Entrevista Laboral

 

Miguel Ángel Mantecón
 miguelangelmantecon@yahoo.com.ar

 

Apellido y Nombre: Gervasi, Ana Laura

Fecha de nacimiento: 24-8-69

Estado civil: Viuda    Hijos: 2 (12 y 10 años)

Antecedentes Laborales ……

 

Treinta y ocho, pensó el hombre mientras levantaba la vista mordiendo la patilla de sus anteojos. Bajó la vista para volver a concentrarse en el currículum vitae que tenía en sus manos pero no pudo avanzar ni siquiera un par de líneas. La mujer, sentada en un mullido sillón de cuero ubicado contra la pared frente a su escritorio acababa de cruzarse de piernas por tercera vez y él instintivamente había vuelto a levantar la vista.

Un esbozo de sonrisa, apenas una contracción de la comisura de los labios se dibujó en le rostro tenso de la mujer. Su mano derecha jugueteaba con el tercer botón de su tapado negro mientras la izquierda reposaba sobre una cartera también negra pero algo gastada.

El hombre volvió a los papeles para tratar de leer la lista bastante amplia de los antecedentes laborales de Ana Laura.

El movimiento de aquellas manos blancas y delgadas acomodándose el cabello oscuro con reflejos dorados que se metían dentro de la polera también negra lo volvió a desconcentrar.

Para disimular su nerviosismo, ella posó su mirada en el cuadro que colgaba en la pared lateral.

Luego de observar detenidamente su perfil, donde resaltaban las pecas de sus pómulos, el hombre volvió una vez más a los papeles, ahora sólo por compromiso.

En su condición de Gerente de Recursos Humanos, tenía varias veces a la semana entrevistas de este tipo pero esta vez era distinto. Esta vez debía seleccionar a su propia secretaria para reemplazar a la que, luego de trabajar seis meses renunció de la noche a la mañana sin dar mayores explicaciones.

Sentía que la presión del momento esta vez pasaba por él en lugar de afectar a la entrevistada.

Escuchó que Ana Laura carraspeaba casi sin darse cuenta al mismo tiempo que, creyendo que él no la miraba, con disimulo espiaba su pequeño y femenino reloj de pulsera.

“Está muy bien” pensó el hombre y sus ojos que ya habían abandonado el tercer intento de llegar hasta el final de los papeles, se posaron nuevamente sobre el estado civil de la mujer.

Sabía muy bien que una entrevista laboral pone nerviosa a cualquier mujer en la situación de ella, por lo que, con deliberada intención se tomaba sus tiempos mientras la evaluaba y observaba sus reacciones, después de todo iba a ser su nueva secretaria.

Había tomado su decisión, y le ahorraría el test psicotécnico. Seguramente presentaría objeciones referentes a la estabilidad emocional relacionada con el hecho de ser una mujer viuda, joven y con hijos que mantener.

Era discriminatorio, pero la empresa tenía normas bastantes severas para la contratación de personal, que además él había contribuido a redactar y una observación de este tipo le haría imposible aprobar su ingreso.

Como no estaba dispuesto a permitir eso –le gustaba demasiado esa mujer-, haría uso de sus prerrogativas como miembro del Comité de Dirección y recomendaría como excepción su incorporación tan pronto como estuviera listo el examen de aptitud física que, por lo que se podía apreciar, aprobaría sin dificultad.

La tensión había desaparecido y había sido reemplazada por algo de ansiedad. Volvió a colocar los papeles dentro del sobre y la mejor sonrisa de relacionista público volvió a su rostro.

***

Ana Laura cruzó sus piernas por tercera vez y por tercera vez confirmó que el recurso no había fallado. Por tercera vez el hombre había levantado la vista apartando sus ojos del currículum vitae para mirarla.

Además, se había sentado en el sillón ubicado frente al escritorio, aún cuando él con gesto amable le había señalado uno del costado cuando la hizo entrar a la gran oficina.

Contrajo levemente su labios, en una enigmática sonrisa de Monalisa mientras su mano derecha trataba de tapar el tercer botón del tapado negro prestado por su hermana y que estaba a punto de perderlo apenas sostenido por un par de hilos.

“Por suerte tenemos el mismo talle”, pensó. “Hasta que no consiga un trabajo no podré comprarme uno y ya empieza a hacer frío”.

Con un estudiado movimiento practicado varias veces frente al espejo, lo había comprobado esa misma semana en otras entrevistas, acomodarse el cabello recién teñido por ella, provocaba que automáticamente los hombres la miraran.

Dentro de la cartera que sostenía con su mano izquierda, reposaba un pequeño trozo de papel con el nombre de Luis Perlonger – Gerente de Recursos Humanos, domicilio y hora de la entrevista.

Aunque nunca los había probado, los recursos que su hermana le había enseñado parecían dar resultado y con un poco de suerte, el hombre no prestaría demasiada atención a los antecedentes laborales, casi todos inventados, pero autorizados para incluirlos en el currículum por el grupo de amistades que le había quedado luego de separarse de su marido.

Después de todo, viuda o separada para ella era lo mismo, lo único que le había quedado eran sus hijos que tenían que comer, ir al colegio y además necesitaban una obra social, porque el imbécil no le pasaba un peso.

Mientras observaba el cuadro sobre la pared lateral, ofreciendo su mejor perfil tal como su hermana le había aconsejado, se dio cuenta de que si el hombre no se apuraba llegaría tarde al colegio de los chicos donde tenía una entrevista con la psicopedagoga, desde que ambos habían empezado a tener problemas de conducta luego de la separación. Impaciente miró la hora en su pequeño reloj de pulsera, único regalo que conservaba de su marido, no porque le gustara sino por ser el único que tenía.

Vió como Luis Perlonger guardaba los papeles en el sobre y le preguntaba sonriendo con falsedad cuando estaba en condiciones de empezar a trabajar.

Una nueva preocupación ganó su cerebro, ahora debía comenzar a pensar como hacer que el baboso de su nuevo jefe, no le metiera los cuernos a su mujer. Con ella por lo menos.