FANTASMA NOCTURNO

Miguel Ángel Mantecón
miguelangelmantecon@yahoo.com.ar

De no ser por algunos pequeños detalles sin importancia, en cualquier momento podría estar por cometer algo irreparable.

La noche está pesada, sofocante. Con la garganta seca, me levanto sin ganas para buscar un vaso de agua fría de la heladera.

Como siempre, voy descalzo hacia la cocina, como siempre vuelvo a buscar las pantuflas. Me obligan las mil y una veces que debo recordarle a Jimena los peligros de abrir la heladera con los pies desnudos.

A duras penas logro que sus rebeldes diecisiete años me hagan caso. Por lo menos cuando estoy en casa,  porque en cuanto me voy seguro que hace lo que quiere.

-¡Papáaa! –me parece escucharla cuando pretendo que entienda las obsesiones de padre por su bienestar, pero más que todo por su seguridad.

En la segunda pasada frente a su cuarto –en la primera aún no estaba suficientemente despierto- advierto luz por la hendija de la puerta apenas entreabierta. Despacio, para no despertarla, entro en el cuarto como casi todas las noches para apagarle la luz, el televisor, la compu, el discman o cualquier otra cosa que seguro y como siempre, dejó encendida antes de dormirse.

Silencio. Lo primero que advierto es el absoluto silencio que invade la habitación. No hay artefactos encendidos. Tampoco se escucha la respiración de Jimena, ahora mucho mas calma y que tanto me había acostumbrado a controlar antes de la operación de adenoides –antes se le decía carne crecida.

Sólo la luz del escritorio, junto a la ventana que da la calle, ilumina el silencio de la noche.

De pronto y sin proponérmelo, giro mi cabeza y un estremecimiento –no estoy seguro si es en este orden- me invade.

La cama está perfectamente hecha. Jimena no ha dormido en ella o por lo menos, ha sido abandonada hace un buen rato, según deduzco al comprobar lo fría que está y luego de apoyar la mano sobre el cubrecama y sobre la almohada.

El viento, anuncia la inminencia de la tormenta y sacude la persiana para avisar que el calor sofocante llegará a su fin. Yo sin embargo me siento aún más acalorado. Escucho vibrar la puerta de calle y presa de la inquietud, corro casi hasta ella. Trago saliva, está sin llave. ¿Desde cuando estamos con la puerta abierta? El viento la sacude contra el marco una vez más antes de que la cierre con doble vuelta de llave, como para conjurar las horas de inseguridad que pasamos sin darnos cuenta.

Vuelvo a la habitación de Jimena, mi corazón late con fuerza, y trato de ordenar los pensamientos. No es la primera vez que nos amenaza con irse de casa con Daniel, ese noviecito con el que sale desde hace unos pocos meses y por el cual, aunque ella lo niegue, ha desmejorado sus calificaciones escolares.

Trato de serenarme. Si lo pienso bien, cosa que últimamente me está costando bastante, no es posible que se haya ido así, sin decir nada, no la creo capaz de hacernos eso. Entonces ¿Qué significa la puerta sin llave? Tal vez entraron ladrones y se la han llevado. Ladrones no, secuestradores quizá. ¿Y si fueran violadores? Ahora mi cabeza es la que late o eso creo cuando empiezo a sentir un par de puntadas en las sienes.

No, mejor fueron secuestradores digo, porque es lo que prefiero pensar que fue. En cualquier momento llamarán para pedirnos que juntemos plata. Lo escuché decenas de veces desde Blumberg para acá y antes también.

Sin embargo lo de Daniel, igual me da vueltas por la cabeza. ¿Qué hago? ¿Llamo a la policía? El recuerdo de Blumberg y su final me paralizan. ¿Y si de fue con Daniel? Son dos menores, algo osados pero sin recursos, no deben andar lejos. Igualmente la policía no suele moverse con tanta rapidez en los casos de abandono de hogar. Vuelvo a la pieza de Silvina y abro el placard. Casi no hay ropa colgada en las perchas. Descarto lo del secuestro. Nadie se lleva ropa cuando lo secuestran. ¿Entonces se fue nomás con ese Daniel? Mi cabeza hierve mientras el cerebro lucha por ordenar los pensamientos. Quizá sólo lucha por pensar. Imagino barbaridades ¿Salgo a buscarlos con el auto? ¿Por donde los busco? ¿Qué hago cuando los encuentro? ¿Si se niega a volver a casa? ¿Los mato? ¿Me mato? De pronto, como si hubiera dado vuelta a la última ficha que faltaba colocar, esta entra por fin en el hueco de la memoria. ¿Hoy Silvina no se iba a quedar a dormir en lo de su amiga Cinthia? ¡Huyy! Lo ha había olvidado. El rompecabezas igual no quedó muy prolijo. Es como si algunas fichas no tuvieran la forma exacta de su hueco y se hubieran acomodado algo forzadas.

Salgo de la habitación, el vaso de agua quedó olvidado en algún lugar. ¿Alcancé a tomarla? No importa, ya no tengo sed. Camino despacio, casi sin darme cuenta estoy de nuevo en mi dormitorio.

Amelia duerme dándome la espalda como si nada hubiera ocurrido. Cuando me meto en la cama se vuelve hacia mí pero sigue durmiendo sin reparar en lo que acabo de pasar.

El sábado tenemos que volver al médico. La última vez habló de hacernos algunos análisis. Determinar grado de avance o algo así. De rutina dijo, no me acuerdo bien. De todas formas ahora hay medicamentos para tratar estos desórdenes. Es posible retardar bastante los efectos. El problema dijo, es que pareciera ser que ambos tenemos lo mismo. No es frecuente pero se da. Pienso, o trato de pensar, a veces consigo que algunas fichas tengan la forma que tienen que tener, pero cuando miro el conjunto me parece que cada vez son más las que parecen diferentes. Amelia está con los ojos abierto pero no sé si me está mirando. ¿Desde cuando está así?

-¿Juan? –me dice con la misma voz grave que tanto me atraía hace ya mucho tiempo, cuando teníamos la edad de Silvina. –Me parece que dejé la puerta abierta. Fue hace un rato cuando me levanté para correr las macetas de la entrada. Había tanto viento que tenía miedo que se volcaran antes de la tormenta y al volver para aquí tuve que cerrar la persiana de la pieza de Silvina que había quedado abierta de esta mañana cuando abrí para ventilar un poco.

Otra ficha que se acomoda, sin embargo presiento que en algún lugar varias se desacomodaron.

-¿Juan? –Insiste Amelia. -Vamos a tener que hacer algo con la pieza de Silvina. Desde que se casó con Daniel y se fueron a vivir a España, la casa nos está quedando algo grande. Mejor sería prepararla para cuando vuelvan de vacaciones con los chicos. Les va a quedar un poco justa pero por pocos días se van a arreglar…

Sin decirle que ya la cerré para no preocuparla más de lo necesario, camino descalzo hasta la puerta de calle. En el pasillo, sobre la repisa que está debajo del espejo hay un vaso de agua a medio tomar.  ¿Quién lo habrá dejado ahí?