Manchas

Ariel Herrera
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“Finalmente desaparecerán”, dijo Ale con la mirada fija en el espejo que le devolvía  las manchas de su rostro, las mismas que le habían preocupado desde hacía dos semanas.  No sabía bien cómo aparecieron, era como si un día al afeitarse habían comenzado a brotar. Solo una irritación, ya es hora de cambiar la afeitadora; luego de un par de días, alguna alergia, “¿qué será lo que comí?” A los seis días había abandonado la crema suavizante para después de afeitarse y suspendido el shampoo porque era demasiado fuerte.

Era raro, no sentía picazón, no le ardía, no sentía la cara acalorada ni le dolía. Simplemente, las manchas rojas parecían ocupar de a poco toda la mejilla derecha y mitad de la izquierda. Era hora de los remedios caseros.

Probó ponerse aloe, té común y de manzanilla, probó leche y hasta vinagre. Todo estaba igual o mejor dicho, al contrario, en la frente pudo apreciar las primeras pinceladas rojizas. Una tía de Córdoba, que de vez en cuando llamaba a su joven sobrino, le pasó un par de recetas por teléfono: “Ale tenés que agarrar berro y pisarlo bien, bien, y te pones el jugo varias veces al día y además, cortá tres cebollas en rodajas y las dejás macerar en un litro de vinagre por 15 días, después te lo pones con un algodoncito cuando te vas a la cama y vas a ver querido como se te pasa.” “¿Quince días había dicho? Está loca esta vieja, aparte con el olor que voy a tener no voy a poder salir a la calle.” “Bueno, el lunes voy al médico” se dijo ya que todo aquello comenzaba a ser una molestia, no porque sintiera algo en especial en su piel, sino que había empezado  a darle vergüenza aparecer así ante la gente.

  

El lunes no fue al médico, ni siquiera pidió turno, picó las cebollas, las puso en un frasco con vinagre y guardó el preparado, “total, no viene mal probar, seguro que de aquí a unos días ya estoy bien pero… por las dudas.” Ese mismo día, cuando miró de reojo a su jefe lo sorprendió mirándole la cara con el seño fruncido en dos o tres oportunidades… “Seguro que me dice algo, lo más probable es que me mande a medicina laboral.” Aunque al término de la jornada el jefe no le había dicho nada, lo notó más distante que de costumbre y aparte: ¿le había parecido que se había reunido con otros empleados y que lo miraban desde la otra punta del salón?  “¿Y estos qué se piensan, que les voy a pegar una enfermedad o es que se están riendo?”

El martes ni pensó en afeitarse, en realidad lo estaba haciendo cada 3  o 4 días solo para que no dijeran que se había abandonado o que pensaran que era un “sucio” además temía lastimarse esos vértices, esas como esquinas extrañas que antes no tenía. “Después de todo, que piensen lo que quieran, ¿por qué no se miran ellos?”  Últimamente lo que más le costaba era el momento de ir a peinarse frente al espejo y trataba de hacerlo dirigiendo la vista solo al cabello, sin mirar directamente a su cara, aunque así y todo, le parecía que sus manchas se habían agrupado de modo que ya no eran zonas aisladas, sino toda una masa roja.

Nuevamente las miradas. Al subir al colectivo sintió que todos se hacían a un lado cuando pasaba, esa mujer ¿no le había comentado algo en secreto al gordo de al lado?  ¿Se estaban riendo de su aspecto? Comenzaba a invadirlo un sentimiento mezcla de rabia e indignación y lo hizo evidente con un gesto de su boca. Al bajarse dijo de modo que lo escucharan “¡Imbéciles!” mirando fijamente a todos esos que ahora hacían como que no lo habían visto.

Unos días más y las cosas empeoraban. Se puso un poco del líquido hecho con cebollas y vinagre, no parecía mejorar nada, “¿será que tengo que esperar 15 días más?” La noche anterior no había cenado y no recordaba bien pero creía que al mediodía tampoco había probado bocado. Ya no se afeitaba y solamente se daba una ducha matutina de vez en cuando y  enjabonándose solo algunas partes del cuerpo con un pan de jabón blanco de lavar ropa. Para evitar el espejo dejó de peinarse y se alisaba un poco el cabello con las manos. Había decidido hacer caminando las casi cuarenta cuadras hasta su trabajo y evitar los gestos de burla de la gente, aunque para esto debía levantarse tres y media o cuatro horas antes de lo normal.

  

En el trabajo no hablaba con nadie, a la hora del descanso se quedaba en un rincón del pasillo atento a que se acercara alguien, y si eso sucedía subía las escaleras hacia otro piso como si estuviera ocupado en algo. Cuando necesitaba ir al baño con sus “ridículos”, enormes e iluminados espejos lo hacía de espaldas a ellos. “No se por qué el jefe no me ha mandado a hacerme ver, ¿le importa tan poco la salud de sus empleados? Y encima yo, que siempre le he cumplido, que siempre le he hablado con respeto, que no he llegado tarde ni una vez desde que entré hace un año y medio, flaco engreído, con su corbatita a la moda y su colonia cara, hasta me había parecido que antes me miraba dulcemente, ¿dulcemente? ¡Lo odio!, se ve que ahora ha agarrado a otro para que le haga los trámites” Y a medida que pensaba, algo le atenazaba la garganta.

Otra semana más y se había acostumbrado a su nueva rutina, apenas dormir, pasar por el baño de su casa, solamente mojarse el cabello pero ya sin el espejo que lo tentara a mirarse porque hacía días que lo había envuelto en papeles y tirado a la basura; comer unas galletitas blandas, que no sabía cuánto tiempo habían estado en la alacena, caminar hasta el trabajo, la vista gacha por no toparse con las vidrieras, no hablar, contestar con un parco “si” o “no” si alguien le preguntaba algo. “Si ahora voy al médico por mi cuenta, quien sabe qué me va a decir, seguro que me va a retar por no haber ido antes.”

Hasta que un jueves el jefe llamó a su interno. “Alejandro, veme en mi oficina cuando te desocupes.” No le contestó, azotó el teléfono, se puso en pié y de varios trancos entró al despacho sintiendo que podía matar a cualquiera con la mirada.

“Alejandro, toma asiento, mirá, me he dado cuenta que a vos  te está pasando algo y quisiera que me cuentes si te puedo ayudar, no quiero que lo tomes como que me estoy inmiscuyendo en tu vida privada pero…”

Escuchó el palabrerío del jefe como en medio del tránsito, su voz prácticamente inaudible como si estuviera al lado de una máquina que rechinara, soplara y rugiera. Frases inconexas, sin sentido, solo esperaba que se callara para decirle de una vez todo lo que pensaba acerca de la discriminación a la que lo había condenado, lo poco valorado que se sentía, lo injusto que era ese pedante enfundado en su traje… Solo alcanzó a escuchar “… muy enflaquecido, ¿Te estás alimentando bien…? decaído tu productividad… ir al médico… cuidarte…”

Mientras estaba en la sala de espera pensaba, maldecía, se preparaba para la sorpresa que se llevaría el médico laboral cuando viera su máscara roja, y él mismo se iba a reír a carcajadas, ya podía sentir su propia risa burlona en la cara del doctor, suponía que lo iba a mandar internar, aislado, como un fenómeno, se preguntaba si las enfermeras iban a vestir esos trajes a prueba de enfermedades infecciosas… “¿Me voy a curar alguna vez o voy a pasar el resto de mi vida sometido a experimentos?”

El médico lo revisó, lo pesó, lo midió, le tomó el pulso y la presión, escribió en recetas y le dijo que le daba vitaminas, varios días de reposo y que lo vería la semana próxima. “¿Y mi cara?” le gritó con toda la furia, “¿No piensa decirme qué cuernos tengo en la cara? ¿Usted se cree que siempre fui así, un monstruo? ¿Un amasijo rojo en la piel? ¿Qué hago con las manchas?” Ale se había parado y golpeaba con el puño sobre el escritorio, los ojos desorbitados y llorosos.

“Cálmese amigo” le dijo el doctor, “tranquilícese, ¿de qué manchas me habla? Yo no le veo ninguna mancha… hágase esos  análisis y tómese estas pastillas y pida un turno para esta persona, es amigo mío y un excelente profesional que le aseguro lo va a ayudar mucho…” y le extendió un papelito donde aparecía un número telefónico, un nombre ilegible y más abajo un poco más claro: “Médico psiquiatra”

  

Mientras caminaba, no sabía cuantas cuadras, todavía sentía el estruendo de la puerta del consultorio luego de haberla cerrado con todas sus fuerzas. La noche iba cayendo mientras sus pasos lo alejaban cada vez más,  sin rumbo, ocultando su roja y triangular máscara ante cualquiera que pasara, ocultando sus manchas, que sabía ahora, estaban tomando un horrible tono verdoso.