Lugar en dos partes

Ariel Herrera
arielpsi@yahoo.com.ar

 

Parte primera.

La pared se extendía por más de trescientos metros. Calculé también unos cuatro metros de altura. Murallón amarillento, desgastado, curiosamente sin escrituras de aerosol. El viento fresco se hacía sentir al pasar bajo los árboles que bordeaban la vereda.  Se mecían acompasados, como  manejados, pensé.

Desde el primer paso sobre las piedras blancas, sentí la tentación de apoyar mi oreja contra aquel muro. ¿Qué sonidos cargarían mi alma para toda la vida?, era la pregunta que me obstaculizaba hacer el intento. ¿Temor?, digamos un temor culpable por no  atreverme donde no conocía. Todo contra mi razón – dueña y señora.

  

Al pararme frente al portón entreabierto, me sentí un chico, un pequeño que buscó la mano de la mamá o la pierna del papá.  Resulta risueño si se cuenta, un tipo de cuarenta años, con miedos de niño. ¿No son siempre así los miedos del adulto?. Y además con una avenida bastante trancitada a las espaldas. Pero todo aquello era distinto a otras veces. Rodaban por mi cabeza recuerdos de años distantes, supersticiones de pueblo, cosas muy explicables con los años, pero golpeando  profundamente en el momento en que sucedieron.  Memorias de caballos blancos haciendo su ruido en la oscuridad, de la vieja barriendo los techos de la que fuera su casa hacía años y ahora abandonada. Todo junto, todo mezclándose con los temores cotidianos de cruzar una calle.

Si no cruzo esta puerta ahora que me lo propuse, será algo más para ocultar ante la gente. Ocultando, fingiendo, haciendo cosas sin sentido para justificar el mismo sin sentido de justificar. Dar explicaciones por vivir. La carga de nosotros  los “no – enfermos”. Gastar energías en proteger algo que no hace falta  proteger. Hacer cosas, ceremonias,  para que no suceda lo malo, mientras lo bueno pasa rozándonos. “Nos los neuróticos…” me dije como una oración y caminé pensando en la Señal de la cruz, -“me persigné mentalmente”- y tuve consciencia de lo estúpido de mi acción: probarme.

Hojas marrones en el suelo, la majestad de lo viejo. Los últimos rayos del sol pintando  aquella construcción olvidada, con sus pequeñas gárgolas, aunque visibles a la distancia a la que estaba. Quise y no me atreví, quise caminar hacia aquel lugar que apenas  percibía. Quise caminar pero quiso más el temor que se había adueñado de mis músculos. No quise ver, me volví con frío en la espalda. Me volví.

julio de 2000

Parte segunda.

  

Estaba de nuevo allí, con intensión de detenerme ante el portón pero sintiendo que mis pies daban un paso atrás del otro, cruzando el umbral verdoso. Lentamente como en un sueño me fui adentrando en la penumbra del sitio arbolado. Viejos y nudosos troncos que mis brazos no podrían rodear. La maleza de años bordeando un camino hecho de grandes bloques de piedra gastada que, después de quién sabe cuánto, mis zapatos volvían a dar sentido. Y al frente el edificio.

Lo vi crecer ante mis ojos a medida que me acercaba. Mi pequeñez, dar cuenta de lo vago, lo monótono, lo insufrible de mi pequeñez ante lo construido, lo hecho, lo grande y misterioso por ese mismo motivo de su grandeza… hubo motivos para hacerlo, alabanza a Dios, urgencia de ocultar, no lo supe. Estaba allí caminando, dejando que me caminara todo mi cuerpo. La garganta apretada sin sentido y allí yo. Mi razón de estar en ese allí que no podía medir.

La construcción fue lo primero, di cuenta de cada rincón, simples pasos  de hombre sobre veredas verdes de musgo. Sin proponerlo salte por  cuadros dibujados con tiza, con números, mientras fantasmas blancos de años reían con solo risas de niños y niñas. Dónde estará el cielo?.  Rayuela, pedacito de piedra tirada? Estoy allí? Y a cada paso el peso que dan los años, estas lejos me decía a mí mismo. Estas, pero lejos.

Qué me cautivaba más? el deseo de ver lo oculto por esos muros o todo el panorama?. Me vi bailando en las terrazas. Escuché a Mozart, digamos un tango de salón. Miré por  el borde hacia las contadas luces de aquella ciudad que fue. Matizado de arrabales, de puñaladas, de pobreza, y yo allí bien vestido, con moño o corbata, allí desde aquél lugar alejado del mundo, alejado como se puede estar de la necesidad. Y era yo. Era yo en mi más magnífica noche. Con la sonrisa brillando entre la gente. Gente que me hablaba, me halagaba, era yo después de todo, sin que me alaben nunca, sin que valga lo que haga, pero era yo. Mi ser dueño de la noche y señor de la casa.

  

Ella pálida a la luna, con su vestido azul. Pálida como la reina del cielo. Delgada como no se puede creer. Con ojos que robaban toda la majestad que existiera. Con una voz profunda como agujeros en el mar. Ella, justificando el pasado y el futuro al que estaba adherido. Ella, a quien no conocía y era mi amor.  Ella a quién bailaba y me bailaba, cuya figura coincidía en medida exacta con mis manos.  Ella majestuosa a quién podría arrancar de la vida con solo apretar mis músculos. Qué idea absurda!

En el calor de la fiesta, y su familia mirando, con voz cadenciosa pidiendo le concediera  el aire fresco que precisaba, – hace calor aquí adentro – y mis calores no del clima, aflorando en cada poro y coincidiendo con los de ella, abriendo esa ventana al balcón y sintiendo que todo estaba dicho y lo demás solo frases. Majestuoso yo, majestuosa la noche, ella no. Solo la noche y yo, ella más  allá de toda descripción. Más lejos que cualquier adjetivo. Sublime.

Oh, mas tarde, mientras los pies en esa modorra del musgo, quietos y enfriados, sintieron  el otro caminar, decidido, salvaje, antes asechando desde los arboles, arrancando, arañando con ramas filosas, tirándome al suelo, arremetiendo sobre lo bueno, cortando de cuajo el pasado y el futuro, presente? Así,  su sangre manchando el vestido claro, mis brazos abrazando lo inevitable. Y su cara con una sonrisa solo para  mí dedicada, enteramente dedicada al fin de su vida. Mi llanto que nubló todo, este llanto.

Este llanto que me turbaba en esas veredas de hacia siglos, y por qué lloraba, solo Dios lo sabia. Estaba quieto ante los muros agrietados. De a poco como de un sueño estaba nuevamente aquí. Horror de lo pasado y no tanto de lo visto, Mis años?, cuarenta,  que no sirven de mucho. Ni a los veinte ni a los setenta.

mayo de 2001