Psicoterapia telefónica: ¿contención o proceso?

Lic. María Silvia Dameno
email: msdameno@hotmail.com

  

Hace ya unos años atiendo por teléfono a algunos argentinos que residen en el exterior. No podría decir que fue un objetivo que me propuse, aunque me hago cargo de que lo elegí a partir de lo que sucedía. Supongo que todos sabemos que por razones tanto políticas como económicas, hubo en los últimos años una fuerte corriente migratoria. Como otros compatriotas, varios de mis  pacientes  tomaron la decisión de irse del país, en algunos casos se plantearon esto como definitivo, en otros se lo propusieron temporariamente. Algunos de estos me propusieron continuar con su proceso a la distancia y yo acepte.

Inicie esta experiencia en el 2002, cuando la debacle económica del país, catalizó el deseo de varios de dejar la Argentina. Me cuestione bastante el medio al principio, soy conciente de que hay una buena cantidad de información que no tengo por teléfono: gestual, postural, respiratoria. ¿Que clase de contacto iba a establecer con el paciente sin verlo?. En algún momento un darme cuenta me permitió responderme esto: ¿acaso si me quedase ciega, dejaría de trabajar como terapeuta? Me respondí que en ese hipotético caso, seguramente intentaría continuar con mi profesión/vocación y como suele suceder en estas situaciones, agudizaría otros canales. Por otra parte sé que el contacto no es solo visual o táctil, y como aprendí en mis incursiones por la PNL para mí el contacto auditivo es básico ¿sucedería lo mismo con mis pacientes?

Tenia al principio muchas incertidumbres que hacían que lo pensase como una prueba, un intento que encerraba un desafió. No estoy segura de que yo lo hubiese propuesto pero,  dado que ellos mismos lo demandaban, me dispuse a probar explicitando estas limitaciones. Aunque en general mi propuesta de trabajo cuando inicio un tratamiento es que probemos por algunas sesiones, en estos casos añadía que era trabajar de un modo  sobre el cual no tenía ni demasiada información ni demasiada experiencia. ¡Nunca podré saber si mis pacientes eran muy osados o no encontraban otra alternativa! En algunos casos la prueba se redujo a dar apoyo a las personas mientras  se asentaban en un nuevo lugar y en otros se dio un proceso terapéutico mas largo y mas complejo.

Aunque haya aumentado el número de colegas que ahora lo hacen, en ese momento este modo de atención era muy infrecuente y no había mucha información  ni  casuística. Cuando empecé estaba mas cerca de querer averiguar si era posible que de estar convencida, como lo estoy ahora, que lo es.  Varios factores intervienen para que la asistencia telefónica sea viable y no resulte disparatada, algunos tecnológicos, otros económicos y otros de índole psicológica:

Los tecnológicos abarcan todo aquello que hace a la simplicidad en las comunicaciones.  Pasamos en dos generaciones desde nuestros abuelos que venían a América sin saber por años que pasaba en su lugar de origen, hasta la actualidad con contactos instantáneos, cámaras hogareñas de video que, en conexión con la Web, permiten ver en simultaneo lo que sucede en otros hogares del mundo.

  

¿Porque no lo hago por computadora? Debo decir que esa fue mi primera intención, pero varias situaciones conspiraron: la primera es que no todo recién llegado a un lugar posee el equipamiento necesario (PC., banda ancha) aunque habitualmente es de las primeras cosas que se adquieren para mantenerse informado de lo que sucede con familiares y amigos, incluso si no la necesitasen  para trabajar. Para el que no posee una computadora propia aunque casi todas las ciudades tienen locutorios o cibercafes donde conectarse, estos no suelen tener la privacidad necesaria para una sesión. Un problema parecido se daba con frecuencia con las computadoras hogareñas que no siempre tienen conexión inalámbrica y por lo tanto están localizadas en algún área común de las viviendas que el paciente comparte con familiares u otros compatriotas. Aunque su precio decrece a medida que se masifican, la computadora portátil aun es cara y la conexión inalámbrica es mas reciente (y por lo tanto mas imperfecta) que la de telefonía. Al ser más antiguos y por lo mismo más generalizados, el celular o el teléfono inalámbrico permiten que el paciente, aun si comparte con otros la vivienda, pueda aislarse dentro o fuera de ella para la sesión.

Aunque sin duda han mejorado mucho del 2002 a esta parte, los programas de voz e imagen  como el MSN con cámara o el skype, tienen aun un cierto delay que le quita naturalidad a la conversación. Por otra parte las conexiones en Buenos Aires no son tan buenas, aun las bandas anchas premium se “caen” con mas frecuencia que los teléfonos por ahora. No descarto incluir la imagen cuando estos inconvenientes sean subsanados, tal como se espera si el crecimiento tecnológico continúa como viene sucediendo. De hecho, ya existen aunque por ahora son muy costosas, las cámaras web con un software que evita que las personas del otro lado de la cámara parezcan marionetas. Me refiero a una cámara con software de seguimiento automático de rostros. Esta tecnología permite que la cámara automáticamente enfoque si la persona por ejemplo se mueve en tu silla y mantiene su cara centrada en el cuadro, como si hubiese un camarógrafo y no una cámara fija.  Esto da naturalidad a las imágenes de la persona en el otro extremo del chat. Si bien cuando escribo esto (octubre 2008) estoy describiendo una novedad cara, la tecnología se hace obsoleta y por lo mismo económica, a gran velocidad. Seguramente podré incluir muy pronto la vista en mis contactos con pacientes físicamente distantes. Sin embargo por ahora el encuentro es puramente auditivo.

  

Por otra parte la telefonía como tecnología es sencilla y económicamente accesible a grandes grupos de población y no es patrimonio solo de elites. Sin necesidad de tener conocimientos especiales o mucho dinero, casi cualquier persona esta en condiciones de discar un número y hablar a cualquier lugar del mundo. Aquellos con mayores recursos de tecnología pueden llamarme por teléfono a través de su computadora (sistemas VOIP),  otros usan tarjetas prepagas, donde esta acción de usar Internet para llamadas telefónicas la realiza una compañía. En ambos casos se abaratan enormemente los costos al sortear el oligopolio de las empresas telefónicas. Los pacientes eligen según donde estén, sus posibilidades económicas y sus recursos tecnológicos como acceder a mi teléfono, del mismo modo en que para las sesiones presenciales cada paciente elige como llegar a mi consultorio teniendo en cuenta las mismas variables.

En cuanto a las razones económicas mi encuadre es igual al de los pacientes cara a cara: sesiones de una hora de duración habitualmente semanales, que cobro al mismo precio que en Buenos Aires, por lo cual resultan en este momento cambiario económicas en relación a lo que cuestan en muchos países del mundo. En aquellos casos en los que no lo son, por ejemplo para algunos países de Latinoamérica, intento llegar a un acuerdo similar al que tendría aquí con un paciente con dificultades de pago: disminuir un poco los honorarios, modificar la frecuencia, establecer una facilidad de pagos, etc.

De todos modos, aun teniendo su peso, las razones más poderosas no son las económicas sino las que hacen a la identidad. La mayoría de los pacientes que atiendo por teléfono intentó tener sesiones presenciales con terapeutas del lugar donde viven y no les resulto fácil. Como me dijo un paciente “ellos no conocen las canciones de Maria Elena Walsh” haciendo referencia a la ausencia de una idiosincrasia compartida.

Durante el periodo de adaptación al nuevo lugar, tener sesiones con un terapeuta argentino les permite mantener sus raíces hasta que estén listas de verdad para el trasplante. Como establece un viejo dicho, “el alma viaja mas lento que el cuerpo” y los que emigran muchas veces precisan sentirse ligados a su país y sus costumbres cuando las tradiciones del lugar de residencia todavía no se incorporaron o fijaron. Al igual que en jardinería donde las plantas se tienen que aclimatar a su nuevo sitio y pasa un cierto tiempo hasta que retoman el crecimiento, las personas necesitan un tiempo. En este periodo de aclimatación, plantas y personas requieren de condiciones ambientales benignas y similares en lo posible al lugar de origen. Solo especies muy fuertes resisten en esta etapa vientos fuertes o sequías intensas. Es, para personas y plantas un momento de alto riesgo, sus raíces aun no “prendieron” en la tierra que los recibe y están, por lo mismo, tremendamente vulnerables. De algún modo un terapeuta que comparta sus raíces, los ayuda a replicar en parte las condiciones del clima en que crecieron en este momento de riesgo vital.

Para aquellos que no están en países de habla hispana, se añaden a la dificultad de ser comprendidos por alguien que no pertenece a la cultura en la que se criaron, las barreras idiomáticas. La artificialidad que suelen sentir al expresar emociones en una lengua que no sea la materna es un problema, aun en personas que hablan a la perfección el idioma de su patria de adopción. “Contar mis dolores profundos en otro idioma es raro y no me hace sentir del todo comprendida” me decía una paciente que reside en los Estados Unidos y es absolutamente bilingüe. Por otra parte, su condición de profesional y empleada jerárquica de una multinacional, la excluye por la oferta de horarios y por problemática de los servicios de asistencia a “latinos” que atienden en general indocumentados y homeless.

  

Todo aquel que emigra, aun quienes lo hacen en las mejores condiciones: con trabajo, papeles y un mejoramiento en muchos sentidos de la calidad de vida que aquí tenían, se enfrenta a un choque cultural. La exigencia de adaptación que la situación impone, suele ser más veloz que  las posibilidades de la persona de lograrla. Como decía mas arriba, cuando alguien esta recién  trasplantado el crecimiento se estanca y pasara bastante tiempo hasta que pueda dar frutos, por mas necesarios que estos sean.

El stress del cambio, el choque cultural  y la exigencia sumados a la situación de soledad, suelen incrementar la ansiedad y la angustia. Incluso aquellos afortunados que se van con la familia, dejan en su lugar de origen a miembros de la familia extensa, amigos, objetos, costumbres o comidas que no están en el lugar donde viven. La soledad y las pérdidas llevan a que la persona atraviese un duelo y la necesidad de adaptación hace que lo haga en condiciones de enorme exigencia. El duelo de lo que extrañan suele ser temática de las sesiones durante mucho tiempo.

Simultáneamente el que emigra cambia de casa, de objetos que lo rodean, de libros, de ropa, de discos, de amigos, de salidas, de comidas, de trabajo, de tarea, de compañeros de trabajo, de vecinos, de clima, de diarios que lee, de marcas conocidas de los productos que compra, etc. Todo su mundo personal, familiar y laboral se transforma y no encuentra tierra firme y estable en el presente, un territorio conocido sobre lo cual “apoyarse” para cambiar. Su aquí y ahora es confuso por desconocido, su allá y entonces, muy lejano. Como decía un paciente con mucho humor “para bancarse estos cambios sin rayarse tenés que ser como Romay en la entrega del Martin Fierro,…. solo que acá, ningún psicólogo sabe qué es bancarse, qué es rayarse y mucho menos quien es Romay o que es el Martin Fierro” (cosa que por otra parte, el corrector ortográfico del programa con el que escribo esto, me confirma)

“La emigración, no sólo implica dejar atrás, cruzar océanos, vivir entre extranjeros, sino también destruir el significado propio del mundo y, en último término, abandonarse a la irrealidad del absurdo”dice John Berger. La terapia con un compatriota es entonces la posibilidad de mantener un contacto con el mundo de significados compartidos hasta que se retorne al lugar de nacimiento o se construya otro en el lugar donde se reside. En términos gestalticos significa sostener un soporte anterior hasta que estén dadas las condiciones para generar un nuevo soporte que sea suficiente.

Mientras están elaborando este duelo, los emigrantes deben de todos modos crear un nuevo grupo de pertenencia, insertarse en nuevos lugares y costumbres. Esta exigencia al incrementar el stress, agudiza lo que la persona traía previamente. Esta dificultad aumenta cuando por razones políticas, económicas o legales el retorno definitivo o la visita temporal les están vedados. En ese caso es un autentico exilio, las personas quedan desterrados con la misma pena que se aplicaba  en la antigua Grecia a los condenados por los peores crímenes. Creo que quien mejor expresa ese dolor es Julio Cortazar cuando dice: “El exilio es la cesación del contacto con un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente”. En esa misma ponencia (1978) definía al hombre exiliado como alguien que se sabe “despojado de todo lo suyo, de un ritmo de vivir, de un perfume del aire y un color del cielo, de una costumbre de casas y de calles y de perros y de cafés…”

Si, como a veces sucede con las plantas, el cambio de lugar fue necesario porque donde estaban no había lugar para sus raíces o condiciones para su crecimiento, el duelo no deja de existir. Aun aquellos que voluntariamente eligieron irse, y no son técnicamente  ni desterrados ni exilados,  viven de algún modo estas sensaciones de doble exclusión. Los que se van del país quedan afuera de lo que sucede aquí y también en otro sentido no son del todo parte  de lo que pasa en su país de residencia. Como dice la canción “no son de aquí ni son de allá”, por mucho tiempo o por siempre son “extranjeros”. Doble exclusión (en cada lugar extraño algo del otro) y doble desarraigo (ningún lugar termina de ser mi lugar) o lo que algunos psiquiatras denominaron Síndrome de Ulises (el stress particular y las patologías asociadas al hecho de  emigrar) son temas que los que se han ido del país conocen vivencialmente. En mayor o menor medida lo experimentaron  aunque desconozcan los términos con los que, el mundo psi y su necesidad de etiquetar las cosas, los denominan. Todas estas etiquetas diagnosticas refieren a un mismo fenómeno del que acentúan diferentes aspectos: el hecho de crecer en un lugar y vivir en otro.

  

En todo caso es necesario darse cuenta que quien reinicia el curso de la vida en otro lado, ya no es el mismo. Nadie permanece igual después de una crisis y vivir en otro país implica siempre una experiencia poderosa e inevitablemente transformadora. Si quien se fue intenta, para evitar la crisis no registrar el cambio, puede suceder  que espere lo que ya no le sucederá en ninguna parte (por ejemplo después de los 30 años no será un profesional del fútbol, como soñaba cuando vivía aquí, sea donde sea que viva, porque esa es una etapa que pasó) o que recree en su lugar de origen una colonia de compatriotas que, si bien suavizará el traspaso, llevará a que nunca se integre verdaderamente.

Es muy frecuente que los que se van tengan incluso serios desajustes cuando vuelven temporariamente. El lugar del que se fueron ya no es el mismo. Se fueron llevando en su cabeza una “foto” del lugar que dejan, el cual, como es dinámico, siguió modificándose. En ese sentido el país no es un “muerto” tradicional, el objeto del duelo sigue vivo en otra parte y cambia.  Ese fotograma no les permite registrar que la película aquí siguió corriendo, que hubo otras escenas y que la foto que vienen a buscar, cuando ellos llegan ya no esta. Como escribió un paciente”Me imagino a la nostalgia como un espejismo. Lo vemos ahí, clarito, casi lo podemos tocar, pero siempre termina desvaneciéndose. Es al pedo intentar “recrear” lo que nos genera nostalgia. Ya fue, pasó y no volverá. La nostalgia son recuerdos de nuestro pasado, imágenes, olores, paisajes, sonidos. Pero irremediablemente quedan en el pasado y en donde no estamos. Si estamos acá tenemos nostalgia de nuestro pasado en Argentina, si estamos en Argentina tenemos nostalgia de XXX” …. “no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

¿Ocurrió realmente lo que añoramos, o con el tiempo se convirtió en una idealización? ¿Será por eso que soñamos con volver, pero ya en Ezeiza tenemos ganas de tomarnos el primer vuelo de vuelta?

Vuelven y el caserón de la esquina (o su casa natal) fueron demolidas, los amigos ya no se juntan todas las semanas, dejó de tener vigencia algún giro idiomático que continuaron usando, etc. Esto los hace darse cuenta que el lugar que extrañan solo existe en su memoria y que lo que añoran no es recuperable, lo que suele ser fuente de un dolor muy profundo. Se sienten extranjeros donde creían no serlo. Por otra parte no siempre encuentran comprensión en los que quedamos en la Argentina. Si hablan de sus dificultades, muchas veces disparan una competencia “victimosa” entre lo mal que se esta en la Argentina en comparación con la muchas veces idealizada realidad de otros países.  Si mencionan algo que les desagrada de aquí, suelen generar un frente opositor ya que cuestionar, objetar o criticar cualquier aspecto del  país o la ciudad, parece ser patrimonio exclusivo de sus residentes y se supone que quien se fue pierde ese derecho.

Trascribo textuales palabras de un paciente en un foro de argentinos en un país extranjero:

“Las comparaciones son odiosas!. Ya esta, ya lo aprendí, ya lo se, ni siquiera después de la quinta botella de Luigi Bosca, me tengo prohibido hacer menciones del estado de las baldosas, de la cacona de los perritos en la calle, etc. A menos que quiera disparar una discusión sin fin, que termina a los gritos y recaliente. Con el tiempo creo poder entender el porque: Yo necesito justificarme porque me fui, o por que me banco estar afuera (con lo bueno y con lo malo). Ellos necesitan justificarse porque se quedaron, o por que se bancan quedarse (con lo bueno y con lo malo).”

Quien regresa por eso muchas veces también se siente solo aquí, no puede hablar de lo que le duele ver en  su lugar de origen, de las dificultades que encuentra en el país de acogida, tampoco mostrarse tan contento que dispare la envidia o que sea entendido como desprecio. A quien ha perdido o ha renunciado al vínculo con su origen o identidad social, cultural o nacional  el diccionario de la Real Academia Española lo denomina un descastado, poniendo el acento en esto de quedar por fuera de todo grupo. Soledad aquí y soledad allá.

El que se va atraviesa todas las etapas de un duelo clásico: shock, negación, tristeza, enojo y finalmente aceptación o adaptación. Al igual que lo que sucede en otros duelos, estas etapas, salvo la primera y la ultima no son lineales y sucesivas, se recorren y se traslapan,  con idas y retrocesos, como el juego de la oca.

Puedo distinguir en mi experiencia tres etapas necesarias para volver a empezar con posibilidades de éxito en otro lugar:

La primera es la aceptación de lo que ya no es, terminar el duelo, dejar la nostalgia y la remembranza. Terminar el duelo por el lugar de origen llevará a encontrar un punto de equilibrio entre idealizar lo anterior y defenestrarlo. Tanto para  hundirlo como para elevarlo sigo mirando a mi lugar de origen más que  al de acogida. El lugar donde alguien creció pertenece al pasado, pero algunas cosas es necesario soltarlas para recomenzar.  Ningún duelo esta bien resuelto si no se pone lo perdido en proporción: ni un paraíso ideal ni un  infierno desastroso, solo un país con sus aspectos buenos y malos. De su lugar de origen trae hábitos, vínculos, etc. que en algunos casos podrá mantener y otros no. Es necesario encuadrar de un modo razonable el mundo pasado, ni tan aferrado que resulte obstinado y anacrónico, ni tan desapegado y rechazante que parezca una huida defensiva. La aceptación está  lograda cuando alguien puede recordar el pasado en su justa medida sin sobre o sub dimensionarlo, sin tener que compararlo todo el tiempo con el lugar actual. Al igual que en cualquier otro duelo lograr  el punto de equilibrio entre la amnesia lo que ya no esta y la fijación a los recuerdos impidan vivir plenamente el presente.

La segunda etapa es el “arqueo de caja”: exige que la persona haga  un balance de las condiciones actuales propias y del ambiente. Es el momento de preguntarse ¿con que cuenta?, ¿que recursos tiene y registra y cuales no registra tener, aunque otras personas digan que tiene? ¿Cuál es su verdadero potencial y que podría ejercitar para alcanzarlo? Es ideal poder transitar esta etapa habiendo completado la anterior, aunque muchas veces los tiempos y las presiones del afuera no lo permitan y ambas se superpongan, mezclen o alteren. Aquí se juegan la autoestima, las seguridades e inseguridades con las que creció, las expectativas que tenga sobre si mismo y las que otros tengan sobre él  si se hiciera cargo de ellas. Tener claro cuales son o fueron las razones de la decisión de irse, mas allá de la aprobación o no que se reciba del entorno. Transitar correctamente esta etapa lleva a reconocer con que recursos cuenta para sostener el cambio en el tiempo.

La tercera etapa es la de reordenarse en un proyecto posible. Esta etapa no depende solo de la voluntad individual sino también de poder evaluar que relación tienen sus recursos con las posibilidades y necesidades que detecta en el ambiente, descubrir que “nichos ” ofrece el medio. Es importante poder deshacerse de las fantasías  que aquellos que quedaron en el país proyectan sobre el que partió, para que la evaluación de posibilidades se adapte a la realidad. Encontrar quien se es aquí y ahora, con estos recursos y estas necesidades actuales y en este lugar concreto. Darse cuenta que  ahora puede y necesita algo diferente de lo que alguna vez pudo o necesitó. Diferente, no mejor o peor, solo distinto. En esta etapa se juegan la creatividad  (adaptar experiencias anteriores a situaciones nuevas, como en el arte se ordenan las mismas notas musicales de otro modo para llegar a nuevas melodías o con los mismos colores se pintan cuadros diferentes) y la plasticidad ( la posibilidad de no rigidizarse en lo conocido para poder adaptarse a lo nuevo) Además de poner energía para reinsertarse es probable que en esta etapa tenga que luchar contra fantasmas propios y ajenos: los prejuicios, el miedo y la duda que trae y que recibe.

Cada una de estas etapas representa una crisis y como tal comporta sus propios riesgos:

En la primera: idealizar el recuerdo, pensar que “todo tiempo pasado fue mejor” y por lo tanto tratar de “calzar” la nueva experiencia en el modelo de la anterior o defenestrar lo anterior, por lo que nada de lo aprendido antes sirve y por lo tanto el esfuerzo es enorme porque se empieza de cero.

En la segunda: focalizar en mis “debilidades” más que en mis “habilidades” y/o ponerme pesimista con relación al entorno, viendo solamente el medio vaso vacío. No es posible construir con lo que falta o lo que debería haber; con mejores o peores materiales, solo puede edificarse algo con lo que hay.

En la tercera: ser derrotado por mis prejuicios o los ajenos, sobre lo que ya no estoy en condiciones de hacer o sobre lo que debería hacer aunque no pueda. También fracasará quien intente cargar al nuevo lugar expectativas imposibles que conduzcan a frustrarse inevitablemente.

La persona que se fue del país necesita aun más que otras poder expresarse en un espacio donde sea escuchada, comprendida y no juzgada. En ese sentido una terapia resulta muy beneficiosa.

Las temáticas mas frecuentes además de la soledad, la dificultad de integración y la perdida son la pareja y la sensación de ser un paria social (connotación peyorativa del extranjero como extraño) y la discriminación. Tanto en muchos lugares de Europa como en otros de Estados Unidos, los argentinos “latinos y sudacas” somos descalificados y debemos enfrentar una serie de prejuicios negativos bastante generalizados. El saber que existen prejuicios culturales en su contra, es otro factor que conspira para que puedan elegir terapeutas locales en los cuales confiar. El tener un terapeuta argentino permite hablar de aquello que no con cualquiera se puede expresar, incluso aquellos que emigraron y trabajan sin papeles suponen que no es seguro compartir esto con un profesional que si es un ciudadano y podría denunciarlos. No se hasta que punto esto es real o responde a la situación paranoide que genera ese nivel de marginalidad.

  

En cuánto a la pareja, las personas que se van desde aquí en familia o pareja, si bien tienen la ventaja de sentirse menos solas al principio, someten a la pareja a enormes tensiones que esta no siempre resiste. El otro cumple múltiples funciones (relevo con los hijos, paño de lágrimas, confesor, compañero de aventuras, desventuras,  de compras, etc.) Esta multiplicidad de roles seguramente en el lugar de origen se repartirían con amigos, familiares, colegas y/o vecinos. A su vez es un otro que también esta sobrecargado por la misma situación de migración y soledad, con lo cual el peso del pedido reciproco es enorme. Esta pareja cierra demasiado sus fronteras externas y esta formada por dos personas en duelo, por lo que corre severos riesgos. La pareja sometida a este stress o sale fortalecida o se rompe, pero en este ultimo caso, tomar la decisión de separarse también es muy difícil. Si se fueron juntos para armar un proyecto de vida y cuando están allá, la relación no funciona, enfrentar sin redes de contención la frustración, el vacío y la perdida que esto implica no es fácil. Separarse siempre es difícil, hacerlo estando solo es heroico!

Por otra parte, si se llega a una separación, es muy frecuente que aquel integrante de la pareja menos adaptado al lugar plantee volverse, lo cual si hay hijos implica un dilema de difícil solución. Para esas parejas, el divorcio es doblemente costoso porque muchas veces saben que separarse implica no poder ver a sus hijos por años.

Otra alternativa es la de armar pareja con alguien que proviene de otra nacionalidad. Esto  implica incluir el choque cultural en el ámbito familiar, paradójicamente la familia pierde la condición de “familiaridad” y deberá generar sus propias tradiciones que no impliquen las del lugar de origen de alguno de ellos ni las del de acogida, sino alguna combinación de estas . Una familia de una argentina y un italiano que vivían en Canadá, festejaban el día de Acción de Gracias con un asado y tiramisu!!

Cuando este tipo de parejas entra en crisis en un lugar donde ninguno de ellos  nació, tienen por lo general poco soporte en el entorno. La más común  de las maneras de enfrentar esta crisis en parejas de nacionalidades distintas, es que emigren al país de origen de uno de los miembros de la  pareja), este es un caso bastante común y que trae problemáticas adicionales que son:

– asimetría (uno esta en un lugar familiar y sintiendo el enraizamiento del reencuentro, el otro esta de duelo por la emigración. uno tiene amigos y familiares, el otro esta solo) Esta asimetría rompe la situación “pareja” de una pareja y de algún modo el local asume roles paternales, de guía, orientador o de interprete de el que no nació allí, estableciéndose una dependencia que afecta negativamente a ambos

– sobre exigencia: el nativo del lugar suele sentir la responsabilidad de facilitar la adaptación del otro. Al asumir el rol de representante del lugar y haber sido el propiciador de esa migración muchas  veces se siente culpable si las cosas no van bien.

– pase de facturas: por lo mismo que a uno de ellos se le adjudica la representación del lugar, como contracara de su exigencia, el “visitante” muchas veces intenta adjudicarle al otro la culpa de todo lo que esta mal, cobrándole sus frustraciones y dificultades como si fuesen su responsabilidad.

– presión del entorno: muchos los amigos y familiares del local tratan de ayudarlo a que su pareja se adapte, tratan de ayudar a que aprenda  el idioma y que se sienta bien, a veces en demasía. El recién llegado, que esta haciendo el duelo, no soporta tanta presión y termina o bien rechazando todo o bien aceptándolo masivamente, sin poder en ninguno de los casos digerir lo que recibe y seleccionar de esto lo que le sirve y lo que no. Otros no toleran la falta de familiaridad y muestran en mayor o menor medida comentarios o actitudes racistas o xenófobas que resultan hirientes para ambos.

Cuenta un paciente que recuerda  que “uno de los motivos por los que yo me quería ir de Argentina cuando estábamos con mi pareja era que comenzaba el tema de la inseguridad, y yo no me podía bancar la idea de que no solo le pase algo a ella, sino que le pase en mi país, cosa que en otra parte, si bien tampoco la deseaba, no tenia la carga de que sea mi país”

Lo mismo sucede si alguien que proviene del extranjero formo pareja con un habitante del lugar, si todo marcha bien facilita la adaptación, pero en caso de que no, la asimetría agudiza el conflicto

Volviendo al recurso de la atención telefónica, si bien resulta muy útil también tiene limitaciones: niños, pacientes con problemas de audición, muy desbordados, con patologías graves, impulsos severos de auto o hetero agresión, no pueden atenderse con esta modalidad. Tuve algunas sesiones de parejas exitosas con esta modalidad, me cuesta imaginar una de familia o con adolescentes aunque no estoy segura que no sean posibles. Seria cuestión de intentarlo!!

Sin embargo  además de limitaciones, tiene ventajas que los mismos pacientes devuelven y que comprueban investigaciones con mayor casuistica que la mia: The Journal of Consulting and Clinical Psychology <http://content.apa.org/journals/ccp

Un estudio publicado en la edición de abril del Journal of Consulting and Clinical Psychology, encontró que cuando los pacientes recibían psicoterapia telefónica breve poco después de comenzar a tomar antidepresivos, los efectos positivos (como una mejora en los síntomas de depresión y satisfacción con su atención) continuaban hasta 18 meses después de la primera consulta telefónica.”Este estudio es el mayor hasta la fecha sobre la psicoterapia administrada por teléfono, con más de 400 pacientes. También es el primero en estudiar la efectividad de combinar la terapia telefónica con el tratamiento con antidepresivos como se ofrece en la práctica médica cotidiana”, afirmó en una declaración la principal autora del estudio, Evette J. Ludman, investigadora principal asociada del Centro de salud grupal para estudios de salud en Seattle.

.La psicoterapia telefónica –aseguran los especialistas en la edición del 25 de agosto del Journal of the American Medical Association- abre un nuevo camino http://jama.ama-assn.org/ El estudio con 700 pacientes realizado en la ciudad estadounidense de Washington reveló que el 55 por ciento de las personas encuestadas mejoraron sus síntomas luego de iniciar un tratamiento con antidepresivos orales, pero cuando se agregaron ocho sesiones de terapia telefónica, el 80 por ciento aseguró sentirse significativamente mejor. En este caso, si bien se trata de una muestra mayor que en el anterior estudio, a mi criterio hablaríamos de asistencia, ya el promedio fue de 8 sesiones, más que de una psicoterapia propiamente dicha, con el concepto de proceso que manejamos en Gestalt. Esto se asemeja mas a los sistemas de asistencia telefónica para crisis y urgencias que existen en la Argentina. Trabaje en mis inicios en la profesión hace mas de 20 años en uno de ellos (Telesalud a cargo de Graciela Peyru) y me sirvió en su momento para “foguearme” en resolver lo que apareciese, conteniendo y derivando  cuando era posible.  “No creemos que el teléfono sea mejor de ninguna manera que la psicoterapia tradicional -explicó el psiquiatra e investigador de salud mental del Group Health Cooperative de Seattle y autor del estudio, doctor Gregory Simon-. Pero esta estrategia era para pacientes que no acudían a ningún otro tipo de terapia”.
El profesional añadió que “esta asistencia telefónica permitió resultados mucho mejores para aquellos que no recibían psicoterapia”. Una de las razones por las que Simon consideró que la terapia telefónica ayudó tanto, fue porque las personas tenían mayores probabilidades de seguir con ella. Con la psicoterapia estándar, según el psiquiatra,  “las personas deben estar motivadas para continuar con el tratamiento. Deben estar dispuestas a encontrar un terapeuta, luego pedir las citas y finalmente acudir a ellas regularmente. El problema es que las personas deprimidas no están para nada motivadas. La mayoría se siente desanimada”. Estas conclusiones a las que arribaron con pacientes deprimidos www.respuestasaladepresion.com/ultimasnoticias/psicoterapiatelefonica.php , puedo extrapolarlas sin problema a personas que emigraron.

Mis modestas estadísticas tienden a coincidir con él, no creo que sea lo mejor, pero a veces es lo posible y otras es una etapa necesaria. Muchas veces es también el recurso de aquellos que si no, no tendrían ningún tratamiento. Como parte del contrato que establezco con estos pacientes si es posible  tenemos sesiones presenciales cuando vienen a la Argentina de visita o si diera el caso de que yo viajase a sus lugares de residencia. De todos modos adhiero a esta metodología no solo porque crea que, como dice el viejo refrán popular “lo mejor es enemigo de lo bueno”, sino porque le encuentro reales ventajas no obstante le reconozca que tiene  las limitaciones que antes describía.

La sesión telefónica crea clima de intimidad y posibilita el darse cuenta tanto o más que en la terapia presencial. Si bien es más lenta la elaboración cuando solo se escucha, como contrapartida a muchos pacientes les resulta más fácil tocar algunos temas con un terapeuta al que no ven. Es frecuente que abran temáticas o emociones que no se atrevieron a plantear en sesiones presenciales conmigo o con otros terapeutas. En este sentido la distancia no solo no es un problema sino que ayuda, creando una sensación o de anonimato o de inimputabilidad, que propicia un clima de “confesión” mayor que en el cara-a-cara.

También aparecen temáticas diferentes no solo ligadas a la nueva situación sino al mismo medio telefónico. El tener que transmitir lo que me sucede a alguien a miles de kilómetros y querer que entienda, obliga a ser muy preciso en la descripción emocional, ya que esta no puede ser acompañada por gestos o ademanes. Esto a su vez requiere de una gran concentración en lo que se esta sintiendo. La necesidad de focalizar en la propia emoción con precisión hace que emerjan con mayor claridad situaciones pendientes que en otras situaciones quedaban en el fondo.

Todos los pacientes refieren el efecto tranquilizador de la voz conocida, cuentan que el miedo y la ansiedad disminuyen cuando hay una voz que esperan del otro lado. Creo que esto remite a vivencias muy primarias, llamar y que alguien acuda, la verbalización habitual es del tipo “me tranquiliza escucharte y saber que estás”.

Aprenden a escuchar y escucharse, no solamente a oírse: esto redunda en beneficio de sus relaciones en general y de sus vínculos de intimidad sobre todo.

  

Esta terapia no tiene fronteras, puede hacerse dondequiera que el paciente este y dondequiera que el terapeuta este. Por eso es útil para pacientes que viajan mucho (que trabajan en líneas aéreas, navieras, giras y conciertos o negocios globalizados) Me permitió continuar trabajando aunque estuviese en cama y podría hacerlo estando de viaje en otra parte.

Como terapeuta me obligó a mejorar algunos recursos para el dialogo, la contención y la orientación (psico- educación). En general no es fácil hacer ejercicios vivenciales por teléfono, aunque se pueden coordinar   fantasías guiadas, y prescribir lo que en terapia presencial serían “tareas para el hogar”. Trabajar con quien no veo, ni me ve, ni puedo tocar, me obligo a crear recursos nuevos para resolver situaciones y en ese sentido a desarrollar la siempre perfectible creatividad terapéutica.

Como ya dije tuve serias dudas antes de empezar y al inicio lo plantee como una prueba a aquellos pacientes que me lo pidieron. Sabia en teoría que frente a la perdida de algún sentido se agudiza otro, pero como en las terapias vivenciales experimentamos en carne propia lo que  hacemos antes de hacerlo con otros, comencé viendo que me pasaba a mí cuando contaba algo intimo por teléfono, que necesitaba del que me oía, que cosas no me hacían sentir escuchada,. Registre y aprendí.

Me fui animando y arriesgando de a poco. Después de años en los que solo atendí por teléfono a personas que habían sido antes pacientes míos por un tiempo largo, me propusieron como terapeuta de una argentina que iba a estar dos meses en Buenos aires y luego volvía a Estados Unidos. Lo que en un principio iba a ser solo un intensivo de dos meses,  término siendo una terapia telefónica de un año primero y de un año y medio después de una interrupción de un semestre.

Después tuve una paciente presencial que insistía en que atendiese por teléfono a un familiar suyo a quien yo no conocía y me negué a hacerlo sin antes verla, aunque más fuese alguna vez. Tiempo después  esta persona vino a Buenos Aires, nos encontramos, tuvimos solo algunas sesiones, volvió a Europa donde vive y continuamos su tratamiento por teléfono. Así pase de atender a mis pacientes de años cuando emigraban, a tomar nuevos pacientes que ya habían emigrado, como pacientes presenciales por pocas sesiones durante sus visitas a Argentina y continuar el tratamiento por teléfono. Tenía como requisito al menos conocerlos antes. Derivados de pacientes o colegas, hubo unos cuantos en estas condiciones.

A partir de un curso que fui a dictar en el exterior, surgió la oportunidad de atender por teléfono como pacientes a personas que solo había visto allí como alumnos, pero con los que no había tenido un contacto previo terapéutico. Nuevamente probé, en este caso atendía a personas que conocía  de vista,  pero con las que nunca había tenido sesiones presenciales. En cuanto a la temática estos no traían el duelo de los inmigrantes, sino la paranoia de no poder sostener una terapia, siendo personajes con un rol destacado y “conocidos”, en una ciudad pequeña. Este trabajo se parece más, por los planteos que hacen a otro en el que tengo más experiencia, que es el atender pacientes del interior del país. Solo que en este ultimo caso, yo suelo hacerlo alternando sesiones presenciales con telefónicas, con una frecuencia que depende de la distancia con Buenos Aires y de la posibilidad del paciente de viajar. Estos pacientes que ahora me llamaban, viven en el otro extremo de Sudamérica, por lo que  las sesiones presenciales no resultan demasiado posibles. Los argentinos en el exterior suelen volver, salvo que por algún motivo no puedan, a visitar amigos o familiares. Que estos pacientes latinoamericanos vengan a la Argentina serían una circunstancia excepcional, como lo fue mi ida allá.

 

Últimamente di otro paso adelante y estoy atendiendo a alguien a quien nunca vi en persona, intercambiamos fotos a través de Facebook,  se que cara tiene y conozco su voz. La experiencia esta resultando increíblemente productiva, pero no lleva el tiempo suficiente como para hablar de los resultados de ella.

Mientras recorría este camino, mis aprendizajes y entrenamientos personales continuaban, no me limite solo a explorar la intimidad por teléfono. Durante meses hice clases de gimnasia y yoga con ojos cerrados, dejándome guiar solo por la voz del otro. También escuchaba música centrándome en las sensaciones, los ritmos, los timbres, las intensidades. Recordé que cuando Joseph Zinker estuvo en Buenos Aires sugirió que los terapeutas, para entrenar la captación de lo que veían más allá de las palabras,  podían ver películas en un idioma desconocido sin subtítulos e hice algo parecido: escuchaba películas sin verlas. Aprendí a captar la emoción prescindiendo de las caras, solo escuchando al actor o a la persona. Fui a funciones de teatro ciego, hice caminatas a la luz de la luna y navegación nocturna en veleros. Empecé a intentar en espacios públicos descubrir características de edad, cultura y hasta tipos físicos de alguien a partir de la voz y de poco el instrumento se fue afinando. En general en, por ejemplo un restaurante, puedo descubrir la edad de una persona, si es gorda o delgada, ágil o torpe, si esta tensa o apurada o relajada con solo escucharla. De todos modos, vea o no al otro, sé que salvo la apariencia, muchas de esas “observaciones” son imaginarios que deberé chequear, tanto  si el otro está enfrente como si está del otro lado del mapa.

 

Nos guste o no, el mundo ha cambiado. La globalización que como decía  el sociólogo catalán Manuel Castells en una entrevista en el diario El País,”implica que el núcleo básico de la economía tiene la capacidad de funcionar cotidianamente como una unidad en un ámbito planetario, a través de sistemas de información telecomunicados y de redes de transporte informatizadas”. Son múltiples las actividades que se han visto afectadas por la globalización: la ciencia y la tecnología, los medios de comunicación, los servicios financieros, el arte, el turismo, etc. y es por lo menos ingenuo pensar que de algún modo esto no afecte a la psicoterapia. Si bien lo que se globaliza es la economía, el cambio se traduce en lo concreto en migraciones de millones de personas y tiene por tanto consecuencias en lo social, demográfico y obviamente en el ámbito de lo psicológico. El emigrante es aquel que con mayor o menor posibilidad de elección deja atrás un país, una cultura, una sociedad determinada, y necesitara adaptarse a otras reglas socioculturales. Este es un fenómeno creciente que demanda de aquellos interesados en la salud respuestas creativas para mejorar la calidad de vida de aquellas personas que se alejan de su lugar de origen. Después del corte radical que implica el partir (no siempre con tiempo para meditar la situación y muchas veces  más con carácter de huida desesperada que de verdadera elección) la persona pierde, junto con el desarraigo cultural una parte importante de su identidad.

Según los estudios realizados por la chilena Ana Esteban Zamora en  « El desarraigo como vivencia del exilio y de la globalización”: “Lo que se produce en el exiliado es un choque cultural al principio de llegar al nuevo país, pasando después a una desestructuración y progresiva pérdida de la identidad, para finalmente conseguir un “amoldamiento” cultural. Pero, aunque si bien es cierto que en gran medida la identidad de origen se pierde, se gana una nueva, esto es, se enriquece la antigua, se pierden unos aspectos introduciendo unos nuevos (los del país de acogida) que darán lugar a una mayor integración en la sociedad receptora.” En este proceso de adaptación al país receptor van a entrar en juego tanto las características personales (soportes, sistema de creencias, expectativas, plasticidad, etc. del que emigra) como las características de la sociedad que lo recibe en cuanto a prejuicios, aperturas, espacios creados o no. etc. Este es el momento en que los que emigran necesitan mas ayuda, pero obviamente y dependiendo de cada uno, de su estructura y de lo que le vaya sucediendo  no es necesariamente el único. Consultan recién emigrados y emigrados hace años. También, y nadie lo sabe mejor que los argentinos, que “descendemos de los barcos”, una masa critica de inmigrantes tiene una acción transformadora sobre su lugar de acogida.

Emigrar es rehacerse, desestructurarse y volver a empezar. Al igual que en la otra de las temáticas que me apasionan, la de las familias ensambladas, el hilo conductor es la reconstrucción. Como decía Fritz Perls antes que el concepto de resiliencia fuese adoptado por los terapeutas “Vivir la muerte propia y renacer no es fácil”. El problema es mi naturaleza osada, nunca me interesó lo fácil y busco el desafío. Este es un relato de uno de los guantes que he recogido en la vida.

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