hecho hay muy pocas personas en
la vida del bebé, pero las siente como una multitud de objetos porque se le
aparecen bajo aspectos diversos. De la misma manera el analista puede, en
un momento determinado, representar una parte de la persona, del superyó,
o de una cualquiera de una amplia serie de figuras internalizadas.
Asimismo, no nos lleva muy lejos el hecho de darnos cuenta de que el
analista sustituye al padre o a la madre reales hasta que no entendamos qué
aspecto de los padres ha sido revivenciado. El retrato de los padres en la
mente del paciente ha sufrido una distorsión de grado variable a través de
los procesos infantiles de proyección e idealización, y, a menudo, ha
retenido mucho de su naturaleza fantástica. Al mismo tiempo, en la mente
del bebé toda experiencia externa se entrelaza con sus fantasías, y, por otro
lado, cada fantasía contiene elementos de la experiencia real; es sólo
analizando a fondo la situación de transferencia que somos capaces de
descubrir el pasado a la vez en sus aspectos realistas y fantásticos. Es
también el origen de estas fluctuaciones en la primera infancia el que da
cuenta de su intensidad en la transferencia y de los cambios rápidos -a
4 Esta técnica ha sido ilustrada por H. Segal (1950) y por H. Rosenfeld (1952a, 1952b).
veces aun dentro de la misma sesión- entre el padre y la madre, entre
omnipotentes objetos benévolos y peligrosos perseguidores, entre figuras
internas y externas. A veces el analista parece representar simultáneamente
a ambos padres, aliados en su hostilidad hacia el paciente, y la transferencia
negativa adquiere gran intensidad. Lo que se ha revivido entonces, o lo que
se ha vuelto manifiesto en la transferencia, es la mezcla en la fantasía del
paciente, de los padres como figura única, de la “figura de los padres
combinados», que he descrito en otra parte5.
Es ésta una de las formaciones de fantasía características del
complejo de Edipo en sus primeros estadíos, que, si se mantiene activa,
perjudica tanto las relaciones de objeto como el desarrollo sexual. La
fantasía de los padres combinados saca su fuerza de otro elemento de la
vida emocional temprana, de la poderosa envidia asociada con los deseos
orales frustrados. El análisis de tales situaciones tempranas nos enseña que
en la mente del bebé, cuando se ve frustrado (o insatisfecho por causas
internas), su frustración se acopla con el sentimiento de que otro objeto
(pronto representado por el padre) recibe de la madre la gratificación y el
amor codiciados y que le son negados en ese momento. Aquí se halla una
de las raíces de la fantasía de que los padres están combinados en una
eterna gratificación mutua de naturaleza oral, anal y genital. Y esto es, a mi
criterio, el prototipo de las situaciones tanto de envidia como de celos.
Hay otro aspecto de la transferencia que cabe mencionar.
Acostumbramos hablar de la situación transferencial. Pero, ¿tenemos
siempre presente la importancia fundamental de este concepto? Según mi
experiencia, cuando desembrollamos los detalles de la transferencia es
esencial pensar en términos de situaciones totales transferidas del pasado al
presente, tanto como de emociones, defensas y relaciones objetales.
Durante muchos años -y esto, en alguna medida, es cierto aun hoy- la
transferencia ha sido entendida en términos de referencias directas al
analista en el material del paciente. Mi concepto de la transferencia, según
el cual esto tiene su raíz en los estadíos más primitivos del desarrollo y en
los niveles profundos del inconsciente, es mucho más amplio y entraña una
técnica por la cual los elementos inconscientes de la transferencia se
deducen de la totalidad del material presentado. Por ejemplo, los relatos de
los pacientes acerca de su vida de cada día, sus amistades, sus actividades,
no sólo dan una comprensión del funcionamiento de su yo, sino que revelan
-si exploramos su contenido inconsciente- las defensas contra las angustias
despertadas en la situación transferencial. Pues el paciente necesita tratar
los conflictos y las angustias reexperimentados hacia el analista con los
mismos métodos que usó en el pasado. Es decir, que se aparta del analista
en la misma forma en que intentó apartarse de sus objetos primitivos; trata
5 Véase “El Psicoanálisis de Niños”, particularmente los caps. 8 y 11.
de clivar su relación con él, conservándolo como figura, sea buena, sea
mala; desvía algunos de los sentimientos y actitudes experimentados hacia
el analista hacia otra gente de su vida, lo que forma parte de la
exoactuación (acting-out)6.
De acuerdo con mi tema, he examinado aquí sobre todo las
experiencias, situaciones y emociones más tempranas de donde surge la
transferencia. Sin embargo, sobre estos fundamentos se construyen las
relaciones objetales ulteriores y los desarrollos emocionales e intelectuales
que necesitan la atención del analista tanto como los más tempranos; es
decir, que nuestro campo de investigación cubre todo lo que yace entre la
situación actual y las primerísimas experiencias. De hecho, no es posible
tener acceso a las primeras emociones y relaciones de objeto si no es por el
examen de sus vicisitudes a la luz de desarrollos ulteriores. Es sólo
relacionando una y otra vez (y esto significa un trabajo arduo y paciente)
las experiencias ulteriores con las anteriores y viceversa, es sólo
explorando convenientemente su interjuego, que el presente y el pasado
pueden juntarse en la mente del paciente. Es uno de los aspectos del
proceso de integración que, a medida que el análisis progresa, involucra la
totalidad de la vida psíquica del paciente. Cuando la angustia y la culpa
disminuyen y cuando el amor y el odio pueden integrarse mejor, los
procesos de clivaje -defensa fundamental contra la angustia- tanto como las
represiones se suavizan, mientras el yo crece en fuerza y cohesión; el
clivaje entre los objetos idealizados y perseguidores disminuye; los
aspectos fantásticos de los objetos pierden su fuerza. Todo esto implica que
la vida inconsciente de fantasía -separada menos rígidamente de la parte
consciente de la mente- puede ser mejor utilizada en las actividades del yo,
con el consiguiente enriquecimiento general de la personalidad. Me refiero
aquí a las diferencias -en oposición con las semejanzas- entre la
transferencia y las primeras relaciones de objeto. Estas diferencias son la
medida del efecto curativo del tratamiento analítico.
Indiqué más arriba que uno de los factores que suscitan la
compulsión a la repetición es el apremio que proviene de las primeras
situaciones de angustia. Cuando la angustia persecutoria y depresiva y la
culpa disminuyen, hay menor necesidad de repetir más y más veces las
experiencias fundamentales, y por consiguiente los patrones y las
modalidades primitivas del sentir se mantienen con menos terquedad. Estos
cambios fundamentales se producen mediante el análisis consistente de la
transferencia; están ligados con la profunda revisión de las primeras
6 El paciente puede a veces preferir escapar del presente al pasado, al vivenciar que sus
emociones, angustias y fantasías están actualmente operantes en plena intensidad y
focalizadas sobre el analista. Otras veces, como sabemos, las defensas se dirigen sobre
todo contra el hecho de revivenciar el pasado en relación con los objetos originarios.
relaciones de objeto y se reflejan tanto en la vida corriente del paciente
como en sus actitudes distorsionadas hacia el analista.

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