Pesadilla

 Miguel Ángel Mantecón
 miguelangelmantecon@yahoo.com.ar

  

Estrelló el tubo contra la base del teléfono, en el mismo momento en que la ira estallaba en su rostro como si le hubieran cruzado la cara de un cachetazo.

Acaba de ingresar acompañado al alojamiento de la calle ……. Dice lacónico el mensaje del investigador a quien había pagado con la secreta esperanza de no tener que escuchar nunca lo que acababa de transmitirle.

La sospecha, ahora confirmada, la tiene a maltraer desde hace algunos meses y siente que poco a poco la rabia crece más rápido que el dolor.

Haciendo equilibrio sobre una banqueta frente al placard del cuarto de vestir, manotea casi desesperada en el estante superior hasta tomar el revólver Smith & Wesson calibre 38 que alguna vez compraron por si acaso. Temblando se apunta a los ojos pero no dispara, es sólo para ver que en el tambor están las seis balas.

  

Arranca casi de la percha el tapado de paño negro y se lo tira encima sin reparar en la ropa que tiene debajo. Del estante inferior toma el primer par de zapatos que encuentra y se los pone. Son de los de salir, los de taco aguja, bien altos.

Con el arma pesándole en el bolsillo derecho, se larga del departamento hecha un furia sin importarle la hornalla encendida, el lavarropas centrifugando, la puerta abierta, ni el micro del colegio que ya está casi por llegar con los chicos.

¡Qué dolor¡. Con el estómago hecho un fuego baja enloquecida las escaleras –ni siquiera intenta esperar el ascensor- y sale a la calle justo cuando las lágrimas comienzan a nublarle la vista.

Cuatro cuadras hay desde el departamento hasta la dirección que la voz impertinente le escupió desde el teléfono. Sólo cuatro cuadras es la distancia que para el desgraciado de su esposo hay entre la felicidad y la traición.

Los delgados tobillos, apenas resisten el peso de su angustia y se bambolean a punto de quebrarse con cada paso que los tacos repiten sobre las veredas rotas. Desencajada, pasa junto al kiosco de diarios para cruzar la calle sin mirar e internarse en la segunda cuadra de su calvario. ¿Cómo le va a importar mirar? Si su pasado acaba de venírsele encima para empujarla en un instante contra el borde resbaloso de su futuro.

Otra calle, otra frenada, otro insulto. Otro insulto que contesta con una grosería jamás antes pronunciada por ella, pero ahora inspirada por la cara de su esposo reflejada en la del conductor, en la de todos los hombres del mundo que sorprendidos se van apartando de ella cuando se cruzan.

Falta una cuadra, está a punto de desfallecer y para no caer se sujeta con fuerza a la empuñadura del revolver.

-¿A quién mato primero?. -¿A él?. -¿Por él dejé colgada una carrera para que pudiera recibirse antes y establecerse como médico mientras yo velaba en casa por los chicos, por las llamadas a deshora interrumpiendo la intimidad y por las guardias tres veces a la semana en la ambulancia de la empresa de emergencia médica?

-¿A ella? ¿Esa desconocida gozadora impune de su esfuerzo y sacrificio?. Ya casi está llegando y la última calle se cruza vacía de automóviles que se interpongan.

Con la mano izquierda –con la derecha sujeta el revolver-, se corre el cabello pegado a la cara por el sudor y las lágrimas y nota irónicamente divertida que todavía tienen el coraje para razonar quien será la primera víctima de su venganza. Está ya casi en la puerta del alojamiento y su corazón a punto de estallar.

¿A él primero? ¿Para que la desgraciada tenga tiempo de horrorizarse frente a su propio e irreversible final? -No, mejor primero la mato a ella. Ya decidió. Primero matará a la otra, así el inmundo agoniza dos veces viéndola morir y después mientras por favor le pide que lo perdone, que era la primera vez, que nunca más …..

  

No escucha, no quiere ni puede escuchar a un sorprendido conserje que sin embargo, y por experiencia, se larga escaleras arriba, detrás de ella, presintiendo un final conocido.

Ella no sabe cual de los puños aprieta con más fuerza. Si el derecho con la Smith & Wesson o el izquierdo que ya está crispado sobre el picaporte de la habitación doscientos cinco.

Inexplicablemente la puerta está sin llave como si la fortuna, si a eso se le puede llamar fortuna, hubiera decidido darle un último golpe de suerte al precipicio de su futuro.

Decidida a todo, penetra en la habitación mientras su mano derecha sale tiesa del bolsillo de su tapado para extenderse a la altura de los ojos, que de repente están secos y observando con atención.

La escena se congela como cuando se cortaba la película en los viejos cines de barrio. Sólo falta que el celuloide comience a quemarse. El revolver apunta hacia la derecha de la habitación mientras que hacia la izquierda sus ojos desorbitados se cruzan con los de su marido a quien al instante reconoce espantado, vestido con su propia lencería femenina  y  maquillaje, quizá también suyo, grotescamente corrido sobre el rostro.

Parado junto a la cama un cincuentón desnudo, alto y delgado, de cabello casi blanco y una cicatriz en el lado derecho del mentón, mantiene la calma sin pena ni culpa, como aguardando los acontecimientos.

Mientras el asco le sube hasta la garganta y la rabia, la vergüenza y la sorpresa terminan por invadirla, dobla el brazo lentamente para apoyar el caño del revolver sobre su propio pecho.

  

El estampido la despierta haciéndola sentar de un salto sobre la cama, con el rostro convulsionado, empapada de sudor y con el pulso totalmente acelerado.

-¿Qué pasa? Se sobresalta su esposo mientras ella se abalanza dentro del baño.

-Nada, seguí durmiendo, tuve una pesadilla. Le dice en una mezcla de reproche, susto, rabia y miedo, mientras temblando abre la ducha.

Ahora está mirando hacia arriba, hacia la lluvia que le pega en la cara y desciende por su cuerpo cuando una puntada feroz baja también desde el cuello hasta el centro de su pecho, en el mismo lugar por donde había entrado la bala.

La baliza de la ambulancia gira en el silencio de la madrugada, mientras algún vecino trasnochado espía detrás de una persiana. En un departamento del tercer piso, un médico cincuentón, alto y delgado, de cabello casi blanco y una cicatriz en el lado derecho del mentón mantiene la calma tratando de dar contención a su colega. Un cuerpo inerte yace espontáneamente envuelto por la cortina arrancada del baño y un desastre de frascos y espejos rotos, peines y cepillos se desparrama por el piso.

-Infarto agudo. Masivo. Clarísimo por el color del rostro y la expresión. Imposible hacer nada aunque hubiera estado presente en el momento que ocurrió. Igual hiciste bien en llamarme; el certificado de defunción mejor te lo firmo yo. Ya conocés como es esto: cuando una mujer joven y sana muere repentinamente, el marido es el primer sospechoso. Pero decime una cosa ¿Ya se lo habías contado?