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Psicologia y Deportes

La Psicología gana partidos

La Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Córdoba lanza su octava ficha divulgativa centrada en el mundo del fútbol.

CORDÓPOLIS

Cada vez es más común la incorporación de personas expertas en el cuerpo técnico de los equipos. La psicología tiene como objetivo describir, explicar, prevenir y modificar la conducta humana en todos los ámbitos, incluido el deporte. Entrenadores y psicólogos trabajan conjuntamente para coordinar y obtener el máximo beneficio de la práctica deportiva, trabajando los factores tácticos, técnicos y físicos, además de los psicológicos y emocionales.

La psicología procura conocer bien a cada jugador, saber cuáles son los factores que influyen en su rendimiento para potenciar la motivación, controlar el nivel de estrés y fortalecer su autoconfianza y conseguir una buena cohesión en el equipo. Las habilidades psicológicas se comienzan a practicar desde el inicio de temporada. Así el trabajo resulta más efectivo ya que las técnicas aprendidas pueden irse adaptando a los jugadores, al entrenamiento y a la competición durante más tiempo.

La actuación del psicólogo no ocurre sólo antes del partido, sino también en el post-partido. Es fundamental realizar una evaluación del desempeño individual y colectivo y a partir de ella establecer nuevos objetivos de trabajo.

La infografía adjunta es la octava entrega del estudio de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Córdoba. El proyecto está incluido en el IV Plan Anual de Divulgación Científica de la Universidad cordobesa y cuenta con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

psicologia del deporte

Alzheimer

 

Alzheimer: ¿Cuándo llega el momento en que los cuidadores deben pedir ayuda?

Prof. Dr. Fernando E. TARAGANO

Email: ftaragano@cemic.edu.ar

La Enfermedad de Alzheimer (EA) es la forma más común de demencia y constituye un trastorno que afecta gravemente las funciones cognitivas e intelectuales del paciente atentando contra su memoria, pensamiento y conducta hasta quitarle la independencia para vivir. En Argentina, hay 450 mil personas afectadas por este trastorno y se estima que el 70% de estos enfermos son cuidados por algún familiar.

Diferentes estudios realizados en nuestro país demuestran que los cuidadores forman parte de la población en riesgo de contraer la enfermedad y, además, que la sobrecarga y estrés que ocasiona su tarea constituye un factor de riesgo para enfermar. Si bien los síntomas clásicos de la EA involucran los dominios cognitivos, como amnesia y anomias, también se presenta frecuentemente y en cualquier momento de la enfermedad, una amplia gama de trastornos neuropsiquiátricos. Que estos síntomas sean frecuentes e incluso muchas veces dominen el cuadro clínico, no debería sorprender ya que la EA es una enfermedad que afecta al cerebro en múltiples aspectos.

Los síntomas psiquiátricos abarcan un amplio rango que va desde la apatía y la depresión, hasta la agitación psicomotriz, delirios y alucinaciones. Ya en la clásica descripción de Alois Alzheimer de su paciente Auguste D, se incluía a los síntomas conductuales como parte del cuadro clínico, relatando que “…la paciente comenzó con delirios celotípicos, paranoia y finalizó con sentimientos que alguien quería matarla y gritaba ruidosamente…”

 

Hay muchas razones por las cuáles estos síntomas son importantes en la evolución de la EA, algunas de ellas son:

  • Aumentan la morbimortalidad porque tienen gran repercusión funcional.
  • Impactan muy negativamente en la calidad de vida del cuidador.
  • Impactan negativamente en la calidad de vida del entorno familiar.
  • Determinan un aumento en la institucionalización.
  • Frecuentemente obliga al uso de medicación psicofarmacológica.

Las preguntas que a menudo me hacen los familiares de los pacientes son: `¿Es cierto que el paciente puede tener problemas psiquiátricos además del problema de la memoria?”¿Tienen tratamiento?’, `¿Cuándo ha llegado el momento indicado para pedir ayuda institucional?’, `¿Cómo hacerlo y en dónde?’ En general, lo que más afecta y sobrecarga al cuidador es la presencia y severidad de los trastornos conductuales. Las alucinaciones, los delirios, la agresividad, la desinhibición y el vagabundeo nocturno son síntomas muy disruptivos.

Ver al ser amado con un problema psiquiátrico es lo que desequilibra a la familia y sobrecarga al cuidador, que en la mayoría de los casos es un familiar directo. En cambio, el problema de la memoria (u otros cognitivos) genera pena, tristeza pero se sobrelleva mejor que el problema de la conducta (u otros psiquiátricos) En estas circunstancias es importante brindar a los familiares información sobre las fases de progreso del mal ya que reconocer la evolución probable de cada paciente permite pronosticar su deterioro y disminuir angustias. Si una familia brinda cuidado y amor al paciente, casi siempre les aconsejo “Pidan ayuda cuando sientan que el estrés ocasionado por la tarea empieza a dañar su salud fisica y/o psicológica, no son culpables de la enfermedad y menos aún de los síntomas neuropsiquiátricos”.

 

En la actualidad las familias pueden contar con la asistencia y contención de los grupos de apoyo que brindan distintas asociaciones civiles que luchan contra este mal, o bien acudir a centros de cuidado diurno y a hogares geriátricos. Grupos de apoyo. Los grupos de apoyo que brindan asociaciones civiles constituyen un espacio de diálogo, contención e intercambio de experiencias para familiares y cuidadores, especialmente útiles para

Hogares geriátricos.

La presencia y severidad de trastornos conductuales en especial alucinaciones, delirios, agresividad, desinhibición y vagabundeo nocturno impacta anímicamente mal a la familia y sobrecarga al cuidador. Dicha sobrecarga es tanto peor cuanto más intenso es el vínculo que los une. En las últimas etapas de la enfermedad, la fragilidad y el alto riesgo que presentan los pacientes hacen recomendable su internación en una institución aproximadamente al 20% de los pacientes. Cuando se analiza las características de dichos pacientes, se observa que los síntomas psiquiátricos son muy destacados. Por ello es que, el programa de asistencia médica, la seguridad edilicia, la asistencia de enfermería geriátrica, y la estimulación fisico — cognitiva son aspectos prioritarios en las instituciones.

 

 

La Psicología y el Dolor Crónico

 

Psicología en el Tratamiento del Dolor Crónico

La figura del psicólogo es necesaria en las unidades del dolor multidisciplinares

Enrique G. Jordá

Bajo el título “Nuevas Aportaciones de la Psicología en el Tratamiento del Dolor Crónico”, se celebró la pasada semana en el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid la I Jornada del Grupo de Trabajo de la Sociedad Española del Dolor (GTSED) de Psicología y Dolor. Una jornada en la que diferentes especialistas en el ámbito de la Psicología han explicado aspectos relacionados con el dolor.

Las ponencias expusieron temas como la experiencia bio-psico-social del dolor; la terapia cognitiva-conductual en el tratamiento del paciente con dolor crónico; la complejidad de las evaluaciones del dolor; el tratamiento psicológico del dolor crónico infantil; las nuevas tecnologías y el tratamiento psicológico del dolor, y la terapia constructivista para los síntomas depresivos del paciente con dolor. Además, se presentaron tres casos clínicos, así como los resultados, en una mesa redonda, de la encuesta de la SED sobre el perfil del psicólogo que trabaja en dolor.

Le preguntamos al Dr. Antoni Castel, psicólogo de la Unidad de Dolor del Hospital Universitario de Tarragona Joan XXIII y coordinador del Grupo de Psicología y Dolor de la SED, por la importancia de esta jornada:

 

A finales de 2013, desde la junta de la SED se propuso la creación de un grupo de psicología y dolor que estuviese formado por psicólogos. La SED es una sociedad multidisciplinar que lleva muchos años trabajando en todos los ámbitos del mundo del dolor y con el grupo de trabajo de Psicología y Dolor, la SED quiere mandar un mensaje y sensibilizar a la población y a las autoridades sobre la falta de recursos dedicados a tratar los aspectos psicológicos del dolor mediante un abordaje profesional, en el contexto de un tratamiento multidisciplinar. Es por lo que resulta muy importante la realización de esta I Jornada del GTSED de Psicología y Dolor. Jornada que nos va a permitir crear un grupo específico de profesionales y en la que queremos que se visualice, de alguna manera, el rol profesional del psicólogo en las unidades del dolor.

¿Cuál es la importancia de los psicólogos en las unidades del dolor?

A lo largo de los últimos años, en el GTSED de Psicología y Dolor, hemos intentado conocer cuál es la situación de los psicólogos que trabajamos el dolor en España. En este 2017 el grupo ha liderado una encuesta realizada a los psicólogos de las unidades de dolor española bajo el título “El papel de la psicología en las unidades de tratamiento del dolor: acerca de la actividad asistencial, docente e investigadora”. Igualmente, hemos publicado un monográfico sobre psicología y dolor en la Revista de la SED. Los resultados de la encuesta nos indican que el panorama es un poco desolador en algunos ámbitos. Aunque la figura del psicólogo es necesaria en las Unidades del Dolor multidisciplinares, la realidad no lo confirma. En nuestra encuesta y con todas las limitaciones de la muestra, de las 187 unidades de dolor que hay en España, únicamente en el 51% de las mismas, dentro de los niveles 3 y 4, hay psicólogo. Es más de la mitad y eso está bien. Pero, también, hemos mirado en detalle y, por ejemplo, en las horas de dedicación de cada psicólogo en la Unidad de Dolor, tenemos una media de 23 horas semanales, lo que determina que muchos están muy pocas horas. Al igual que dentro de las condiciones muchos psicólogos están como becarios vinculados a proyectos de investigación.

¿Cuál es su opinión sobre la intervención psicológica en los temas del dolor en España?

 

Cuando hablamos de dolor crónico, nos centramos en el aspecto físico. La realidad no es evidentemente así, ya que los elementos emocionales, los elementos interpretativos y cognitivos juegan un papel muy importante. Yo puedo tener una lesión o un problema de dolor determinado, pero después ese dolor en función de cómo puedo afrontarlo y manejarlo, ese dolor me va a interferir mucho más en mi funcionalidad, en mi estado de ánimo y también va a aumentar en sí mismo por los mecanismos de modulación del dolor. Entonces es cuando realmente el papel del psicólogo en las unidades del dolor es de suma importancia.

Lo que ocurre es que todo lo que es la intervención psicológica en nuestro país es algo muy precario todavía. En muchos centros de áreas básicas de salud o centros de Atención Primaria carecen de la figura del psicólogo y las unidades del dolor, también son el reflejo de esa realidad española. Hay que tener en cuenta que el 92-93% de los responsables de las unidades del dolor consideran que el psicólogo es una figura esencial. Una iniciativa como esta, al igual que el intento de que los psicólogos también se adhieran a la SED, busca que la figura del psicólogo tenga más peso y tengamos una masa crítica mayor y que, a partir de ahí, podamos aumentar la presencia del psicólogo en las unidades del dolor. La figura del psicólogo en una unidad del dolor tiene que ser una figura estable que desarrolle un trabajo en condiciones de continuidad. Este es el hándicap que tenemos.

 

 

Psiquiatras y Psicólogos enfrentados por Ley de Salud Mental

 

Una posible reforma a la Ley de Salud Mental enfrenta a psicólogos y psiquiatras

La iniciativa, que cuenta con el apoyo de la Asociación Argentina de Psiquiatras, impediría que los psicologos sean ya jefes de servicios

 | Publicado en Edición Impresa El Día

Luego de que el viernes pasado el gobierno nacional diera a conocer un proyecto de reforma del decreto que reglamenta la Ley de Salud Mental, las diferencias profesionales que a veces emergen entre psicólogos y psiquiatras quedaron a flor de piel.

 

decreto MacriImpulsada por la Dirección Nacional de Salud Mental y redactada a espaldas de las organizaciones que originalmente trabajaron para que en 2010 se aprobara la Ley, la iniciativa de reforma por decreto -que está a la firma del presidente Mauricio Macri- desató fuertes cuestionamientos por parte de psicólogos, gremios y organizaciones sociales que la ven como un retroceso en distintos aspectos.

Como denunciaron ayer durante una movilización convocada por el Colegio de Psicólogos de La Plata en el centro de la ciudad, el proyecto de reforma “busca reinstalar el modelo médico hegemónico, dejando en segundo plano no sólo a los pacientes como sujetos de derechos sino también o otras disciplinas de gran importancia para la rehabilitación. Entre ellas, la terapia ocupacional, la musicoterapia, el arte, la enfermería, la psicología, los acompañamientos terapéuticos y el trabajo social”.

“El decreto reglamentario que se busca imponer restituye al manicomio como el centro del tratamiento para los padecimientos mentales, lo que va en contra del espíritu de la Ley sancionada en 2010, la que constituyó un gran avance al reconocer a los pacientes como sujetos de derechos”, explicó la vicepresidente del Colegio de Psicólogos del distrito, María Soledad Colombo, durante una movilización que reunió ayer al mediodía a más de un centenar de personas en la esquina de 7 y 50.

 

Aunque negó que el conflicto sea “una pelea entre psicólogos y psiquiatras” ya que “de hecho psiquiatras que participaron de la movilización”, Colombo reconoció que “los médicos siempre tienen un lugar central en el discurso de la instituciones y lo cierto es que hoy la ley habilita a que otros profesionales -no sólo psicólogos sino también trabajadores sociales- puedan estar al frente de un servicio de Salud Mental”.

“Esta reforma no sólo atenta contra el espíritu de una ley hecha hace siete años a partir del consenso de un sinfín de especialistas y organizaciones, sino que además atrasa cuarenta años en materia de salud mental. En lugar de reconocer al paciente como sujeto de derechos, volvería a instalar el criterio biologicista y a poner las prácticas de encierro en un lugar central”, señaló por su parte María José Castesana, secretaria de Acción Social de ATE Provincia, una de las organizaciones que se sumaron a la movilización de ayer.

A FAVOR DE LA REFORMA

 

Del otro lado del mostrador, las autoridades de la Asociación Argentina de Psiquiatras hicieron pública una carta enviada al jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña, donde le trasmiten su “conformidad con el Proyecto de Reglamentación de la Ley 26657 que se encuentra a la firma del señor presidente de la Nación” y consideran que la reforma “ será beneficiosa para los pacientes, sus familias y el equipo interdisciplinario”.

Una posición similar adoptó la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA). La entidad difundió una declaración en la que reafirma su “irrenunciable defensa de los derechos humanos, en general, y de aquellas personas que padecen dolencias en la esfera mental en particular”, así como su “firme convicción acerca de la necesidad del trabajo multidisciplinario de las distintas profesiones, de acuerdo con sus competencias e incumbencias, para poder llegar a un diagnóstico y terapéutica más efectivos”.

“A partir de ello, sostenemos que la nueva Reglamentación de la Ley de Salud Mental (a la cual históricamente hemos criticado en algunos aspectos pero siempre hemos rescatado en términos globales y respetado en tanto normativa nacional) como todo instrumento legal es perfectible en el futuro y, por lo tanto, lo entendemos como una etapa propia de los tiempos actuales”, señala el texto de la Asociación de Psiquiatras Argentinos.

En ese sentido “la propuesta de Reglamentación de la Ley 26.657 es un avance que mejora aspectos de la ley, al dar precisiones indispensables que faltaban en el anterior instrumento; atiende al principio de congruencia normativa con otras leyes que regulan aspectos que atañen al campo de la Salud Mental”, agregan los directivos de la entidad en su declaración.

 

¿Cómo funciona la Hipnosis Clínica?

  

¿Cómo funciona la hipnosis clínica?

Artículo de la Escuela Superior de Hipnosis Clínica

Podemos considerar la hipnosis clínica como una poderosa herramienta clínica de cambio comportamental.

Los trastornos comportamentales comienzan a formar su sentido de identidad personal a una edad muy temprana. Todo ataque negativo que recibimos se va almacenando en nuestro subconsciente, siendo la percepción de uno mismo la suma de todo el material guardado en el depósito subconsciente.

Con estas técnicas podemos borrar antiguas calificaciones negativas que han distorsionado la percepción de nosostros mismos y las circuns- tancias de nuestro entorno (distorsión cognitiva), aprendendiendo así a comprender nuestros errores.

Hay tres motivos que hacen de la hipnosis clínica un excelente instrumento de re-estructuración de la conducta:

-Desasocia condicionamientos operantes mientras estamos en un estado altamente sugestionable.
-Permite estructurar nuevas asociaciones.
-Facilita la creación de nuevos condicionamientos comportamentales.

  

En definitiva, la hipnosis clínica refuerza o complementa clásicos modelos de terapia (coginitivo-conductuales) para un re-estructuración comportamental más rápida y eficaz.

¿Qué es la hipnosis clínica?.

La hipnosis clínica es un estado de focalización de la atención del paciente. Hay un gran número de ideas negativas predefinidas sobre estas técnicas, pero en realidad lo que podemos esperar durante una sesión de hipnosis clínica es:

Una inhibición de la actividad muscular y motora (relajación muscular).
Un semi-estado cataléptico muscular, semi-catatónico con disminución de la ritmia cardiaca y la ventilación. (relajación sistemática).
Una mayor predisposición a instalar estructuraciones terapéuticas. (sugestionabilidad).
Una profunda sensación de relajación fisiológica, mientras sensorialmente permanecemos no solo alerta sino incluso sobre-estimulados, sin pérdida alguna de la consciencia. (focalización).
Una pérdida de la percepción espacio temporal.(estupor).
Una insensibilidad localizada. (únicamente en la hipnosis anestésica).

Elementos de terapia en hipnosis clínica.

Una sesión de hipnosis clínica, sigue una serie de pasos a la hora de aplicarse. Son, de forma muy resumida, los siguientes:

  

-Preparación para la relajación.
-Relajación sistemática físiológica.
-Profundización en la focalización. (PIEAF: protocolo de inducción al estado de atención focalizada).
-Desarme de los condicionamientos patológicos y comprensión de nuestros errores (del yo) (terapia cognitiva).
-Inducción al abandono de nuestra conducta patológica.(terapia conductual modelo Bandura).
-Premios y sustracciones de elementos negativos (refuerzos positivo y negativo).
-Castigos de las severas pérdidas del control comportamental (aversiones).
-Visualizaciones de modelado (refuerzo conductual modelo Bandura).
-Insensibilización de aquellos elementos que nos producen miedo o pánico (desensibilización sistemática).
-Entrada en el sitio especial de cada uno.(elementos clínicos para el control de los episodios de ansiedad).
-Vuelta a la consciencia vigilica y finalización de la sesión.

Revisemos los elementos clínicos de la terapia en hipnosis clínica.

Pongamos como ejemplo, una crítica hiperactiva a uno mismo, de la que subyace un depósito de auto inculpación, que llega a producir un constante miedo a que le vean en algún fallo que haga presuponer la existencia de ese miedo irracional. Esta situación amplifica los trastornos le- ves y los convirte en devastadores.

Los tres principales medios que tiene el paciente para protegerse de este miedo son:

-La fuga, con su evitación y aislamiento emocional.
-El ataque a los demás, dirigiendo la rabia hacia otro.
-El ataque a sí mismo, dirigiendo la rabia hacia uno mismo.

Inicialmente esta defensa psicológica puede ayudar a controlar parte de los niveles más profundos de la ansiedad, pero uno se puede volver adicto a estas defensas, sin llegar jamás a controlar el trastorno.

  

Dentro de las tres defensas psicológicas, nombradas anteriormente, el ataque a uno mismo es la que castiga mas la auto-estima, ya que se trata de un ejercicio de negación de sí mismos. Primero niega la posibilidad del error insistiendo en que es deseable llegar a la perfección. Después niega la realidad pensando que puede hacerse daño a uno mismo y producir más bien que mal.

Hay una forma de resolver esta actitud y es re-estructurar los conceptos, que normalmente se basan en la creencia que una cosa es de forma intrínseca buena o mala y la actuación comportamental que se condiciona de este concepto.

Habiendo muchas cosas que nos producen miedo e inseguridad, y que resulta reconfortante tildarlas de malas y rehusarlas. En realidad lo que estamos haciendo es distanciarnos y protegernos nosotros mismos.

Afrontamiento del dolor (duelo) en hipnosis clínica.

El afrontamiento del dolor (duelo) son unas técnicas basadas en conocer nuestro dolor (emocional) y como afrontarlo. Sus encuentros con él resultaran menos abrumadores. El dolor tiene una naturaleza ondeante, aumenta y disminuye (angustia, ansiedad) hasta desaparecer de forma repetida, escapando absolutamente a nuestro control.

Las técnicas más habituales de inhibir los episodios de ansiedad son:

Visualizar y sentir el dolor (ansiedad) y ver como se aleja progresivamente (exposición y desensibilización sistemática).
Asociar el dolor emocional (ansiedad) a un estímulo calmante de acción inmediata. (técnicas de inhibición recíproca generalmente asocia- das a la salivación).
Respirar profundamente y relajarse asociadolo a una sensación de bienestar. (respiración diafragmática).
Re-estructurar cognitivamente el elemento estresor.
Visualizarse a uno mismo habiendo superado este dolor. (emocional) (refuerzo positivo).

El lenguaje de la auto-estima en hipnosis clínica.
  

En cada una de las estructuraciones que realizamos al paciente, tenemos que proporcionarle una retro-alimentación revestida con el len- guaje de auto-estima.

Es el lenguaje de la visualización (psico-imágenes) con la superación del elemento condicionante o estresor.
Es el lenguaje de la compresión de nuestras circunstancias sin distorsiones. (re-estructuración cognitiva).
Es el lenguaje que valida la experiencia de superación, apreciando sus esfuerzos que culminan con la obtención del objetivo deseado. (refuerzo positivo).
Tenemos que describir la conducta a asumir para superar los elementos estresores y alcanzar el objetivo deseado (terapia conductual).
Tenemos que tener una razón (cognitiva) para hacer este cambio de conducta.

  

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Del Apego al Deseo de Intimidad

  

Las angustias del desencuentro

Dr. Hugo Bleichmar

bleichmar@aperturas.org

Este artículo fue publicado en la Revista Aperturas Psicoanalíticas nº2 el 05/07/1999.

Agradecemos al autor el permiso de publicación.

 

Resumen: se examinan las motivaciones que impulsan las conductas de apego desde la perspectiva del enfoque “modular-transformacional”, tratando de delimitar psicoanalíticamente los diferentes tipos de objetos del apego. Se establece la especificidad del deseo de intimidad, las modalidades bajo las cuales se trata de cumplirlo, el tipo de sufrimiento generado cuando no se lo logra -claramente diferenciables de las angustias de la ruptura del apego-, así como estructuraciones de la personalidad como defensas ante la intimidad Se estudia una forma de la patología de la intimidad, el masoquismo del dolor compartido, forma de alcanzar el sentimiento de comunión intersubjetiva.

Se reconceptualiza  la afectividad dentro de un modelo que toma en cuenta lo intrapsíquico y lo intersubjetivo, delimitándose tres dimensiones: la expresiva, la comunicacional- inductora y una tercera, en la que el sujeto se autoimpone la afectividad del otro para sentir que se fusiona con éste.

Los conceptos anteriores son aplicados a la situación analítica a fin de establecer variantes de combinaciones en la pareja analista-analizando de encuentros/desencuentros entre las respectivas formas de deseos de apego, de intimidad, de angustias ante estos deseos, y de tipos de defensas que en ambos integrantes se pueden activar.

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Este trabajo intenta explorar psicoanalíticamente cuáles son las relaciones entre los deseos de apego -sus variantes- y  un área de la intersubjetividad  que desencadena intensos deseos y tensiones: la vivencia, a nivel inconsciente y consciente, de que el sujeto y el otro se hallan o no en un mismo espacio emocional, espacio en que el sujeto puede sentir que se fusiona jubilosamente con el otro sin perder su sentimiento de ser, o que, por el contrario, tiene una sensación lacerante de soledad en presencia del otro, de vacío, de que el otro está por fuera de ese espacio, a la vista, incluso en estrecho contacto físico, pero inalcanzable. Vivencia difícil de describir con palabras porque el lenguaje convencional apenas resulta adecuado para dar cuenta de una experiencia profunda de cómo es el encuentro entre el sujeto y el otro, y cuya construcción se remonta a los primeros intercambios emocionales en un lento pero progresivo proceso que va desde precursores como la sonrisa de los primeros meses para provocar la sonrisa del otro –encuentro de sonrisas- hasta el sentimiento de compartir una ideal. Cuando se enuncian frases como “te siento distante”, “no nos entendemos”, “es como si estuviéramos en dos mundos diferentes”, con todo el dolor que encierran, se está intentando cercar con palabras algo perteneciente a otro orden: la soledad en el instante mismo en que se está físicamente acompañado. Sentimiento de desencuentro que no debe confundirse con la angustia, el miedo o la tristeza. Se trata, más bien,  de una tensión dolorosa que podemos ubicar dentro de la categoría genérica que Freud (1926, p. 160-1), para referirse al objeto perdido, denominara “ investidura de añoranza”, la cual, en el caso de la intimidad, asume una forma específica de tensión psíquica: “añoranza de deseo de intimidad”, que puede llegar a alcanzar niveles intolerables cuando se siente que el otro está por fuera del alcance emocional del sujeto.

 

Es necesario diferenciar el sentimiento de no encontrarse en el mismo espacio mental del de soledad producido por la ausencia del otro. En este caso, se le puede extrañar pero no se produce el sufrimiento tantálico de que está físicamente presente pero en otro lugar psicológico, de que el sujeto no ocupa el lugar deseado en la mente del otro y, sobre todo, que no le puede llegar con sus sentimientos, con sus pensamientos, para provocar en él/ella la resonancia que posibilite la vivencia de estar juntos, de intimidad. Entonces, se prefiere romper con el otro, no verle más, para no experimentar el dolor del desencuentro emocional en el momento mismo de su presencia. En estas condiciones,  el odio es reforzado al servicio de tratar de destruir dentro del sujeto el anhelo de intimidad, base del sufrimiento.

  

Apego e intimidad, dos condiciones cuyas relaciones merecen ser precisadas. Las ideas de Bowlby (1969, 1973) sobre el apego encontraron mucha oposición dentro del psicoanálisis, al mismo tiempo que dieron lugar a una importante producción (ver: Ainsworth, 1978; Atkinson, 1997; Bailly, 1997; Bernardi, 1998; Lebovici, 1991; Marrone, 1998; Murray Parkes, 1991; Ortiz Barón, 1993; Sperling, 1994; Vollin, 1998). Contribuyó a ello el hecho que él mismo las opusiera de manera frontal a la tesis freudianas sobre el papel determinante de la sexualidad en la fijación al objeto, viendo al apego como independiente de aquélla, no impulsado por el  deseo sexual sino por una motivación propia que, desde una perspectiva neodarwiniana, serviría en la escala zoológica para la autopreservación (Slavin, 1992). Otra causa del rechazo por parte de la comunidad psicoanalítica derivó de que buena parte de los estudios sobre el apego tuvieron un carácter conductual sin penetrar en la fantasía del sujeto, tratando de describir conductas frente a la presencia/ausencia/retorno del objeto del apego. A pesar de que Bowlby dejó claro que el apego depende de esquemas internos que moldean las formas que adoptan –esquemas internos a los que llamó “working models”-, el centro de la investigación no se centró en la subjetividad, en lo intrapsíquico, en la complejidad de la estructura motivacional que dentro del sujeto determina su búsqueda de relación con el objeto externo.

 

Por nuestra parte, en trabajos anteriores (Bleichmar 1997, 1999), indicamos que para comprender qué es lo que impulsa al apego resulta necesario tener en cuenta los distintos sistemas motivacionales que movilizan al psiquismo. En ocasiones, el objeto del apego es aquel que permite obtener un sentimiento de seguridad –autoconservación-, como se constata en la relación del fóbico con su acompañante. En otras, es el placer sexual el que fija a un objeto que queda seleccionado de entre todos los que rodean al sujeto. En este orden de cosas, la tesis freudiana de la elección de objeto y fijación al mismo por ser el que satisface la pulsión sexual tiene en la actualidad una amplia confirmación no sólo a nivel psicológico sino en base a rigurosos estudios en neurociencia (Insel, 1997).

 

El objeto del apego puede ser el que contribuye a la regulación psíquica del sujeto, a disminuir su angustia, a organizar su mente, a contrarrestar la angustia de fragmentación, a proveer un sentimiento de vitalidad, de entusiasmo. El sentimiento de desvitalización, de vacío, de aburrimiento ante la ausencia del objeto del apego hace que se le busque compulsivamente.

 

El objeto del apego puede ser, también, y de manera prevalente, el que sostenga la autoestima del sujeto, aquel con el cual fusionarse para adquirir un sentimiento de valía. Objeto narcisizante en las múltiples dimensiones que hemos descrito (objeto de la actividad narcisista, posesión narcisista (Bleichmar, 1981), a las que se agregan las funciones que Kohut (1971) denominó de especularización e imago parental idealizada.

 

Por otra parte, hay que distinguir el apego impulsado por el placer que surge en la relación con el otro (el sexual, por ejemplo, o el que narcisiza) del apego defensivo para contrarrestar angustias de separación, de soledad, de desrregulación psicobiológica, de intensos sentimientos de inferioridad. En estos casos, el apego es secundario a la angustia, como en la simbiosis defensiva frente al terror de la desintegración.

 

En síntesis, el apego se realiza con un objeto de la autoconservación, con un objeto del narcisismo, con un objeto de la sexualidad, con un objeto de la regulación de las necesidades psicobiológicas. En todos estos casos,  en la conducta de apego hay una fantasmática (de búsqueda del placer o de huída del displacer) que la impulsa y una memoria procedimental que lo organiza (Pally, 1997; Stern, 1985).

 

El placer en el sentimiento de intimidad que produce el encuentro con el otro es una motivación adicional para el apego que no es reducible ni a la sexualidad ni al sentimiento de protección de la autoconservación, ni tampoco a la valoración en el área de la autoestima y el narcisismo, o a la regulación psicobiológica. A algunos sujetos les es suficiente con el apego autoconservativo o el sexual, siendo la cuestión de la intimidad algo que ni siquiera está planteada en sus mentes. Basta que la propia necesidad sexual se satisfaga, incluso sin que el otro vibre, para que se busque a un objeto que rondará continuamente en sus pensamientos.

 

En cuanto a lo autoconservativo, para tomar un ejemplo, el paciente fóbico con crisis de pánico o hipocondríaco puede manifestar un sólido y compulsivo apego al terapeuta –no faltará jamás a sesión, sentirá intensas angustias de separación- pero en su mente el otro es simplemente un instrumento-cosa que le protege, no alguien con sentimientos y necesidades que se desea compartir.

Otros sujetos no buscan ni que el objeto les proteja, ni que les brinde gratificación sexual, ni que les regule psicobiológicamente, ni que les equilibre la autoestima. Su necesidad es la de sentirse en el mismo espacio emocional que el otro, sentir que hay un encuentro de mentes. En consecuencia, así como el psicoanálisis describió un objeto de la sexualidad, uno de la autoconservación, uno del narcisismo, uno de la regulación psicobiológica (Lichtenberg, 1989), de igual manera resulta necesario reconocer la existencia de un objeto de la intimidad.

 

El sujeto podrá tener todos estos objetos separados en distintas personas –el amigo/a de la intimidad es claramente diferente del objeto sexual o del autoconservativo-, o algunos de ellos confluir en un solo personaje que cumple varias funciones simultáneamente. Articulación compleja entre los diferentes objetos, con disociaciones y condensaciones, que nos alertan acerca de que expresiones tales como “ansiedad de separación” requieren ser particularizadas respecto a cuál es el objeto que está en juego: qué función cumple en relación a uno o varios sistemas motivacionales.

 

Modalidades de la intimidad

 

El sentimiento de intimidad se alcanza bajo modalidades diversas. Hay sujetos que experimentan  que están en el mismo espacio psicológico si ambos sienten el cuerpo del otro. O, con más precisión, si el cuerpo de cada uno está representado placenteramente en la mente del otro. El tipo de contacto que pasa a ser índice de que se está juntos es muy diverso: mientras que para algunos requiere como indispensable la sexualidad directa, para otros resulta suficiente pasar junto al otro y rozar fugazmente una parte de su cuerpo  a condición de que ese roce sea también para el otro índice de que se comparte una presencia. Este “objeto de la intimidad corporal” es diferente del “objeto del apego corporal” en que el sujeto busca el contacto sólo para sentir en su cuerpo al cuerpo del otro, en que se desea dormir abrazado al otro para que su presencia sea calor/sensualidad en el propio cuerpo. En cambio, cuando es el  cuerpo de la intimidad el que se desea pasa a requerirse, adicionalmente, que la mente del otro, el cuerpo del otro, sientan al cuerpo del sujeto: encuentro entre dos mentes en las que el cuerpo del otro es vivido como deseante y no como objeto de un deseo que existe sólo en el sujeto.

 

Otros viven la intimidad como basada en participar de un mismo estado afectivo, sea el de alegría, el de tristeza, el de sorpresa, el de interés, el de horror y disgusto, etc.  Cuando el anhelo de cohabitar tal espacio emocional es el que domina al sujeto, se hace todo lo necesario para activar en el otro el estado afectivo deseado: la comunicación es una acción sobre el otro para producir la resonancia afectiva, para que el otro vibre en la misma longitud de onda. Incluso, se hipertrofia el propio sentimiento, se histeriza la emoción,  para arrastrar al otro. O, a la inversa, el sujeto se mimetiza con el estado de ánimo del otro para sentir que está con ese otro. En ambos casos, la afectividad no es algo en sí misma, no vale por su cualidad expresiva de estados interiores sino como medio para alcanzar el encuentro con el otro. Por ello la pregunta que en la situación analítica guiará nuestra captación del paciente no es sólo ¿qué siente? sino, también, ¿siente esto para sentir qué otra cosa? Y esa otra cosa consiste, no infrecuentemente, en lograr sentir que se “está con”. Por ello se obtiene placer al estar sufriendo “junto con”, lo que genera en algunas personas una de las formas del masoquismo: el placer de sufrir deriva de que permite alcanzar el  sentimiento de intimidad con un otro que sufre. Si ésta ha sido la modalidad básica de intimidad que se vivió en la relación con los padres o con los hermanos –relatos de uno de los padres sobre su sufrimiento en la relación con el otro, o sufrimientos experimentados en la infancia-, entonces, para readquirir la vivencia del encuentro, se recreará el sufrimiento que fue el aire que se respiraba en común. La propuesta de sufrir juntos que se propone inconscientemente al otro, sea un amigo/a o la pareja o el terapeuta, mediante el hablar o recordar hechos y experiencias dolorosas, tiene el carácter agridulce derivado de ser la condición que posibilita el sentimiento de encuentro íntimo.

 

La adicción al sufrimiento compartido, que constituye toda una forma del carácter, nos coloca de lleno en el papel de la intersubjetividad en la génesis de la psicopatología del masoquismo. Éste fue estudiado en su origen como fenómeno puramente individual: fuerza que dentro del sujeto producía placer –masoquismo sexual- o aliviaba culpa –masoquismo moral- (Freud, 1924), o lograba un sentimiento de cohesión del self (Kohut, 1971). Pero el placer en el sufrimiento puede tener sus raíces, y su reactualización en el presente, en vínculos en los que el sufrir es el medio privilegiado para sentirse en comunión con el otro. De ahí el riesgo de esta forma de transferencia-contratransferencia masoquista en que paciente y analista obtienen un sentimiento de intimidad a través de centrarse en experiencias dolorosas.

 

De paso, así como es un progreso incorporar la dimensión intersubjetiva a la comprensión del masoquismo, igual sucede con la profundización de las motivaciones que generan y mantienen a una personalidad narcisista. Junto a las motivaciones puramente intrapsíquicas, a los movimientos defensivos, en que la exaltación narcisista y el self grandioso sirven ya sea para contrarrestar sentimientos de envidia, de agresividad –“si soy grandioso no tengo nada que envidiar, no siento rabia”-, la posición de Kernberg, 1975) o porque contribuyen a compensar fallas de narcisización por parte de los objetos del self –Kohut (1971), otra causa reside en que el self grandioso constituye una ofrenda que el niño/a brinda a padres que le requieren esa exaltación. Hay padres que exigen inconscientemente que el hijo/a despliegue una exaltación narcisista para otorgarle no sólo su presencia, su reconocimiento, sino para permitir compartir su intimidad: se sueñan juntos fantasías de grandiosidad que moldearán, luego, la forma prevalente bajo la cual la personalidad narcisista reclamará del otro un estado de exaltación grandiosa a compartir.

 

Nociones como las de “falso self” o de personalidad “como sí” recubren, entre sus modalidades, al carácter estructurado en base al uso del mimetismo para lograr la intimidad: se autofuerza el sentimiento, el pensamiento y la actitud hasta hacerlos equivalente al del otro para conseguir ese sentimiento más básico –el de intimidad- que subtiende a los sentimientos particulares que son meramente productos del azar de qué es lo que sentía aquel con quién el sujeto se había encontrado.

 

Triple dimensión de los afectos: expresión, comunicación-inducción y acomodación

Buena parte del desarrollo emocional, de la adquisición por parte del sujeto del vocabulario emocional del otro, de la identificación emocional con los padres, la pareja o el analista, se produce para sentir que se está con el otro, para unirse a ese otro. Lo que obliga a revisar la tan difundida concepción de que los afectos serían exclusivamene expresión de un estado interior, reacción del sujeto a ciertas representaciones. Es decir, que cuando el sujeto es dominado por representaciones que significan peligro, entonces siente miedo; cuando pierde al objeto, sobreviene la tristeza; cuando logra realizar un deseo, aparece alegría, etc. En todos estos casos el afecto es resultado, parte de un estado mental, correlato automático de ciertas ideas. Dimensión puramente intrapsíquica ya que los afectos se pueden experimentar en la más estricta soledad.

 

Junto a esta dimensión intrapsíquica de la emoción –no requiere de la presencia del otro ni está dirigida al otro- queremos destacar otras dos. Una más conocida, la emoción como comunicación, en que el sujeto activa o intensifica una emoción para llegar al otro y hacerle sentir lo que él siente. Y si el otro (padres o analista) es “sordo”, el sujeto debe incrementar su estado emocional en un intento de que se le escuche. Es la causa por la cual algunos pacientes desarrollan una angustia o una tristeza que van en aumento cuando el analista no “escucha”, o cuando el sentimiento de no ser escuchado resulta de que transfieren sobre éste un objeto interno –real en el pasado o pura construcción imaginaria- de padres insensibles, no empáticos que no captaban su estado emocional. Emoción “comunicación-inducción”, destinada a tratar de promover en el otro una respuesta emocional y un posicionamiento (un rol en la relación) desde el cual responda a la demanda del sujeto expresada en forma de esa emoción particular. El estado afectivo es un instrumento en los intercambios con el otro para que éste sienta y se comporte de la manera deseada. Proceso en dos tiempos: primero, se produce en el sujeto un cierto estado emocional; luego, con la finalidad de llegar al otro, se lo intensifica. “Histerización” de lo existente, ahora al servicio de buscar cierta respuesta del otro.

 

Pero, además de lo anterior, cuando lo que se anhela es compartir un espacio psíquico, la emoción cumple una función a la  que podemos denominar “fusional”: medio para producir el encuentro. La emoción pierde su carácter de componente de estados interiores cognitivo-afectivos y pasa a ser convocada sólo para generar el encuentro. Si los padres sólo prestan atención y responden positivamente cuando el sujeto muestra alegría, este estado afectivo corresponde no a estados interiores (emoción-expresión) sino que constituye la manera autoimpuesta por la cual el sujeto intenta estar con el otro.

 

Desde esta perspectiva, la génesis del carácter hipomaníaco no se debe siempre a una defensa en contra de algo que el sujeto trata de negar –puro movimiento intrapsíquico- sino que puede ser el resultado del requerimiento del otro de que el sujeto sea alguien que le alegre. Si ésta es la relación interna que el sujeto tiene con un otro que le “obligaba” a la alegría, a la excitación, ahora, en la situación analítica, al proyectar en el analista ese otro, puede necesitar negar, alegrarse, para el otro, es decir, no en contra de representaciones negativas propias sino para sentir que agrada al otro. Lo que muestra, una vez más, que hay defensas a requerimiento del otro, sea éste requerimiento real o simplemente imaginario en el sujeto que cree que ese otro así se lo demanda. Causa intersubjetiva de la defensa muy poco estudiada en que el sujeto está alienado en la emocionalidad y la modalidad defensiva que tiene el otro, y no por identificación –incorporación de un rasgo del otro que pasa a formar parte del self nuclear- sino para proteger el vínculo con el otro.

 

Formas de alcanzar la intimidad

 

Si bien el compartir un estado emocional –sea por imposición al otro o por acomodación al de otro- es una de las formas privilegiadas para obtener el sentimiento de intimidad, no debemos universalizar aquella condición. Alguna gente adquiere ese sentimiento de espacio mental compartido cuando hace algo práctico en que el otro interviene –cocinar, arreglar un objeto, pintar un cuarto, seleccionar algo que se compra.  La actividad actúa de indicador semiótico para el sujeto de “estar con”. El otro participante de la escena podrá no expresar emociones  pero el hecho de alcanzar el destornillador que se le pide, o que anticipa que el sujeto necesita para completar una acción, es lo que brinda el sentimiento de unión. “Ayúdame a poner la mesa o a hacer la cama” pueden ser el medio que en la cotidianidad trata de dar forma al anhelo de encuentro. Así como hay familias que se reunen para hablar, para relatarse estados afectivos, para hacérselos vivir a los demás, otras alcanzan el espacio común de la intimidad a través de las tareas prácticas que comparten.

  

Lo expuesto hasta aquí  nos va indicando que  no es ni el cuerpo, ni la emoción ni la actividad instrumental lo decisivo para alguna gente, sino que hay una cierta y muy específica cualidad de la experiencia intersubjetiva que es lo que se desea. Lo que no significa que otra gente no busque exclusivamente gozar con el cuerpo sin interesarse en el espacio psicológico compartido, o alcanzar cierto estado emocional deseado propio, o conseguir cierto objetivo en sí mismo, para sí mismo, sin que entre como motivación lo que está pasando en el otro. Por ello la polémica entre Fairbairn  (1952) -la libido busca la relación con el objeto- y la posición freudiana- el objeto es un medio para obtener la satisfacción de la pulsión- coloca en términos dicotómicos, universaliza, lo que son formas de la relación entre el sujeto y el objeto: se puede utilizar al cuerpo para alcanzar un sentimiento de unión con el objeto, o se puede utilizar al objeto, y hasta el sentimiento de unión, para conseguir la más pura realización de un deseo sexual o un objetivo práctico; o se pueden articular ambos tipos de deseos. Y ello dependerá no una cualidad innata del sujeto sino de las experiencias bajo las cuales su  psiquismo haya sido estructurado, de lo que buscaban sus padres en el contacto con el sujeto: por ej., que éste fuera alguien que se comportase de determinada manera u, otra posibilidad, fuera un ser con quien obtener el sentimiento de estar “junto con”. Dependerá, también, y en no menor medida, de las transformaciones que la fantasía inconsciente imprima a las experiencias, en esa compleja interacción existente entre lo interno y lo externo. Si el experimentar emociones, por ejemplo, es captado como peligroso, y el sujeto bloquea defensivamente cualquier emergencia de aquéllas, el logro del sentimiento de intimidad tomará otros cauces, que podrán depender, a su vez, de la catectización narcisista de ciertas funciones – la de pensar, por ejemplo- y sus productos -los pensamientos. Relación no lineal en los efectos de los intercambios con las figuras parentales que nos previene de cualquier concepción mecánica de la transmisión generacional: si los padres para sentir que estaban en contacto inundaban de una emocionalidad angustiante, el rechazo de ésta por parte del sujeto puede determinar que la forma de intimidad buscada no sea la vivida traumáticamente en la infancia sino el compartir un silencio: se siente que ambos de la nueva relación “están con”  porque experimentan el mismo placer del silencio y la calma emocional concomitante. Con toda la importancia que la identificación posee para reproducir en los hijos las modalidades de vínculos que se vivieron con los padres, las angustias y los deseos del sujeto imponen transformaciones al hacer entrar nuevas dimensiones. En ciertos casos hay interiorización pero siempre lo que domina es  proceso interiorización-transformación.

 

La intimidad en la situación analítica

 

Deseos desvinculados de la intimidad, o guiados por la búsqueda de ésta, que imprimen su curso a la situación analítica: si el analista busca exclusivamente que el paciente haga insight, o que siga determinada conducta bajo ciertos ideales de salud/enfermedad, contribuirá a estructurar al psiquismo de su paciente bajo la motivación “un objetivo a alcanzar”. Metafóricamente, estarán tres: el paciente, el analista y la meta-objetivo terapéutico. El paciente será para el analista un objeto a transformar y éste, para el paciente, un objeto-instrumento para lograr ciertos fines. Ambos mirarán el objetivo, y si esto determina que se desatienda el deseo de “estar junto con”, en algunos pacientes se reforzará una estructura psíquica en que ese deseo estuvo insuficientemente desarrollado. Es lo que sucede con ciertas personalidades “fácticas” orientadas hacia acciones en el mundo exterior y para quienes el encuentro con el otro es una contingencia que se agrega, y a la que hay que soportar, en el camino hacia sus metas.

 

Otros pacientes, en aras de alcanzar el estar “junto con” el analista, moldearán  toda su actividad: asociarán, contarán sueños, cambiarán. El hablar será una forma de “estar con”, de lograr un sentimiento de intimidad. Incluso el insight estará al servicio de la necesidad básica de compartir un espacio psicológico. Desde esta perspectiva, no podemos dejar de  alertar acerca de la paradoja de una personalidad “como sí” que hace insight de que siempre ha funcionado como “como sí” pero bajo la motivación inconsciente de sentirse unida al otro al que sabe que agrada, y con el cual se une, mediante ese insight. Por tanto, reforzamiento del carácter “como sí”.

 

De manera simétrica, si el deseo prevalente  en el  analista es el de “estar con”, entonces, para algunos pacientes se reforzará esta tendencia que es la que ya dominaba su psiquismo, aunque en otros dará origen a lo que nunca fue desarrollado. Lo que nos aleja de cualquier valoración “a priori” de una u otra actitud –la de promover el encuentro intersubjetivo, el “estar con”, o la de buscar el insight y ciertos tipos de cambios- por parte del analista pues entrevemos el riesgo de iatrogenia cuando se actúa universalmente independientemente del tipo de paciente.

 

En cuanto a la cuarta modalidad por la cual ciertas personas alcanzan el sentimiento de intimidad, la de compartir ideas, el pensar igual, tenemos como ilustración a ciertas comunidades ideológicas – movimientos políticos, religiosos, científicos o profesionales-  en las que aquello  que brinda el sentimiento de comunión, de intimidad, es el pensar de manera  de similar. Líderes o seguidores pueden sentir que forman una unidad, que “están con”, al compartir  el credo pero molestándoles que el otro le proponga cualquier intercambio afectivo o una actividad desvinculada de la concordancia ideológica.

Pero hay en la dimensión cognitiva algo que va más allá del contenido de las ideas como capaz de producir o no el sentimiento de intimidad. Para una persona con una organización de su psiquismo bajo ciertas formas de razonar que se ajustan a la manera con la cual el discurso convencional encadena pensamientos y argumentos, cuando entran en contacto con alguien que piensa en términos más de proceso primario, ligando pensamientos mediante formas de articulación diferentes, saltando de un tema a otro, volviendo al anterior, dejando indeterminado de quién se está hablando (ej. “entonces vino”, y no se ha explicitado quién es el que vino), al primero se le produce una disonancia cognitiva, una sensación de malestar, de falta de encuentro. Igualmente, el detallismo de algunos obsesivos que abruma al interlocutor, genera en ciertas personas el sentimiento de no poder encontrarse con el otro porque las corrientes que organizan el pensamiento de uno y otro circulan por diferentes caminos de jerarquía de aquello de lo que se habla, de qué se espera que sea el momento siguiente en el diálogo

 

O el ritmo de pensar del otro, demasiado rápido o demasiado lento para el interlocutor, hace sentir que no se puede seguir el paso; asincronía que es captada como desencuentro. Lo que nos conduce a considerar en el sentimiento de encontrarse en un mismo espacio psicológico la importancia que reviste el fenómeno del “entonamiento” (“attunement”), de los ritmos que se encuentran por parte de ambos participantes de una interacción, cuestión que tanto ha destacado Stern (1985).

 

Entonamiento o ritmo que abarca al encuentro corporal, o al afectivo, o al instrumental o al cognitivo. Entonamiento que nos interesa por algo que va más allá de la posibilidad de que cierta acción se desarrolle exitosamente –la sexualidad en la pareja, o el amamantamiento, o la tarea terapéutica, por ejemplo-, ya que interviene con carácter de determinante  para que se logre esa dimensión supraordinada que estamos trabajando, el sentimiento de intimidad. Supraordinada en el sentido de que el ritmo que posibilita el encuentro sexual hace que éste posibilite, a su vez,  algo que el sujeto puede buscar por encima de todo: el sentimiento de comunión psicológica.

 

Cuatro dimensiones del “estar con” –afectiva, cognitiva, instrumental, corporal- que en la situación analítica se reducen a tres –excluida la corporal no sólo por razones doctrinarias sino por las funestas consecuencias que ocurren cuando así no se lo hace-, y que serán los vectores por los cuales transcurrirán las vicisitudes del sentimiento de intimidad para ambos participantes. Contenido y ritmo de la afectividad, de la labor compartida -lo instrumental, la célebre “alianza de trabajo”-, y de consonancia/disonancia de los estilos cognitivos marcarán la posibilidad del sentimiento de intimidad, con sus placer y angustias.

 

Las preguntas serán: ¿qué hace el paciente afectiva, instrumental, cognitivamente, para lograr que el analista esté en su mismo espacio psíquico, o para evitarlo cuando esto produce angustia? ¿Qué hace el analista afectiva, instrumental y cognitivamente para conseguir objetivos equivalentes de aproximación o distancia, de compartir o separar espacios psicológicos? ¿Qué hacen ambos, independientemente de lo que desean, por pura compulsión a la repetición que va en contra de lo que desean y se proponen?

 

Y, aún de más importancia: ¿Qué sucede si ambos integrantes tienen distintas modalidades para sentir que el otro está en su espacio psicológico, o de mantener separados estos espacios? Por ejemplo, si el analista siente que “estar junto con”, su forma caracterológica óptima de intimidad, es cognitiva -pensar igual, compartir insights, construcciones, teorías sobre el funcionamiento psíquico- y para el paciente es el encuentro afectivo, compartir el mismo estado emocional? El conflicto entre ambos es inherente a la  estructura de ese encuentro, y lo que desde el analista podría ser considerado resistencia del paciente al encuentro cognitivo, a “tomar conciencia de”, con igual legitimidad desde el paciente podría ser vivido como resistencia del analista al encuentro afectivo. A modo de ironía: ¿era Irma quien se resistía a las interpretaciones de Freud o era Freud quien se resistía a la afectividad de Irma? En otros términos, ¿el paciente se resiste a las interpretaciones del analista porque su contenido despierta angustias o por transferencia negativa de tipo narcisista -qué dudas caben que esto sucede-, o porque, a veces, hay una diferente definición y necesidad, a nivel inconsciente, por parte de ambos integrantes de la pareja terapéutica de qué significa estar “junto con”, de la modalidad bajo la que se busca alcanzar el sentimiento de intimidad?

 

¿Pero es indispensable para que exista el sentimiento de intimidad que se tengan iguales, similares o equivalentes estados afectivos, cogniciones, actividades o encuentros entre los cuerpos? Para algunas personas sí. Para otras, en cambio, bastará que cada uno de los participantes capte qué es lo que pasa en la mente –emocional, cognitivamente- del otro, lo valide, y sienta que esa diferencia no separa. Dos formas de sentir que se logra la intimidad  que podría conducirnos a considerar a la primera como más “inmadura”, “infantil”, “egocéntrica”, “narcisista”, que son los términos con que generalmente se valoran diferencias. Por nuestra parte, dado que la segunda forma es mucho más infrecuente, casi un ideal algunas veces alcanzado, incluso no de manera estable por ninguna pareja, sólo  por momentos, preferimos ubicar a ambas formas como modalidades del encuentro. Desde el punto de vista terapéutico nos conformamos no con pasar de la primera a la segunda sino con un ideal que la práctica muestra como tampoco fácil: que cada uno sepa cuál modalidad regula su encuentro con el otro y cuál regula en el otro el sentimiento de intimidad. Ese saber sobre uno y el otro es ya una forma de encuentro. Incluso, el saber que uno de los integrantes de la pareja busca la intimidad y el otro la rehúye, ambos por las legítimas razones que puedan tener. En algunos casos el único encuentro posible consiste en compartir el conocimiento de las profundas diferencias que separan.

 

Diferenciación self-no self en el espacio compartido y su relación con el “espacio transicional”

 

¿Qué relación guarda el concepto de “espacio de intimidad” con el de “espacio transicional”, desarrollado por diversos autores influenciados por las ideas de Winnicott (1971) sobre lo que él denominara “espacio potencial” Bajo la expresión “espacio transicional” se ha intentado describir a un tipo de experiencia ilusoria en que la diferencia entre interno/externo, subjetivo/objetivo, “mí/no mí” pasa a ser irrelevante, permitiendo ello que el sujeto no sea abrumado por una realidad con la cual tendrá que lidiar toda su vida y que siempre resulta traumatizante. Espacio de creatividad en el que es la actitud del otro -la madre, el analista, etc.- quien permite que esa ilusión se mantenga, aceptando esa realidad ilusoria del que así la vive, introduciendo gradualmente, a pequeñas dosis, la realidad. En “Playing and Reality” – traducido como “Realidad y juego” aunque la idea de Winnicott  es la de algo que está ocurriendo creativamente, de ahí el uso de “playing”, jugando- se enfatiza que la ilusión es el resultado de una actitud del otro, “de una técnica de crianza”, en que no se cuestiona al sujeto acerca de si es él quien creó al objeto o lo encontró en la realidad, es decir que se le permite dejar indeterminada la diferencia entre lo interno, su fantasía ,y la realidad.

 

En cambio, el sentimiento de intimidad surge en relación a un otro al que se reconoce como separado del  sujeto -existiendo en la realidad- en el momento que manteniéndose ese sentimiento de diferencia, simultáneamente, se vive como que se comparte algo importante de la mente del otro, sean sus sentimientos, sus ideas, sus intereses y se le hacen vivir los propios. Es el sentimiento de unión en el seno de una diferencia percibida, unión que produce tanto más placer porque no anula la diferencia: somos diferentes pero sentimos, pensamos, igual.  Uno existe para la mente del otro y el otro en la de uno, y se siente que ambas mentes tienen algo importante en común. Es la tensión entre separación y unión la que posibilita el placer de la intimidad. Por ello no es fusión total, pérdida de la individuación. Más aún, que se reconoce al otro como diferente dentro del marco de la intimidad se evidencia por las angustias que puede producir la intimidad al no existir el sentimiento de control en el fantasear que tiene lugar en el espacio transicional winnicottiano. La intimidad se desea y se sale en búsqueda de que el otro la desee. La intimidad exige una “teoría de la mente”, en el sentido que se le da actualmente: la atribución al otro de  estados mentales (Fonagy, 1996).

 

Una vez establecida esta diferencia con el “espacio transicional”, dado que el sentimiento de intimidad con el otro es siempre una construcción subjetiva podrá moverse, según el momento y las personas, entre dos extremos: por un lado, en el nivel totalmente ilusorio en que el sujeto desea y cree que hay tal intimidad cuando eso no corresponde a lo que el otro siente y es. Guarda relación con lo que Kohut (1971) describió como “transferencia gemelar” en que el paciente ve al analista como teniendo los mismos deseos y pensamientos. Pero, por otro lado, el sentimiento de intimidad puede corresponde a la captación, más acorde con lo que le pasa al otro, de que sí existe esa concordancia entre sujeto y el otro. Entre ambos polos, el de la subjetividad más arbitraria y el más cercano a la realidad -nunca alcanzable, nunca totalmente objetiva, siempre construida-, se encuentra toda la gama de experiencias posibles. Por lo cual el sentimiento de intimidad es una construcción subjetiva para cada uno de los participantes, regulada por sus deseos, por sus angustias, por las defensas pero, al mismo tiempo,  creada entre los dos participantes. Lo que aplicado a la situación analítica indica que el sentimiento de intimidad puede ser para ambos participantes, no sólo para el paciente sino para el analista también, una pura ilusión -uno de los polos mencionados- o algo que se aproxima a la realidad de lo que ambos sienten.

 

Pero antes de profundizar en las posibles combinatorias posibles cuando dos subjetividades se relacionan, debemos detenernos en las angustias ante la intimidad porque hasta aquí hemos razonado como si siempre fuera algo deseado. Para alguna gente, ya sea a través de experiencias directas de intercambios con sus figuras significativas, ya sea por identificación con esas figuras que le transmitieron cómo ellas viven la intimidad, o por el producto de sus producciones fantasmáticas, o por la articulación de estos factores con múltiples direcciones de determinación, lo cierto es que la representación interna del encuentro con el otro está cargada de temor: ser invadidos, avasallados, culpabilizados, perseguidos, castigados, entristecidos, sobreexcitados, contagiados con ansiedad, forzados a hacer lo que no desean, perturbados en sus ritmos, desorganizados cognitivamente, etc. Es decir, violentados corporal, afectiva, instrumental o cognitivamente. El espacio compartido es equivalente a estar en la jaula de los leones. En algunas relaciones entre los adolescentes y sus padres, aquéllos rechazan a éstos porque la intimidad conlleva el sentimiento de invasión en cualquiera de los niveles descritos. Igual sucede en determinadas parejas, con el agregado que se puede rechazar al otro en una de las modalidades de la intimidad, la sexual, por ejemplo, no por retaliación narcisista ante las ofensas del otro, no para realizar el deseo de que se frustre el deseo del otro, no  por falta de deseo sexual, no por ser vivida bajo las angustias de la penetración corporal sino por otra causa que se agrega a aquéllas: la sexualidad es significada como intimidad que es la que causa angustia por lo que ha significado en la historia del sujeto. Sobre el encuentro sexual recae el significado de que “estar con” es amenazante para la integridad del self en cualquier de las dimensiones que señalamos poco más arriba.

 

Una de las modalidades de intimidad que pueden generar más rechazo, movilizando defensas, es el impacto traumatizante que es capaz de producir la afectividad del otro. Si esta afectividad es excesiva, cambiante, caótica –padres borderline, por ej.-, el sujeto se defiende de los mismos, llegando a eliminar todo deseo de contacto. En la situación analítica, si el analista es ansioso, si su forma de hablar, su tono de voz, transmite alarma, si es un analista preocupado a la manera de padres que quieren hacer sentir la gravedad de lo que está en juego, en estos casos el paciente puede tender a aislarse, a “resistirse” no por el contenido temático de lo que se le dice, no por rivalidad narcisista sino porque el estado emocional con el que se le inunda, y se le pide compartir, es desorganizante para su psiquismo.

 

Este nivel de la interacción, que no depende del contenido temático de lo que se dice, es el que ha sido más descuidado en psicoanálisis, a punto tal en no pocas ocasiones, para reflejar la parcipación del analista, se la transmite bajo la forma “le dije que…”, faltando la reflexión sobre la serie denominada “paralingüística” que aportaría: “le dije con un tono de …(alarma, dureza, gravedad, distancia afectiva, sobreinvolucración emocional, etc.), y  con un ritmo…(precipitado, tumultuoso, lento, etc.).

 

Como con cualquier tipo de deseo, el de intimidad está inscrito en el sujeto bajo múltiples expectativas de cuál será la posibilidad de realizarlo. Se puede tener la anticipación de que la intimidad no será jamás alcanzada, de que no habrá forma de llegar al otro. Desesperanza generada, a veces, cuando se siente que el otro –la pareja, por ejemplo-, no comparte una racionalidad que para el sujeto es autoevidente, que corresponde a cómo aprendió que socialmente se entienden las obligaciones recíprocas, las formas bajo las cuales cada uno debe regular su relación con el otro.  Esta condición la ilustra el caso de una paciente que cuando reclamaba  a su pareja un comportamiento inadecuado, la respuesta consistía, según el sentimiento del paciente: “empieza a revolear argumentos, que los saca de cualquier lado, que escapan a toda lógica, y entonces me desespero, me lleno de rabia…”.

Si alguien ha tenido la experiencia de convivir en su infancia con padres irracionales puede llegar un momento en que abandone cualquier esfuerzo en pos del logro de intimidad, por lo que no comunicará sus pensamientos, sentimientos, o movimientos. La esquizoidía y el silencio se convierten en la forma de protegerse de las angustias del desencuentro, del sentimiento de que no es posible sentar una base común para el diálogo y el entendimiento.

 

En otras ocasiones, sin llegarse al terreno de la desesperanza, la expectativa es que el otro sólo llegará a entender al sujeto si éste fuerza dentro de éste último los sentimientos que desea comunicar. Un paciente, cuando me quería transmitir una idea, una angustia, una preocupación, comenzaba a gritar dando por anticipado que no le entendería. La frase tan frecuente de “no sé si me entiende” no resulta siempre de la proyección de la incomprensión del sujeto sobre sí mismo o sobre el otro sino de las experiencias reiteradas que ha  tenido de no poder alcanzar el sentimiento de intimidad con el otro, de compartir el mismo espacio mental.

 

En este sentido, la pérdida del objeto de la intimidad -aquel en el que el deseo de intimidad se realiza- puede generar las reacciones emocionales equivalentes al primer tiempo descrito por Spitz para el hospitalismo y por Bowlby para la pérdida del objeto de amor, es decir, las  correspondientes a la fase de protesta para forzar el reencuentro con el objeto. Pero si a pesar de la protesta, el objeto de la intimidad no se muestra dispuesto a desempeñar lo que de él se demanda, la fase de desesperanza y retracción es la que pasa a un primer plano.

Defensas en contra de la intimidad

Las formas que tiene el sujeto para mantener al otro a distancia, o directamente por fuera del espacio compartido defensas ante las angustias de la intimidad-, podrán transcurrir desde el alejamiento físico, o el retiro esquizoide en presencia del otro, o los estados disociados en que se preserva una parte de sí por fuera de la organización de la personalidad que participa en los intercambios con  el otro -múltiples selves, Bromberg (1996)  hasta la agresividad para distanciar al otro (Bleichmar, 1997; Mahler, 1981)

 

Por otra parte, se puede buscar la intimidad en una de sus formas –corporal, afectiva, instrumental o cognitiva- pero rechazarse las otras no porque impliquen intimidad sino porque afectan el sentimiento de seguridad en los sistemas motivacionales del narcisismo, de la autoconservación, de la regulación del equilibrio psicobiológico. Así un miembro de la pareja puede buscar la intimidad en el plano sexual pero esto significa entrar en contacto con un otro que le desrregula psicobiológicamente llenándole de ansiedad, o que le transmite su tristeza, o que desea imponerle sus ideas generando tensión en el sistema narcisista. Pero, a la inversa, la intimidad puede ser sobresignificada desde el sistema narcisista: “el/ella comparte conmigo…luego, me valora”, con lo cual se refuerza su búsqueda.

 

Esta reacción diferencial a la acción del otro desde los distintos sistemas motivacionales –se le acepta desde uno, se le rechaza desde otros- permite una descripción más fina de lo que se llama ambivalencia, fenómeno omnipresente en toda relación precisamente porque el sujeto se vincula desde una multiplicidad de sistemas motivacionales y modalidades de búsqueda y rechazo que propone al otro y desde los cuales reacciona a las propuestas de éste. Más que ambivalencia entre dos categorías (amor-odio), con lo que nos encontramos es con polivalencia, es decir, valencias de signos opuestos entre los sistemas motivacionales.

 

Los desencuentros resultan de las múltiples combinaciones que se pueden generar entre el deseo de intimidad, las formas de lograrlo y las necesidades que siente un sujeto desde sus sistemas motivacionales.  Ferenczi  (1933) habló de confusión de lenguas para referirse a la condicion en que alguien se dirige a un otro en búsqueda de cuidado y protección y este último le responde mediante su deseo sexual. No importa que el primero sea el niño y el segundo el adulto, lo decisivo del aporte de Ferenczi es que ilustra acerca de  una de las variantes del desencuentro entre dos subjetividades.

  

Así como la sexualidad puede ser algo en sí misma, por el casi puro placer pulsional, o ser un    instrumento para alcanzar la intimidad, los deseos y necesidades de los demás sistemas motivacionales se pueden alcanzar sin que la intimidad esté de por medio. El placer narcisista es dable de obtenerse en algunos casos, precisamente, porque el sujeto siente que el otro no le interesa, ni lo que siente, ni lo que piensa ni lo que hace. Igualmente con la regulación psicobiológica o la autoconservación que es alcanzada mejor por alguna gente  en soledad, sin la presencia física, emocional, instrumental o cognitiva del otro.

 

Si el sentimiento de intimidad estuvo acoplado con el de sentirse seguro, protegido, cuando no se alcanza la intimidad el sujeto puede representarse en peligro.

 

Pero como el psiquismo no funciona como un sistema de cómputo que logra maximizar beneficios y disminuir perjuicios sino que es impulsado, de manera más bien ciega, por distintas fuerzas motivacionales, que empujan cada en su propia dirección, alguien puede tener intensos deseos de intimidad, buscarla en el plano emocional o en el corporal, pero se encuentra con otro que le desregula  el sistema narcisista o el sensual/sexual o el de la autoconservación por lo que terminará rehuyendo el contacto. O, a la inversa, alguien puede ser empujado por fuertes necesidades del sistema narcisista hacia la confrontación con el otro, hacia la demarcación y diferencia para sentirse superior, con lo que se frustran simultáneos e igualmente intensos deseos de intimidad.

 

En consecuencia, en cada encuentro con el otro, el sujeto se halla expuesto no únicamente a las contradicciones entre sus sistemas motivacionales -contradicciones intrapsíquicas- sino a las que resultan  del interjuego con las del otro. Y esto vale para el encuentro analítico en que se activan deseos y angustias ante la intimidad en cada uno de los participantes, con especificidad en sus predominios relativos, y, a la vez, encuentros/desencuentros entre los deseos y necesidades de los respectivos sistemas motivacionales.

 

Preguntas, entonces: ¿en la dimensión búsqueda/rechazo de la intimidad en la que se mueven ambos miembros  de la pareja analítica, cuáles serán las consecuencias cuando los dos la buscan, cuando los dos la rechazan, cuando uno busca y el otro rechaza? ¿Cómo contribuye la orientación téorico-técnica del analista, además de su caracterología, para reforzar la búsqueda o huída de la intimidad? ¿Generan un campo similar, en cuanto a la intimidad, un  analista freudiano, kleiniano, kohutiano, lacaniano, intersubjetivista, interpersonalista?

 

La falla en el logro de la experiencia de intimidad puede articularse con tendencias melancólicas o paranoides, es decir tendencias de atribución de responsabilidad de quién ha sido el causante del dolor, lo que conduce a estados melancólicos o paranoides, de autorreproche o reproche al otro, en los que la preocupación por la intimidad pasa a un segundo plano. Momentos del suceder psíquico, pasaje desde el deseo de intimidad al sentimiento de frustración, de éste a la rabia contra el objeto externo, a las angustias que esta rabia produce, a las defensas ante estas nuevas angustias.

 

Las distintas combinaciones entre las modalidades por las que una persona busca la intimidad, la relación entre intimidad y apego, entre apego y sistemas motivacionales, variables para cada sujeto, nos indican una vez más que el psiquismo funciona como un sistema de articulación de componentes, en que los módulos, al articularse, sufren e imprimen transformaciones en los otros. Lo mismo, pero de manera aún más compleja, tiene lugar cuando son dos subjetividades las que entran en contacto.

 

 

¿Por qué se busca la intimidad?

 

Si hemos afirmado que el deseo de intimidad no se reduce a las motivaciones  habituales que llevan al apego autoconservativo, sexual o narcisista, que aquél constituye una condición con especificidad propia, entonces ¿por qué se busca la intimidad? De no contestar a esta pregunta correríamos el riesgo de convertir a ésta en una entelequia. ¿Qué es lo que sucede en el momento en que sentimos que compartimos con otro un estado de ánimo? Por un lado, se convalida nuestro estado mental y nosotros en tanto seres que tenemos ese estado mental. Uno es confirmado en el sentimiento de que existe, en la validez de nuestras percepciones y pensamientos, en la medida que para otro aquello que somos, sentimos, pensamos, sí existe. El sentimiento de ser sujetos lleva la marca de nuestra constitución a partir del otro: el niño desea, las más de las veces, casi dictatorialmente, que el adulto mire lo que él esta mirando porque su placer acerca de algo requiere recrear los momentos constitutivos del psiquismo en que el significado de una experiencia, especialmente su valencia emocional,  no puede ser asignado desde adentro sino a partir de los referentes que el otro provee. Incluso algo que es una disponibilidad biológica, el sonreir, es leído en la sonrisa y el placer  del adulto que sonríe en el mismo momento; o el placer por un alimento determinado es creado por el que se observa en el otro significativo frente al mismo; o el placer funcional de los primeros dominios motores requiere la respuesta jubilosa del otro que contribuye  a darle existencia.

 

Como adultos, continuamos requiriendo para nuestra confirmación como sujetos, para la validación de sentimientos, pensamientos y acciones, de que un otro los  revalide.  Revalidación que para algunas personas no corresponde simplemente a un “re” de un existente intrapsíquico sino que es condición de su propia constitución, de que pase a existir.

 

Pero ya sea que el otro nos confirme o nos conforme (en el sentido de que nos da forma, nos construye), jamás dejamos de requerir que un otro real o imaginario dé testimonio de nuestra existencia y de la valencia emocional de la experiencia. El placer que se encuentra en la intimidad es, precisamente, esa revalidación. Por ello tiene un carácter vivificante que no se reduce al “yo valgo”, desarrollo ulterior que exige que se haya organizado en el psiquismo un sistema de valoraciones, una escala de preferencias, un yo ideal, una capacidad de comparar la representación de sí con la de ese yo ideal. Se trata, en cambio, de algo mucho más general y abarcativo en que la libido del otro, el placer del otro, entra entra como fundante del placer del sujeto en ser, en pensar, sentir y actuar.

 

Una vez que se descubre, dolorosamente, que el estado emocional del otro, que sus intereses y deseos, pueden ser muy diferentes a los del sujeto, el deseo de reencuentro mental se convertirá en motor del psiquismo. El placer de la intimidad no es indiferenciación, borramiento de los límites self-no self,  sino afirmación del ser en el encuentro con un otro que confirma al sujeto y sus vivencias pero a condición de que el sujeto lo confirme dentro de sí  para que, entonces, el otro sí disponga del poder de asignar significado a los momentos particulares del existir.

 

Obstáculos internos a la intimidad

 

Este requisito de que el otro tenga validez dentro del sujeto para que surja el sentimiento placentero de intimidad pone sobre la pista de cuáles pueden ser las condiciones que conspiren para que se alcance. No es sólo porque el objeto externo no aporte esa confirmación, factor sobre el que le estamos reconocido a Kohut por haber hecho hincapié, sino porque la propia agresividad del sujeto deteriora, corroe la representación del objeto que podría confirmar a aquél. La crítica tendenciosa al objeto externo priva al sujeto de todo placer en la intimidad ya que hace desaparecer a aquel de quién se espera algo y para quién se es. Ese es el aporte de M. Klein (1940) al destacar las condiciones internas del sujeto que conspiran en contra del poder hacer uso del objeto externo para su propio desarrollo, en este caso para la confirmación de su ser y de sus vivencias.

 

La consecuencia que se deriva de lo anterior para la terapia analítica es que la  reafirmación del sujeto, y la vitalización del self derivada,  requiere de un analista que le confirme -la posición de la psicología del self – pero, además, de un trabajo sobre las condiciones internas, en especial la agresividad y sus diversas causas, que impiden que el objeto externo, el analista,  tenga el “estatus” necesario dentro del sujeto para que su confirmación no sea denigrada -la posición kleiniana.

 

Página web del Enfoque Modular-Transformacional

 

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Sexualidad en la Tercera Edad

La Facultad de Psicología dedica una jornada a la sexualidad en la Tercera Edad

El profesor Feliciano Villar dará una conferencia, centrándose en los mayores que viven en residencias

Elena Fernández-Pello 17.11.2017 | 19:08

 Feliciano Villar, doctor en Psicología por la Universidad de Barcelona, profesor titular en el departamento de Cognición, Desarrollo y Psicología de la Educación de la Universidad de Barcelona, director del Máster de Psicogerontología y coordinador de la Red Iberoamericana Interdisciplinar de Investigación en Envejecimiento y Sociedad (RIIIES), impartirá la semana que viene una conferencia sobre la sexualidad de las personas mayores, invitado por la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo.

El título de la sesión, que tendrá lugar en la sede de la Facultad, en la plaza Feijoo de Oviedo, el miércoles 22 de noviembre a las 17.30 horas, es “Sexualidad en entornos residenciales para personas mayores. Evidencias y elementos para la buena praxis profesional”.

El Comité de Ética de Intervención Social de Asturias se ha sumado a esta convocatoria, “apoyándola y colaborando en su difusión al considerar que la sexualidad de personas mayores es un tema de enorme relevancia para mejorar la práctica profesional en los servicios sociales y residenciales”.

Desde el comité sostienen que “la sexualidad de personas mayores en centros -residencias y también en centros de atención diurna- es un tema sobre el que todavía existe poca información y que, a menudo, es obviado a pesar de ser fuente, en no pocas ocasiones, de conflictos éticos” y consideran que “una mayor formación sobre este tema contribuirá, no solo al reconocimiento de los derechos sexuales de las personas mayores y al fomento de su salud y calidad de vida, sino que también resultará de ayuda a las instituciones y a los profesionales para procurar un abordaje ético ante algunas situaciones que pueden generar dudas”.

RATONES

CARLOS IÑÓN
Carlos_inon@yahoo.com.ar

  

Él era su alumno, ella era su profesora. Jorge tenía una novia de su misma edad: 22 años. Nora era casada, algo más de cuarenta, dos hijos. El cercano contacto del curso particular había puesto en marcha los respectivos ratones, pero cada cual mantenía la prudente distancia, cuidando el vínculo profesora-alumno.

Un día, ¿azarosamente?, ambos debían ir para el mismo lado y Nora le ofreció a Jorge acercarlo en el auto. El habitáculo del coche, más íntimo y reducido, ofrecía un ambiente propicio al ratoneo. Nora se colocó el cinturón de seguridad, que dibujó con suavidad la forma de sus pechos. Mirando de reojo, Jorge se imaginó acariciándolos.

Para evitar problemas, ella le pidió que también se lo colocara. Viéndolo inexperto Nora lo ayudó, y recién en ese momento, reparó que el perfume de Jorge le resultaba muy incitante. La magia de ese olor hizo que imaginara fugazmente cómo sería recorrer ese cuerpo tan cercano si estuviera semidesnudo.

  

Ya en viaje, luego de los consabidos lugares comunes acerca del estado meteorológico (qué verano raro ¿no?), él comentó ¿ingenuamente? que después de muchos años había alquilado nuevamente Doña Flor y sus dos maridos. Sin saber cómo, y sin proponérselo ninguno de los dos, surgió el tema de la fidelidad.

Nora preguntó, con aparente interés académico y con inusual confianza:

_ ¿Vos le sos fiel a tu novia? Ella misma se sorprendió de esa pregunta, pero ya era tarde. (Pensó para sí que le hubiera gustado que Jorge contestara: por vos dejaría de serlo, mamita).

Jorge contestó que sí con fingida naturalidad. _ ¿Y vos le sos fiel a tu marido?, repreguntó a su vez, (esperando que dijera que no, que para nada, ¿cuándo querés que nos acostemos, nene?).

_ Yo también, dijo ella, prestando atención al tránsito y poniendo cara de “esto es obvio”.

_ Es raro, pero no sé si debo enorgullecerme o avergonzarme, dijo él con franqueza.

_ No sé, realmente no sé, contestó Nora retribuyendo la sinceridad, (sintiéndose extrañamente confundida, intuyendo que un discurso moralista quedaría fuera de lugar, pero que tampoco era para sentirse avergonzado).

  

Sin darse cuenta, llegaron al lugar donde debían separarse. Nora encendió las balizas, estacionó el auto, y sin saber por qué se quitó el cinturón de seguridad, ayudándolo a él a destrabarlo.

A ella le hubiera gustado como despedida que él se acercara, pasara su brazo por sobre sus hombros, la otra mano acariciando su muslo derecho bien bronceado y le diera un beso, un beso romántico, dulce, de novela, como hacía mucho no recibía. Un beso conmovedor y emocionante.

A él le hubiera gustado despedirse con ella girando decidida, tomando su cara bien afeitada entre sus manos y estampándole un beso sensual, erótico, profundo, experto, como hacía nunca que no recibía. Un beso que fuera una explícita invitación sexual.

Ambos esperaban que la iniciativa la tome el otro, incapaces de esos pequeños gestos que dicen más que miles de palabras.

  

La despedida, sin embargo, fue formal. Apenas un beso en la mejilla con escaso contacto.

_ Hasta el martes.

_ A las 19

_ Chau

Jorge caminando entre la gente, y Nora metida en el tránsito de Buenos Aires, cada cual por su lado, quedaron preguntándose: ¿adónde van los ratones cuando se mueren?

6 de marzo de 1993

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EL PROCESO DEL DUELO

Investigación Documental
Diana Leticia Bon Buelna
dianaleticiabb@yahoo.com.mx

Introducción.

En la vida diaria, las personas van experimentando pérdidas: dejar el biberón, la pérdida de la infancia, de la adolescencia, algunos amigos que se van por razones personales o por muerte, pérdida de habilidades o hábitos, cambio de escuela, de casa, se pierde la soltería, un divorcio o una separación… unas pérdidas más intensas que otras.

Y para cada pérdida, se vive un proceso hasta llegar a aceptar que la cosa perdida o la persona ya no están más con uno. Este proceso se llama “duelo”, y como todo un proceso, tiene sus etapas.

En este ensayo, escribo sobre las etapas del duelo según Elisabeth Kübler Ross, Martha Alicia Chávez y  Nancy O´Connor, antes definiendo un poco los conceptos de duelo, pérdida y muerte para introducir un poco al tema.

Finalmente, cito las recomendaciones que Jorge Bucay nos comparte, para vivir el proceso del duelo.

  El proceso del duelo.

  1. El duelo.

El duelo es el conjunto de sentimientos, pensamientos, estados de ánimo, comportamientos y reacciones fisiológicas que vive el ser humano por alguna pérdida significativa (Chávez, 2003:13).

El duelo no es eterno, éste dura entre seis meses y un año y medio o dos; sin embargo puede prolongarse a una gran cantidad de años y esto puede suceder porque por alguna razón, la persona no se permite vivirlo expresando sus sentimientos, como llorar y enfrentar su coraje, su culpa. Hay que vivir el duelo para que no se convierta en enfermedad, para que no se vuelva un “duelo patológico” (Bucay, 2003:431 y 432).

  1. La pérdida.

“Pérdida es una carencia o privación de lo que se poseía; un daño o menoscabo que se recibe en algo” (Real Academia Española).

Diversos autores han dividido las diferentes pérdidas en siete grupos; aunque, a veces, una pérdida se puede incluir en diversos grupos (Rojas, 2007:108 y 109):

  1. a) Pérdida relacional: las separaciones afectivas de la pareja o la muerte de un ser querido.
  2. b) Pérdida ambiental: como perder el espacio vital.
  3. c) Pérdidas de futuro: cuando las expectativas que se tienen sobre los propios proyectos, no se cumplen como se esperaba.
  4. d) Pérdidas de hábitos: como dejar de fumar o beber, o en los niños dejar el chupón.
  5. e) Pérdidas de actividad: perder el trabajo o dejar la rutina.
  6. f) Pérdida de una parte del cuerpo: puede ser por la extirpación de un órgano o perderlo por accidente.
  7. g) Pérdidas relacionadas con las habilidades: como las que sufren algunos deportistas y profesionales que ya deben de retirarse de su actividad por haber perdido algunas capacidades.
  1. La muerte.

“Todo el mundo sabe que se va a morir, pero nadie se lo cree” (Albom, 2003)

“La muerte es el proceso por el cual cesa la vida de un organismo, bien por causas naturales, como vejez o alteraciones funcionales debidas al desgaste de los tejidos y órganos, bien por motivos accidentales y causas externas”. (Enciclopedia Hispánica, tomo 10:260).

Fases del duelo, según Elisabeth Kübler Ross (2004:59-177).

Elisabeth Kübler Ross, escribió su libro “Sobre la muerte y los moribundos”, en base a una serie de investigaciones que llevó a cabo en hospitales y al hablar de las fases del duelo, ella se enfoca más en enfermos terminales, aunque también menciona la muerte.

“Un enfermo terminal es una persona que padece una enfermedad por la que posiblemente vaya a morir en un tiempo relativamente corto y que conoce su diagnóstico” (http://www.tanatologia-amtac.com)

Elisabeth Kübler Ross menciona cinco fases durante el duelo, y las llama:

  1. a) Negación y aislamiento.
  2. b)
  3. c)
  4. d) Depresión.
  5. e) Aceptación.

Durante la primera etapa del duelo, “Negación y aislamiento”, uno se opone a la idea de que tiene una enfermedad mortal o puede ser también que el paciente se aísle del resto de la gente, reacciones consideradas como normales y  como una forma de protección provisional a sí mismo, las cuales serán más tarde sustituidas por una aceptación parcial. La negación puede funcionar como un amortiguador después de una noticia tan impresionante o inesperada como ésta. Es necesario pasar por esta fase para suavizar el dolor.

La “Ira” – segunda fase – sustituye la negación que tiene el paciente, por los sentimientos de rabia, coraje, envidia y resentimiento; aquí surgen todos los por qué; los pacientes moribundos suelen quejarse por todo, todo les parece mal y es criticable, pudiendo responder después con culpa, vergüenza, dolor y lágrimas.  Fase difícil pues la ira se desplaza en todas direcciones, incluso injustamente y en muchas ocasiones los que están cerca del enfermo, no se preguntan el porqué de su ira y se lo toman personal, cuando esto no es así y más bien es parte del proceso. Recomienda a quienes rodean al paciente, no reaccionar con más ira pues esto puede provocar una conducta hostil en él y aconseja, en lugar de esto, aceptar la ira irracional del afectado, entendiendo que al expresarla le ayudará a aceptar mejor su pérdida.

Elisabeth Kübler Ross llama a la tercera etapa, “Pacto” porque como el enfermo no ha sido capaz de afrontar la verdad durante la primera fase, y se ha enojado con los demás en la segunda fase, surge ahora la necesidad de querer llegar a un acuerdo para procurar superar esa desagradable vivencia por la que está pasando. Menciona Kübler Ross que durante sus investigaciones, la mayoría de los pacientes, el pacto lo hacían con Dios.

Después de haber pasado por las fases anteriores, el paciente pasa por una etapa de depresión, de tristeza profunda y todos los sentimientos anteriores pasan a ser sustituidos por una sensación de pérdida, por esto, la cuarta etapa del duelo es llamada “Depresión”. Kübler Ross recomienda que el moribundo viva este sentimiento y aconseja a las personas cercanas a éste, no alentar al enfermo a que vea el lado positivo de la situación, pues eso evitaría que el moribundo pensara en su propia muerte; sería absurdo decirle esto cuando los demás también se ponen tristes al perder a un ser querido. Si se vive esta etapa y se enfrenta el dolor que consigo lleva, al enfermo le será más fácil aceptar la realidad.

La aceptación” (quinta fase), llega cuando todas las demás se han experimentado; el enfermo no se sentirá abatido ni enfadado por su “destino”. Sin embargo, no significa que aceptación sea sinónimo de felicidad, más bien es como si el dolor no existiera más. En esta etapa es normal que el doliente se sienta débil o cansado y por ello tenga la necesidad de dormir o descansar, aunque de diferente manera que en el proceso de depresión, ahora es con tranquilidad, muy parecido al sueño de un bebé recién nacido. Comienza a sentirse una cierta paz, pudiendo estar bien ya sea solo o acompañado, la vida se va imponiendo.  

  1. Fases del duelo, según Martha Alicia Chávez (2003:17-54).

Martha Alicia Chávez, coincide con Elisabeth Kübler Ross (2004), al dividir el proceso del duelo en cinco etapas. Chávez las llama:

  1. a) La resistencia a aceptar la pérdida (negación).
  2. b) La ira por la pérdida.
  3. c) Negociar la pérdida.
  4. d) Dolor por la pérdida.
  5. e) Aceptación de la pérdida.

La resistencia a aceptar la pérdida, también llamada “negación”, se da por la dificultad que se tiene a aceptar algo que no se quiere que sea así, algo que no es agradable que haya pasado de esa forma. Se pueden tener experiencias como: soñar que el ser fallecido está vivo; el no reconocer el dolor que se siente ante esa muerte; el enojo, miedo o culpa por la muerte del ser querido.

Martha Alicia Chávez coincidiendo con Elisabeth Kübler Ross (2004), dice que la “ira” es un sentimiento muy difícil de enfrentar porque socialmente está muy mal vista y desde pequeños lo fomentan así, sin embargo ella está en contra de esta idea y expresa que la ira debe reconocerse, aceptarse como propia, enfrentarse y manejarla. “Es básico hacer entender a los niños que las personas no son malas por sentir ira y encauzarla a su favor. Lo malo es agredir y hacer daño al otro” (Tres, 2007:61).

En esta fase (ira), se presentan los sentimientos de culpa, frustración y rabia; el doliente quiere encontrar culpables para personificar la impotencia que se siente, pudiendo manifestar su enojo con los doctores, los familiares, incluso con Dios. Algunos consejos que ella brinda para lidiar con la ira son: escribir cartas dirigidas a la(s) persona(s) con quien(es) está enfadado, pero sin dárselas; en lugar de agredir (verbal o físicamente) a las personas, hacerlo con cosas (patear un balón, correr, gritar fuerte al aire, etc.); asumir la parte de responsabilidad que tiene esa persona en lo que ocurrió; tener empatía con la persona con quien está disgustado a causa de la pérdida; transformar la ira en algo productivo, canalizando esta energía en alguna actividad como hacer un deporte, escribir, crear una obra de arte, etc.

En la etapa de la “negociación”, lo que mueve a la persona a negociar es la esperanza de que aun se puede evitar la pérdida o que se puede tener el control de lo que está pasando. Aclara que cuando la pérdida es un hecho, los acuerdos a los que se quieren llegar ya no pueden cambiar el rumbo de lo que está sucediendo y lo que queda es aceptar la pérdida permitiéndose así uno, pasar al siguiente periodo: el dolor, la tristeza profunda.

Durante la fase del “dolor”, ese profundo dolor y desolación en el que no se encuentra consuelo, no se ven soluciones ni respuestas. Martha Alicia Chávez (2003) y Elisabeth Kübler Ross (2004) coinciden en que se dejen fluir esos sentimientos de aflicción, angustia, pena, llanto; no se deben reprimir los sentimientos pues éstos buscarán otras salidas sustitutas. Chávez hace énfasis en que el sentimiento de culpa, generalmente está presente en todas las fases.

Es en la quinta etapa, la “aceptación”, cuando se recobra la propia identidad, cuando se sigue siendo uno mismo, solo que ahora más sabio, con más aprendizaje. Habla de la importancia de darse permiso para sentir, pues muchas personas que no lo hicieron, no llegan a esta fase. “Curar la herida no significa olvidar. Es un error suponer que al superar algo lo vamos a olvidar. No es así, lo recordaremos toda la vida, pero sin carga emocional, sin sufrimiento”.

  1. Fases del duelo, según Nancy O´Connor (2004:23-36).

Nancy O´Connor, a diferencia de Elisabeth Kübler Ross (2003) y Martha Alicia Chávez (2004), maneja únicamente cuatro etapas durante el duelo y las llama:

  1. a) Ruptura de antiguos hábitos.
  2. b) Inicio de reconstrucción de la vida.
  3. c) Búsqueda de nuevos objetos de amor o amigos.
  4. d) Terminación del reajuste.

Menciona que la primera fase, “Ruptura de antiguos hábitos”, se da desde el fallecimiento de la persona hasta ocho semanas, aunque es un tiempo aproximado de duración y no siempre es igual en todas las personas. Dice que durante esta etapa, se manifiestan sentimientos como confusión, protesta, choque, incredulidad, y coincidiendo con Elisabeth Kübler Ross (2004) y Martha Alicia Chávez (2003), incluye el sentimiento de negación; si la noticia se dio de una manera repentina, ésta puede causar incluso alteraciones físicas reales. Recomienda la actividad durante esta fase, pues ayuda a comprender realmente la pérdida y así poco a poco se podrán ir abandonando los patrones acostumbrados en la relación con la persona fallecida. Advierte que en estos momentos la persona que sufre el duelo, puede tener alteraciones en sus hábitos alimenticios y de descanso, siendo esto algo parcial y que luego volverá a sus horarios anteriores. Como las lágrimas y sentimientos profundos aparecen de manera inesperada, ella recomienda, dejar salir esos sentimientos, ya sea llorando, hablando de los propios sentimientos como de la relación con el fallecido con otras personas, escribir cartas al ser querido que murió y/o visitar la tumba.

La segunda fase, “Inicio de reconstrucción de la vida” dura a partir de la octava semana hasta el año después de la pérdida. El dolor y la confusión siguen existiendo aunque van disminuyendo gradualmente; los patrones de comida y descanso siguen alterados; pueden sentirse periodos de depresión, de baja energía, fatiga, tensión física y nerviosismo. Recomienda O´Connor, comer y dormir bien, hacer ejercicio, buscar apoyo si es necesario, estar pendientes de la salud pues pueden presentarse enfermedades serias relacionadas con el estrés o nerviosismo así como sentir y experimentar las emociones que brotan espontáneamente.

La etapa de “La búsqueda de nuevos objetos de amor o amigos” dura aproximadamente desde los 12 hasta los 24 meses de la pérdida. Durante ésta, algunos hábitos antiguos se han restaurado, el dolor emocional es menos intenso, la salud vuelve a ser la usual o inclusive mejorar. En esta fase ya uno empieza a contar con nuevas amistades, algunas de las cuales pueden ser personas que han pasado por experiencias parecidas. Es recomendable planear tareas interesantes para el tiempo que se tenga libre, como un viaje, un trabajo voluntario, aprender otro idioma.

La cuarta fase, “Terminación del reajuste”, sucede después del segundo año. Uno vuelve a sus hábitos anteriores y también combina éstos con los nuevos conocimientos, la nueva vida y filosofía que se ha aprendido durante esta experiencia. Se tiene la sensación de ser una persona diferente y realmente se es.

  1. Recomendaciones para vivir el proceso del duelo.

Jorge Bucay (2003:395-403) hace algunas recomendaciones para vivir el proceso del duelo, que él llama “Recorrer el camino de las lágrimas” y son las siguientes:

  • Permitirse estar de duelo: darse permiso de sentirse mal, de sentir el dolor, pues es el primer paso para recorrer este camino.
  • Abrir el corazón al dolor: exteriorizar todas las emociones que aparezcan sin reprimirlas.
  • Tomar en cuenta que recorrer el camino requiere tiempo: lo que verdaderamente puede ayudar es qué es lo que hace cada uno con el tiempo. Hay que vivir el día presente, pero también estar preparado para las recaídas que pudieran surgir.
  • Ser amable con uno mismo: puede ser que después de un cierto tiempo, la gente comience a decir que ya debería uno sentirse mejor; hay que ser pacientes con uno mismo, no creyendo que ya es tiempo de sentirse mejor pues los tiempos son propios y diferentes en cada persona.
  • No tener miedo de volverse loco: hay que vivir todos los sentimientos durante el duelo, aunque éstos sean muy intensos y a pesar de que otras personas aconsejen a uno “ser fuertes”.
  • Aplazar algunas decisiones importantes: en estos momentos uno puede sentirse confundido incluyendo todos los sentimientos que acompañan al duelo, por esto es mejor tomar las decisiones importantes cuando ya uno se sienta mejor.
  • No descuidar la propia salud: hay personas que se sienten tan mal, que se olvidan de su cuerpo. Debe uno estar pendiente de alimentarse bien y de no abusar del tabaco, ni del alcohol, ni de los medicamentos.
  • Agradecer las pequeñas cosas: valorar las cosas buenas que se siguen teniendo o encontrando, sobre todo, los lazos familiares, amistades, terapeutas, sacerdotes.
  • Animarse a pedir ayuda: permitir a los demás, estar cerca de uno aunque ellos no estén pasando por el mismo proceso, pues ellos lo que quieren es que uno se sienta bien y ayudar, aunque no sepan cómo hacerlo. No hay que quedarse esperando la ayuda, hay que animarse a pedirla.
  • Procurar ser paciente con los demás: no tratar de complacer a las personas que con buena intención, intentan que uno olvide el dolor; es mejor apartarse discretamente de estas personas y estar cerca de quienes permiten a uno “estar mal” o desahogarse.
  • Tener mucho descanso, algo de disfrute y una pizca de diversión: darse permiso y oportunidad de reírse, de hacer bromas, de disfrutar.
  • Confiar en los recursos para salir adelante: acordarse de cómo uno solucionó situaciones arduas anteriores; no basta con esperar a que todo se vaya dando, uno también tiene que dar algunos pasos difíciles para reponerse.
  • Aceptar lo irreversible de la pérdida: admitir la dolorosa realidad aunque sea lo más difícil que uno ha hecho en su vida. Algunas cosas que pueden ayudar son: hablar de la pérdida que se está viviendo, visitar el cementerio, conversar sobre las condiciones de la muerte.
  • Ser consciente de que elaborar un duelo no es olvidar: el proceso del duelo permite darle un sentido a todo lo que se vivió con lo ausente.
  • Aprender a vivir de nuevo: aprender a vivir de manera diferente, a vivir sin ese “algo” o “alguien” que ya no se tiene.
  • Centrarse en la vida y en los vivos: soltar el pasado y ver las nuevas posibilidades que ofrece la vida. Lo muerto queda afuera, pero la vida continúa.
  • Definir la propia postura ante la muerte: no significa que se tiene que coincidir con lo que otros piensan sobre la muerte, a cada uno corresponde aclarar su posición ante ella. Hay cinco temas que es necesario tener determinados: la identidad sexual, la posición filosófica, la relación con los padres, el proyecto de vida y la postura frente a la muerte.
  • Volver a la propia fe: ya que pudo haber un momento durante el duelo, en el cual la furia tuvo a Dios como uno de sus destinos favoritos, hay que volver a Dios para pedirle ayuda para aceptar los cambios y ver las opciones.
  • Buscar las puertas abiertas: a veces uno está tan ciego por el dolor que se siente, que no se da cuenta de las nuevas puertas que se abren y es importante ser conscientes de esto para estar abiertos a esas oportunidades que se presentan.
  • Cuando ya se tenga una buena parte del camino recorrida, hablarles a otros de la propia experiencia: hay que compartir con otros que están recorriendo el camino del duelo, lo que uno aprendió cuando pasó por ello, pues esto es de gran ayuda para el doliente.  

Conclusiones.

Cada duelo es diferente en su modo y en su tiempo, por lo tanto, cada individuo lo vive de manera distinta dependiendo de: el tipo de relación familiar con el fallecido o entre la misma familia, el tipo de enfermedad, el tipo de muerte, la actitud mental, la cultura, la edad de muerte del fallecido, la religión, la economía, lugar de origen.

Es importante vivir cada una de las etapas del duelo, para llegar finalmente a la aceptación. Si uno se queda atorado en alguna etapa del duelo, éste puede llegar a convertirse en una enfermedad, en un duelo patológico, incluso, pudiendo ocasionar en un futuro enfermedades físicas.

En un momento así, se debe pensar mucho en uno mismo, tratar de ser conscientes de lo que se está pensando y sintiendo, y expresar todas las emociones, ya que esto ayuda a avanzar en el proceso y de esta forma, recuperarse de la pérdida. Tal vez, lleguen muchos consejos que la gente da con buena intención pero que se contrarían con lo que se siente. Hay que escuchar primero al propio cuerpo y las propias emociones y hacerles caso. Seguramente habrá alguien cerca, que tenga empatía con el doliente y brinde la ayuda que se necesita en esos momentos, ayuda que si no llega, es importante pedirla.

Bibliografía.

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<http://www.tanatologia-amtac.com/html/principal.htm>

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Chávez Martha Alicia. Todo pasa y esto también pasará. Ed. Grijalbo. México, 2003.

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Kübler Ross Elisabeth. Sobre la muerte y los moribundos. Grupo Editorial Random House Mondadori, S. L. Barcelona, 2004.

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Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Vigésima segunda edición. España. <http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=pérdida>

Rojas, Santiago (2007) “Vivir mejor el duelo y las pérdidas” en Bucay, Jorge. Mente Sana, la revista de psicología positiva. #19. RBA Grupo Editorial. Barcelona.

Tres, Susanna (2007) “Canalizar la ira y ganar tranquilidad” en Bucay, Jorge. Mente Sana, la revista de psicología positiva. “26. RBA Grupo Editorial. Barcelona.

Psicoterapia telefónica: ¿contención o proceso?

Lic. María Silvia Dameno
email: msdameno@hotmail.com

  

Hace ya unos años atiendo por teléfono a algunos argentinos que residen en el exterior. No podría decir que fue un objetivo que me propuse, aunque me hago cargo de que lo elegí a partir de lo que sucedía. Supongo que todos sabemos que por razones tanto políticas como económicas, hubo en los últimos años una fuerte corriente migratoria. Como otros compatriotas, varios de mis  pacientes  tomaron la decisión de irse del país, en algunos casos se plantearon esto como definitivo, en otros se lo propusieron temporariamente. Algunos de estos me propusieron continuar con su proceso a la distancia y yo acepte.

Inicie esta experiencia en el 2002, cuando la debacle económica del país, catalizó el deseo de varios de dejar la Argentina. Me cuestione bastante el medio al principio, soy conciente de que hay una buena cantidad de información que no tengo por teléfono: gestual, postural, respiratoria. ¿Que clase de contacto iba a establecer con el paciente sin verlo?. En algún momento un darme cuenta me permitió responderme esto: ¿acaso si me quedase ciega, dejaría de trabajar como terapeuta? Me respondí que en ese hipotético caso, seguramente intentaría continuar con mi profesión/vocación y como suele suceder en estas situaciones, agudizaría otros canales. Por otra parte sé que el contacto no es solo visual o táctil, y como aprendí en mis incursiones por la PNL para mí el contacto auditivo es básico ¿sucedería lo mismo con mis pacientes?

Tenia al principio muchas incertidumbres que hacían que lo pensase como una prueba, un intento que encerraba un desafió. No estoy segura de que yo lo hubiese propuesto pero,  dado que ellos mismos lo demandaban, me dispuse a probar explicitando estas limitaciones. Aunque en general mi propuesta de trabajo cuando inicio un tratamiento es que probemos por algunas sesiones, en estos casos añadía que era trabajar de un modo  sobre el cual no tenía ni demasiada información ni demasiada experiencia. ¡Nunca podré saber si mis pacientes eran muy osados o no encontraban otra alternativa! En algunos casos la prueba se redujo a dar apoyo a las personas mientras  se asentaban en un nuevo lugar y en otros se dio un proceso terapéutico mas largo y mas complejo.

Aunque haya aumentado el número de colegas que ahora lo hacen, en ese momento este modo de atención era muy infrecuente y no había mucha información  ni  casuística. Cuando empecé estaba mas cerca de querer averiguar si era posible que de estar convencida, como lo estoy ahora, que lo es.  Varios factores intervienen para que la asistencia telefónica sea viable y no resulte disparatada, algunos tecnológicos, otros económicos y otros de índole psicológica:

Los tecnológicos abarcan todo aquello que hace a la simplicidad en las comunicaciones.  Pasamos en dos generaciones desde nuestros abuelos que venían a América sin saber por años que pasaba en su lugar de origen, hasta la actualidad con contactos instantáneos, cámaras hogareñas de video que, en conexión con la Web, permiten ver en simultaneo lo que sucede en otros hogares del mundo.

  

¿Porque no lo hago por computadora? Debo decir que esa fue mi primera intención, pero varias situaciones conspiraron: la primera es que no todo recién llegado a un lugar posee el equipamiento necesario (PC., banda ancha) aunque habitualmente es de las primeras cosas que se adquieren para mantenerse informado de lo que sucede con familiares y amigos, incluso si no la necesitasen  para trabajar. Para el que no posee una computadora propia aunque casi todas las ciudades tienen locutorios o cibercafes donde conectarse, estos no suelen tener la privacidad necesaria para una sesión. Un problema parecido se daba con frecuencia con las computadoras hogareñas que no siempre tienen conexión inalámbrica y por lo tanto están localizadas en algún área común de las viviendas que el paciente comparte con familiares u otros compatriotas. Aunque su precio decrece a medida que se masifican, la computadora portátil aun es cara y la conexión inalámbrica es mas reciente (y por lo tanto mas imperfecta) que la de telefonía. Al ser más antiguos y por lo mismo más generalizados, el celular o el teléfono inalámbrico permiten que el paciente, aun si comparte con otros la vivienda, pueda aislarse dentro o fuera de ella para la sesión.

Aunque sin duda han mejorado mucho del 2002 a esta parte, los programas de voz e imagen  como el MSN con cámara o el skype, tienen aun un cierto delay que le quita naturalidad a la conversación. Por otra parte las conexiones en Buenos Aires no son tan buenas, aun las bandas anchas premium se “caen” con mas frecuencia que los teléfonos por ahora. No descarto incluir la imagen cuando estos inconvenientes sean subsanados, tal como se espera si el crecimiento tecnológico continúa como viene sucediendo. De hecho, ya existen aunque por ahora son muy costosas, las cámaras web con un software que evita que las personas del otro lado de la cámara parezcan marionetas. Me refiero a una cámara con software de seguimiento automático de rostros. Esta tecnología permite que la cámara automáticamente enfoque si la persona por ejemplo se mueve en tu silla y mantiene su cara centrada en el cuadro, como si hubiese un camarógrafo y no una cámara fija.  Esto da naturalidad a las imágenes de la persona en el otro extremo del chat. Si bien cuando escribo esto (octubre 2008) estoy describiendo una novedad cara, la tecnología se hace obsoleta y por lo mismo económica, a gran velocidad. Seguramente podré incluir muy pronto la vista en mis contactos con pacientes físicamente distantes. Sin embargo por ahora el encuentro es puramente auditivo.

  

Por otra parte la telefonía como tecnología es sencilla y económicamente accesible a grandes grupos de población y no es patrimonio solo de elites. Sin necesidad de tener conocimientos especiales o mucho dinero, casi cualquier persona esta en condiciones de discar un número y hablar a cualquier lugar del mundo. Aquellos con mayores recursos de tecnología pueden llamarme por teléfono a través de su computadora (sistemas VOIP),  otros usan tarjetas prepagas, donde esta acción de usar Internet para llamadas telefónicas la realiza una compañía. En ambos casos se abaratan enormemente los costos al sortear el oligopolio de las empresas telefónicas. Los pacientes eligen según donde estén, sus posibilidades económicas y sus recursos tecnológicos como acceder a mi teléfono, del mismo modo en que para las sesiones presenciales cada paciente elige como llegar a mi consultorio teniendo en cuenta las mismas variables.

En cuanto a las razones económicas mi encuadre es igual al de los pacientes cara a cara: sesiones de una hora de duración habitualmente semanales, que cobro al mismo precio que en Buenos Aires, por lo cual resultan en este momento cambiario económicas en relación a lo que cuestan en muchos países del mundo. En aquellos casos en los que no lo son, por ejemplo para algunos países de Latinoamérica, intento llegar a un acuerdo similar al que tendría aquí con un paciente con dificultades de pago: disminuir un poco los honorarios, modificar la frecuencia, establecer una facilidad de pagos, etc.

De todos modos, aun teniendo su peso, las razones más poderosas no son las económicas sino las que hacen a la identidad. La mayoría de los pacientes que atiendo por teléfono intentó tener sesiones presenciales con terapeutas del lugar donde viven y no les resulto fácil. Como me dijo un paciente “ellos no conocen las canciones de Maria Elena Walsh” haciendo referencia a la ausencia de una idiosincrasia compartida.

Durante el periodo de adaptación al nuevo lugar, tener sesiones con un terapeuta argentino les permite mantener sus raíces hasta que estén listas de verdad para el trasplante. Como establece un viejo dicho, “el alma viaja mas lento que el cuerpo” y los que emigran muchas veces precisan sentirse ligados a su país y sus costumbres cuando las tradiciones del lugar de residencia todavía no se incorporaron o fijaron. Al igual que en jardinería donde las plantas se tienen que aclimatar a su nuevo sitio y pasa un cierto tiempo hasta que retoman el crecimiento, las personas necesitan un tiempo. En este periodo de aclimatación, plantas y personas requieren de condiciones ambientales benignas y similares en lo posible al lugar de origen. Solo especies muy fuertes resisten en esta etapa vientos fuertes o sequías intensas. Es, para personas y plantas un momento de alto riesgo, sus raíces aun no “prendieron” en la tierra que los recibe y están, por lo mismo, tremendamente vulnerables. De algún modo un terapeuta que comparta sus raíces, los ayuda a replicar en parte las condiciones del clima en que crecieron en este momento de riesgo vital.

Para aquellos que no están en países de habla hispana, se añaden a la dificultad de ser comprendidos por alguien que no pertenece a la cultura en la que se criaron, las barreras idiomáticas. La artificialidad que suelen sentir al expresar emociones en una lengua que no sea la materna es un problema, aun en personas que hablan a la perfección el idioma de su patria de adopción. “Contar mis dolores profundos en otro idioma es raro y no me hace sentir del todo comprendida” me decía una paciente que reside en los Estados Unidos y es absolutamente bilingüe. Por otra parte, su condición de profesional y empleada jerárquica de una multinacional, la excluye por la oferta de horarios y por problemática de los servicios de asistencia a “latinos” que atienden en general indocumentados y homeless.

  

Todo aquel que emigra, aun quienes lo hacen en las mejores condiciones: con trabajo, papeles y un mejoramiento en muchos sentidos de la calidad de vida que aquí tenían, se enfrenta a un choque cultural. La exigencia de adaptación que la situación impone, suele ser más veloz que  las posibilidades de la persona de lograrla. Como decía mas arriba, cuando alguien esta recién  trasplantado el crecimiento se estanca y pasara bastante tiempo hasta que pueda dar frutos, por mas necesarios que estos sean.

El stress del cambio, el choque cultural  y la exigencia sumados a la situación de soledad, suelen incrementar la ansiedad y la angustia. Incluso aquellos afortunados que se van con la familia, dejan en su lugar de origen a miembros de la familia extensa, amigos, objetos, costumbres o comidas que no están en el lugar donde viven. La soledad y las pérdidas llevan a que la persona atraviese un duelo y la necesidad de adaptación hace que lo haga en condiciones de enorme exigencia. El duelo de lo que extrañan suele ser temática de las sesiones durante mucho tiempo.

Simultáneamente el que emigra cambia de casa, de objetos que lo rodean, de libros, de ropa, de discos, de amigos, de salidas, de comidas, de trabajo, de tarea, de compañeros de trabajo, de vecinos, de clima, de diarios que lee, de marcas conocidas de los productos que compra, etc. Todo su mundo personal, familiar y laboral se transforma y no encuentra tierra firme y estable en el presente, un territorio conocido sobre lo cual “apoyarse” para cambiar. Su aquí y ahora es confuso por desconocido, su allá y entonces, muy lejano. Como decía un paciente con mucho humor “para bancarse estos cambios sin rayarse tenés que ser como Romay en la entrega del Martin Fierro,…. solo que acá, ningún psicólogo sabe qué es bancarse, qué es rayarse y mucho menos quien es Romay o que es el Martin Fierro” (cosa que por otra parte, el corrector ortográfico del programa con el que escribo esto, me confirma)

“La emigración, no sólo implica dejar atrás, cruzar océanos, vivir entre extranjeros, sino también destruir el significado propio del mundo y, en último término, abandonarse a la irrealidad del absurdo”dice John Berger. La terapia con un compatriota es entonces la posibilidad de mantener un contacto con el mundo de significados compartidos hasta que se retorne al lugar de nacimiento o se construya otro en el lugar donde se reside. En términos gestalticos significa sostener un soporte anterior hasta que estén dadas las condiciones para generar un nuevo soporte que sea suficiente.

Mientras están elaborando este duelo, los emigrantes deben de todos modos crear un nuevo grupo de pertenencia, insertarse en nuevos lugares y costumbres. Esta exigencia al incrementar el stress, agudiza lo que la persona traía previamente. Esta dificultad aumenta cuando por razones políticas, económicas o legales el retorno definitivo o la visita temporal les están vedados. En ese caso es un autentico exilio, las personas quedan desterrados con la misma pena que se aplicaba  en la antigua Grecia a los condenados por los peores crímenes. Creo que quien mejor expresa ese dolor es Julio Cortazar cuando dice: “El exilio es la cesación del contacto con un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente”. En esa misma ponencia (1978) definía al hombre exiliado como alguien que se sabe “despojado de todo lo suyo, de un ritmo de vivir, de un perfume del aire y un color del cielo, de una costumbre de casas y de calles y de perros y de cafés…”

Si, como a veces sucede con las plantas, el cambio de lugar fue necesario porque donde estaban no había lugar para sus raíces o condiciones para su crecimiento, el duelo no deja de existir. Aun aquellos que voluntariamente eligieron irse, y no son técnicamente  ni desterrados ni exilados,  viven de algún modo estas sensaciones de doble exclusión. Los que se van del país quedan afuera de lo que sucede aquí y también en otro sentido no son del todo parte  de lo que pasa en su país de residencia. Como dice la canción “no son de aquí ni son de allá”, por mucho tiempo o por siempre son “extranjeros”. Doble exclusión (en cada lugar extraño algo del otro) y doble desarraigo (ningún lugar termina de ser mi lugar) o lo que algunos psiquiatras denominaron Síndrome de Ulises (el stress particular y las patologías asociadas al hecho de  emigrar) son temas que los que se han ido del país conocen vivencialmente. En mayor o menor medida lo experimentaron  aunque desconozcan los términos con los que, el mundo psi y su necesidad de etiquetar las cosas, los denominan. Todas estas etiquetas diagnosticas refieren a un mismo fenómeno del que acentúan diferentes aspectos: el hecho de crecer en un lugar y vivir en otro.

  

En todo caso es necesario darse cuenta que quien reinicia el curso de la vida en otro lado, ya no es el mismo. Nadie permanece igual después de una crisis y vivir en otro país implica siempre una experiencia poderosa e inevitablemente transformadora. Si quien se fue intenta, para evitar la crisis no registrar el cambio, puede suceder  que espere lo que ya no le sucederá en ninguna parte (por ejemplo después de los 30 años no será un profesional del fútbol, como soñaba cuando vivía aquí, sea donde sea que viva, porque esa es una etapa que pasó) o que recree en su lugar de origen una colonia de compatriotas que, si bien suavizará el traspaso, llevará a que nunca se integre verdaderamente.

Es muy frecuente que los que se van tengan incluso serios desajustes cuando vuelven temporariamente. El lugar del que se fueron ya no es el mismo. Se fueron llevando en su cabeza una “foto” del lugar que dejan, el cual, como es dinámico, siguió modificándose. En ese sentido el país no es un “muerto” tradicional, el objeto del duelo sigue vivo en otra parte y cambia.  Ese fotograma no les permite registrar que la película aquí siguió corriendo, que hubo otras escenas y que la foto que vienen a buscar, cuando ellos llegan ya no esta. Como escribió un paciente”Me imagino a la nostalgia como un espejismo. Lo vemos ahí, clarito, casi lo podemos tocar, pero siempre termina desvaneciéndose. Es al pedo intentar “recrear” lo que nos genera nostalgia. Ya fue, pasó y no volverá. La nostalgia son recuerdos de nuestro pasado, imágenes, olores, paisajes, sonidos. Pero irremediablemente quedan en el pasado y en donde no estamos. Si estamos acá tenemos nostalgia de nuestro pasado en Argentina, si estamos en Argentina tenemos nostalgia de XXX” …. “no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió”.

¿Ocurrió realmente lo que añoramos, o con el tiempo se convirtió en una idealización? ¿Será por eso que soñamos con volver, pero ya en Ezeiza tenemos ganas de tomarnos el primer vuelo de vuelta?

Vuelven y el caserón de la esquina (o su casa natal) fueron demolidas, los amigos ya no se juntan todas las semanas, dejó de tener vigencia algún giro idiomático que continuaron usando, etc. Esto los hace darse cuenta que el lugar que extrañan solo existe en su memoria y que lo que añoran no es recuperable, lo que suele ser fuente de un dolor muy profundo. Se sienten extranjeros donde creían no serlo. Por otra parte no siempre encuentran comprensión en los que quedamos en la Argentina. Si hablan de sus dificultades, muchas veces disparan una competencia “victimosa” entre lo mal que se esta en la Argentina en comparación con la muchas veces idealizada realidad de otros países.  Si mencionan algo que les desagrada de aquí, suelen generar un frente opositor ya que cuestionar, objetar o criticar cualquier aspecto del  país o la ciudad, parece ser patrimonio exclusivo de sus residentes y se supone que quien se fue pierde ese derecho.

Trascribo textuales palabras de un paciente en un foro de argentinos en un país extranjero:

“Las comparaciones son odiosas!. Ya esta, ya lo aprendí, ya lo se, ni siquiera después de la quinta botella de Luigi Bosca, me tengo prohibido hacer menciones del estado de las baldosas, de la cacona de los perritos en la calle, etc. A menos que quiera disparar una discusión sin fin, que termina a los gritos y recaliente. Con el tiempo creo poder entender el porque: Yo necesito justificarme porque me fui, o por que me banco estar afuera (con lo bueno y con lo malo). Ellos necesitan justificarse porque se quedaron, o por que se bancan quedarse (con lo bueno y con lo malo).”

Quien regresa por eso muchas veces también se siente solo aquí, no puede hablar de lo que le duele ver en  su lugar de origen, de las dificultades que encuentra en el país de acogida, tampoco mostrarse tan contento que dispare la envidia o que sea entendido como desprecio. A quien ha perdido o ha renunciado al vínculo con su origen o identidad social, cultural o nacional  el diccionario de la Real Academia Española lo denomina un descastado, poniendo el acento en esto de quedar por fuera de todo grupo. Soledad aquí y soledad allá.

El que se va atraviesa todas las etapas de un duelo clásico: shock, negación, tristeza, enojo y finalmente aceptación o adaptación. Al igual que lo que sucede en otros duelos, estas etapas, salvo la primera y la ultima no son lineales y sucesivas, se recorren y se traslapan,  con idas y retrocesos, como el juego de la oca.

Puedo distinguir en mi experiencia tres etapas necesarias para volver a empezar con posibilidades de éxito en otro lugar:

La primera es la aceptación de lo que ya no es, terminar el duelo, dejar la nostalgia y la remembranza. Terminar el duelo por el lugar de origen llevará a encontrar un punto de equilibrio entre idealizar lo anterior y defenestrarlo. Tanto para  hundirlo como para elevarlo sigo mirando a mi lugar de origen más que  al de acogida. El lugar donde alguien creció pertenece al pasado, pero algunas cosas es necesario soltarlas para recomenzar.  Ningún duelo esta bien resuelto si no se pone lo perdido en proporción: ni un paraíso ideal ni un  infierno desastroso, solo un país con sus aspectos buenos y malos. De su lugar de origen trae hábitos, vínculos, etc. que en algunos casos podrá mantener y otros no. Es necesario encuadrar de un modo razonable el mundo pasado, ni tan aferrado que resulte obstinado y anacrónico, ni tan desapegado y rechazante que parezca una huida defensiva. La aceptación está  lograda cuando alguien puede recordar el pasado en su justa medida sin sobre o sub dimensionarlo, sin tener que compararlo todo el tiempo con el lugar actual. Al igual que en cualquier otro duelo lograr  el punto de equilibrio entre la amnesia lo que ya no esta y la fijación a los recuerdos impidan vivir plenamente el presente.

La segunda etapa es el “arqueo de caja”: exige que la persona haga  un balance de las condiciones actuales propias y del ambiente. Es el momento de preguntarse ¿con que cuenta?, ¿que recursos tiene y registra y cuales no registra tener, aunque otras personas digan que tiene? ¿Cuál es su verdadero potencial y que podría ejercitar para alcanzarlo? Es ideal poder transitar esta etapa habiendo completado la anterior, aunque muchas veces los tiempos y las presiones del afuera no lo permitan y ambas se superpongan, mezclen o alteren. Aquí se juegan la autoestima, las seguridades e inseguridades con las que creció, las expectativas que tenga sobre si mismo y las que otros tengan sobre él  si se hiciera cargo de ellas. Tener claro cuales son o fueron las razones de la decisión de irse, mas allá de la aprobación o no que se reciba del entorno. Transitar correctamente esta etapa lleva a reconocer con que recursos cuenta para sostener el cambio en el tiempo.

La tercera etapa es la de reordenarse en un proyecto posible. Esta etapa no depende solo de la voluntad individual sino también de poder evaluar que relación tienen sus recursos con las posibilidades y necesidades que detecta en el ambiente, descubrir que “nichos ” ofrece el medio. Es importante poder deshacerse de las fantasías  que aquellos que quedaron en el país proyectan sobre el que partió, para que la evaluación de posibilidades se adapte a la realidad. Encontrar quien se es aquí y ahora, con estos recursos y estas necesidades actuales y en este lugar concreto. Darse cuenta que  ahora puede y necesita algo diferente de lo que alguna vez pudo o necesitó. Diferente, no mejor o peor, solo distinto. En esta etapa se juegan la creatividad  (adaptar experiencias anteriores a situaciones nuevas, como en el arte se ordenan las mismas notas musicales de otro modo para llegar a nuevas melodías o con los mismos colores se pintan cuadros diferentes) y la plasticidad ( la posibilidad de no rigidizarse en lo conocido para poder adaptarse a lo nuevo) Además de poner energía para reinsertarse es probable que en esta etapa tenga que luchar contra fantasmas propios y ajenos: los prejuicios, el miedo y la duda que trae y que recibe.

Cada una de estas etapas representa una crisis y como tal comporta sus propios riesgos:

En la primera: idealizar el recuerdo, pensar que “todo tiempo pasado fue mejor” y por lo tanto tratar de “calzar” la nueva experiencia en el modelo de la anterior o defenestrar lo anterior, por lo que nada de lo aprendido antes sirve y por lo tanto el esfuerzo es enorme porque se empieza de cero.

En la segunda: focalizar en mis “debilidades” más que en mis “habilidades” y/o ponerme pesimista con relación al entorno, viendo solamente el medio vaso vacío. No es posible construir con lo que falta o lo que debería haber; con mejores o peores materiales, solo puede edificarse algo con lo que hay.

En la tercera: ser derrotado por mis prejuicios o los ajenos, sobre lo que ya no estoy en condiciones de hacer o sobre lo que debería hacer aunque no pueda. También fracasará quien intente cargar al nuevo lugar expectativas imposibles que conduzcan a frustrarse inevitablemente.

La persona que se fue del país necesita aun más que otras poder expresarse en un espacio donde sea escuchada, comprendida y no juzgada. En ese sentido una terapia resulta muy beneficiosa.

Las temáticas mas frecuentes además de la soledad, la dificultad de integración y la perdida son la pareja y la sensación de ser un paria social (connotación peyorativa del extranjero como extraño) y la discriminación. Tanto en muchos lugares de Europa como en otros de Estados Unidos, los argentinos “latinos y sudacas” somos descalificados y debemos enfrentar una serie de prejuicios negativos bastante generalizados. El saber que existen prejuicios culturales en su contra, es otro factor que conspira para que puedan elegir terapeutas locales en los cuales confiar. El tener un terapeuta argentino permite hablar de aquello que no con cualquiera se puede expresar, incluso aquellos que emigraron y trabajan sin papeles suponen que no es seguro compartir esto con un profesional que si es un ciudadano y podría denunciarlos. No se hasta que punto esto es real o responde a la situación paranoide que genera ese nivel de marginalidad.

  

En cuánto a la pareja, las personas que se van desde aquí en familia o pareja, si bien tienen la ventaja de sentirse menos solas al principio, someten a la pareja a enormes tensiones que esta no siempre resiste. El otro cumple múltiples funciones (relevo con los hijos, paño de lágrimas, confesor, compañero de aventuras, desventuras,  de compras, etc.) Esta multiplicidad de roles seguramente en el lugar de origen se repartirían con amigos, familiares, colegas y/o vecinos. A su vez es un otro que también esta sobrecargado por la misma situación de migración y soledad, con lo cual el peso del pedido reciproco es enorme. Esta pareja cierra demasiado sus fronteras externas y esta formada por dos personas en duelo, por lo que corre severos riesgos. La pareja sometida a este stress o sale fortalecida o se rompe, pero en este ultimo caso, tomar la decisión de separarse también es muy difícil. Si se fueron juntos para armar un proyecto de vida y cuando están allá, la relación no funciona, enfrentar sin redes de contención la frustración, el vacío y la perdida que esto implica no es fácil. Separarse siempre es difícil, hacerlo estando solo es heroico!

Por otra parte, si se llega a una separación, es muy frecuente que aquel integrante de la pareja menos adaptado al lugar plantee volverse, lo cual si hay hijos implica un dilema de difícil solución. Para esas parejas, el divorcio es doblemente costoso porque muchas veces saben que separarse implica no poder ver a sus hijos por años.

Otra alternativa es la de armar pareja con alguien que proviene de otra nacionalidad. Esto  implica incluir el choque cultural en el ámbito familiar, paradójicamente la familia pierde la condición de “familiaridad” y deberá generar sus propias tradiciones que no impliquen las del lugar de origen de alguno de ellos ni las del de acogida, sino alguna combinación de estas . Una familia de una argentina y un italiano que vivían en Canadá, festejaban el día de Acción de Gracias con un asado y tiramisu!!

Cuando este tipo de parejas entra en crisis en un lugar donde ninguno de ellos  nació, tienen por lo general poco soporte en el entorno. La más común  de las maneras de enfrentar esta crisis en parejas de nacionalidades distintas, es que emigren al país de origen de uno de los miembros de la  pareja), este es un caso bastante común y que trae problemáticas adicionales que son:

– asimetría (uno esta en un lugar familiar y sintiendo el enraizamiento del reencuentro, el otro esta de duelo por la emigración. uno tiene amigos y familiares, el otro esta solo) Esta asimetría rompe la situación “pareja” de una pareja y de algún modo el local asume roles paternales, de guía, orientador o de interprete de el que no nació allí, estableciéndose una dependencia que afecta negativamente a ambos

– sobre exigencia: el nativo del lugar suele sentir la responsabilidad de facilitar la adaptación del otro. Al asumir el rol de representante del lugar y haber sido el propiciador de esa migración muchas  veces se siente culpable si las cosas no van bien.

– pase de facturas: por lo mismo que a uno de ellos se le adjudica la representación del lugar, como contracara de su exigencia, el “visitante” muchas veces intenta adjudicarle al otro la culpa de todo lo que esta mal, cobrándole sus frustraciones y dificultades como si fuesen su responsabilidad.

– presión del entorno: muchos los amigos y familiares del local tratan de ayudarlo a que su pareja se adapte, tratan de ayudar a que aprenda  el idioma y que se sienta bien, a veces en demasía. El recién llegado, que esta haciendo el duelo, no soporta tanta presión y termina o bien rechazando todo o bien aceptándolo masivamente, sin poder en ninguno de los casos digerir lo que recibe y seleccionar de esto lo que le sirve y lo que no. Otros no toleran la falta de familiaridad y muestran en mayor o menor medida comentarios o actitudes racistas o xenófobas que resultan hirientes para ambos.

Cuenta un paciente que recuerda  que “uno de los motivos por los que yo me quería ir de Argentina cuando estábamos con mi pareja era que comenzaba el tema de la inseguridad, y yo no me podía bancar la idea de que no solo le pase algo a ella, sino que le pase en mi país, cosa que en otra parte, si bien tampoco la deseaba, no tenia la carga de que sea mi país”

Lo mismo sucede si alguien que proviene del extranjero formo pareja con un habitante del lugar, si todo marcha bien facilita la adaptación, pero en caso de que no, la asimetría agudiza el conflicto

Volviendo al recurso de la atención telefónica, si bien resulta muy útil también tiene limitaciones: niños, pacientes con problemas de audición, muy desbordados, con patologías graves, impulsos severos de auto o hetero agresión, no pueden atenderse con esta modalidad. Tuve algunas sesiones de parejas exitosas con esta modalidad, me cuesta imaginar una de familia o con adolescentes aunque no estoy segura que no sean posibles. Seria cuestión de intentarlo!!

Sin embargo  además de limitaciones, tiene ventajas que los mismos pacientes devuelven y que comprueban investigaciones con mayor casuistica que la mia: The Journal of Consulting and Clinical Psychology <http://content.apa.org/journals/ccp

Un estudio publicado en la edición de abril del Journal of Consulting and Clinical Psychology, encontró que cuando los pacientes recibían psicoterapia telefónica breve poco después de comenzar a tomar antidepresivos, los efectos positivos (como una mejora en los síntomas de depresión y satisfacción con su atención) continuaban hasta 18 meses después de la primera consulta telefónica.”Este estudio es el mayor hasta la fecha sobre la psicoterapia administrada por teléfono, con más de 400 pacientes. También es el primero en estudiar la efectividad de combinar la terapia telefónica con el tratamiento con antidepresivos como se ofrece en la práctica médica cotidiana”, afirmó en una declaración la principal autora del estudio, Evette J. Ludman, investigadora principal asociada del Centro de salud grupal para estudios de salud en Seattle.

.La psicoterapia telefónica –aseguran los especialistas en la edición del 25 de agosto del Journal of the American Medical Association- abre un nuevo camino http://jama.ama-assn.org/ El estudio con 700 pacientes realizado en la ciudad estadounidense de Washington reveló que el 55 por ciento de las personas encuestadas mejoraron sus síntomas luego de iniciar un tratamiento con antidepresivos orales, pero cuando se agregaron ocho sesiones de terapia telefónica, el 80 por ciento aseguró sentirse significativamente mejor. En este caso, si bien se trata de una muestra mayor que en el anterior estudio, a mi criterio hablaríamos de asistencia, ya el promedio fue de 8 sesiones, más que de una psicoterapia propiamente dicha, con el concepto de proceso que manejamos en Gestalt. Esto se asemeja mas a los sistemas de asistencia telefónica para crisis y urgencias que existen en la Argentina. Trabaje en mis inicios en la profesión hace mas de 20 años en uno de ellos (Telesalud a cargo de Graciela Peyru) y me sirvió en su momento para “foguearme” en resolver lo que apareciese, conteniendo y derivando  cuando era posible.  “No creemos que el teléfono sea mejor de ninguna manera que la psicoterapia tradicional -explicó el psiquiatra e investigador de salud mental del Group Health Cooperative de Seattle y autor del estudio, doctor Gregory Simon-. Pero esta estrategia era para pacientes que no acudían a ningún otro tipo de terapia”.
El profesional añadió que “esta asistencia telefónica permitió resultados mucho mejores para aquellos que no recibían psicoterapia”. Una de las razones por las que Simon consideró que la terapia telefónica ayudó tanto, fue porque las personas tenían mayores probabilidades de seguir con ella. Con la psicoterapia estándar, según el psiquiatra,  “las personas deben estar motivadas para continuar con el tratamiento. Deben estar dispuestas a encontrar un terapeuta, luego pedir las citas y finalmente acudir a ellas regularmente. El problema es que las personas deprimidas no están para nada motivadas. La mayoría se siente desanimada”. Estas conclusiones a las que arribaron con pacientes deprimidos www.respuestasaladepresion.com/ultimasnoticias/psicoterapiatelefonica.php , puedo extrapolarlas sin problema a personas que emigraron.

Mis modestas estadísticas tienden a coincidir con él, no creo que sea lo mejor, pero a veces es lo posible y otras es una etapa necesaria. Muchas veces es también el recurso de aquellos que si no, no tendrían ningún tratamiento. Como parte del contrato que establezco con estos pacientes si es posible  tenemos sesiones presenciales cuando vienen a la Argentina de visita o si diera el caso de que yo viajase a sus lugares de residencia. De todos modos adhiero a esta metodología no solo porque crea que, como dice el viejo refrán popular “lo mejor es enemigo de lo bueno”, sino porque le encuentro reales ventajas no obstante le reconozca que tiene  las limitaciones que antes describía.

La sesión telefónica crea clima de intimidad y posibilita el darse cuenta tanto o más que en la terapia presencial. Si bien es más lenta la elaboración cuando solo se escucha, como contrapartida a muchos pacientes les resulta más fácil tocar algunos temas con un terapeuta al que no ven. Es frecuente que abran temáticas o emociones que no se atrevieron a plantear en sesiones presenciales conmigo o con otros terapeutas. En este sentido la distancia no solo no es un problema sino que ayuda, creando una sensación o de anonimato o de inimputabilidad, que propicia un clima de “confesión” mayor que en el cara-a-cara.

También aparecen temáticas diferentes no solo ligadas a la nueva situación sino al mismo medio telefónico. El tener que transmitir lo que me sucede a alguien a miles de kilómetros y querer que entienda, obliga a ser muy preciso en la descripción emocional, ya que esta no puede ser acompañada por gestos o ademanes. Esto a su vez requiere de una gran concentración en lo que se esta sintiendo. La necesidad de focalizar en la propia emoción con precisión hace que emerjan con mayor claridad situaciones pendientes que en otras situaciones quedaban en el fondo.

Todos los pacientes refieren el efecto tranquilizador de la voz conocida, cuentan que el miedo y la ansiedad disminuyen cuando hay una voz que esperan del otro lado. Creo que esto remite a vivencias muy primarias, llamar y que alguien acuda, la verbalización habitual es del tipo “me tranquiliza escucharte y saber que estás”.

Aprenden a escuchar y escucharse, no solamente a oírse: esto redunda en beneficio de sus relaciones en general y de sus vínculos de intimidad sobre todo.

  

Esta terapia no tiene fronteras, puede hacerse dondequiera que el paciente este y dondequiera que el terapeuta este. Por eso es útil para pacientes que viajan mucho (que trabajan en líneas aéreas, navieras, giras y conciertos o negocios globalizados) Me permitió continuar trabajando aunque estuviese en cama y podría hacerlo estando de viaje en otra parte.

Como terapeuta me obligó a mejorar algunos recursos para el dialogo, la contención y la orientación (psico- educación). En general no es fácil hacer ejercicios vivenciales por teléfono, aunque se pueden coordinar   fantasías guiadas, y prescribir lo que en terapia presencial serían “tareas para el hogar”. Trabajar con quien no veo, ni me ve, ni puedo tocar, me obligo a crear recursos nuevos para resolver situaciones y en ese sentido a desarrollar la siempre perfectible creatividad terapéutica.

Como ya dije tuve serias dudas antes de empezar y al inicio lo plantee como una prueba a aquellos pacientes que me lo pidieron. Sabia en teoría que frente a la perdida de algún sentido se agudiza otro, pero como en las terapias vivenciales experimentamos en carne propia lo que  hacemos antes de hacerlo con otros, comencé viendo que me pasaba a mí cuando contaba algo intimo por teléfono, que necesitaba del que me oía, que cosas no me hacían sentir escuchada,. Registre y aprendí.

Me fui animando y arriesgando de a poco. Después de años en los que solo atendí por teléfono a personas que habían sido antes pacientes míos por un tiempo largo, me propusieron como terapeuta de una argentina que iba a estar dos meses en Buenos aires y luego volvía a Estados Unidos. Lo que en un principio iba a ser solo un intensivo de dos meses,  término siendo una terapia telefónica de un año primero y de un año y medio después de una interrupción de un semestre.

Después tuve una paciente presencial que insistía en que atendiese por teléfono a un familiar suyo a quien yo no conocía y me negué a hacerlo sin antes verla, aunque más fuese alguna vez. Tiempo después  esta persona vino a Buenos Aires, nos encontramos, tuvimos solo algunas sesiones, volvió a Europa donde vive y continuamos su tratamiento por teléfono. Así pase de atender a mis pacientes de años cuando emigraban, a tomar nuevos pacientes que ya habían emigrado, como pacientes presenciales por pocas sesiones durante sus visitas a Argentina y continuar el tratamiento por teléfono. Tenía como requisito al menos conocerlos antes. Derivados de pacientes o colegas, hubo unos cuantos en estas condiciones.

A partir de un curso que fui a dictar en el exterior, surgió la oportunidad de atender por teléfono como pacientes a personas que solo había visto allí como alumnos, pero con los que no había tenido un contacto previo terapéutico. Nuevamente probé, en este caso atendía a personas que conocía  de vista,  pero con las que nunca había tenido sesiones presenciales. En cuanto a la temática estos no traían el duelo de los inmigrantes, sino la paranoia de no poder sostener una terapia, siendo personajes con un rol destacado y “conocidos”, en una ciudad pequeña. Este trabajo se parece más, por los planteos que hacen a otro en el que tengo más experiencia, que es el atender pacientes del interior del país. Solo que en este ultimo caso, yo suelo hacerlo alternando sesiones presenciales con telefónicas, con una frecuencia que depende de la distancia con Buenos Aires y de la posibilidad del paciente de viajar. Estos pacientes que ahora me llamaban, viven en el otro extremo de Sudamérica, por lo que  las sesiones presenciales no resultan demasiado posibles. Los argentinos en el exterior suelen volver, salvo que por algún motivo no puedan, a visitar amigos o familiares. Que estos pacientes latinoamericanos vengan a la Argentina serían una circunstancia excepcional, como lo fue mi ida allá.

 

Últimamente di otro paso adelante y estoy atendiendo a alguien a quien nunca vi en persona, intercambiamos fotos a través de Facebook,  se que cara tiene y conozco su voz. La experiencia esta resultando increíblemente productiva, pero no lleva el tiempo suficiente como para hablar de los resultados de ella.

Mientras recorría este camino, mis aprendizajes y entrenamientos personales continuaban, no me limite solo a explorar la intimidad por teléfono. Durante meses hice clases de gimnasia y yoga con ojos cerrados, dejándome guiar solo por la voz del otro. También escuchaba música centrándome en las sensaciones, los ritmos, los timbres, las intensidades. Recordé que cuando Joseph Zinker estuvo en Buenos Aires sugirió que los terapeutas, para entrenar la captación de lo que veían más allá de las palabras,  podían ver películas en un idioma desconocido sin subtítulos e hice algo parecido: escuchaba películas sin verlas. Aprendí a captar la emoción prescindiendo de las caras, solo escuchando al actor o a la persona. Fui a funciones de teatro ciego, hice caminatas a la luz de la luna y navegación nocturna en veleros. Empecé a intentar en espacios públicos descubrir características de edad, cultura y hasta tipos físicos de alguien a partir de la voz y de poco el instrumento se fue afinando. En general en, por ejemplo un restaurante, puedo descubrir la edad de una persona, si es gorda o delgada, ágil o torpe, si esta tensa o apurada o relajada con solo escucharla. De todos modos, vea o no al otro, sé que salvo la apariencia, muchas de esas “observaciones” son imaginarios que deberé chequear, tanto  si el otro está enfrente como si está del otro lado del mapa.

 

Nos guste o no, el mundo ha cambiado. La globalización que como decía  el sociólogo catalán Manuel Castells en una entrevista en el diario El País,”implica que el núcleo básico de la economía tiene la capacidad de funcionar cotidianamente como una unidad en un ámbito planetario, a través de sistemas de información telecomunicados y de redes de transporte informatizadas”. Son múltiples las actividades que se han visto afectadas por la globalización: la ciencia y la tecnología, los medios de comunicación, los servicios financieros, el arte, el turismo, etc. y es por lo menos ingenuo pensar que de algún modo esto no afecte a la psicoterapia. Si bien lo que se globaliza es la economía, el cambio se traduce en lo concreto en migraciones de millones de personas y tiene por tanto consecuencias en lo social, demográfico y obviamente en el ámbito de lo psicológico. El emigrante es aquel que con mayor o menor posibilidad de elección deja atrás un país, una cultura, una sociedad determinada, y necesitara adaptarse a otras reglas socioculturales. Este es un fenómeno creciente que demanda de aquellos interesados en la salud respuestas creativas para mejorar la calidad de vida de aquellas personas que se alejan de su lugar de origen. Después del corte radical que implica el partir (no siempre con tiempo para meditar la situación y muchas veces  más con carácter de huida desesperada que de verdadera elección) la persona pierde, junto con el desarraigo cultural una parte importante de su identidad.

Según los estudios realizados por la chilena Ana Esteban Zamora en  « El desarraigo como vivencia del exilio y de la globalización”: “Lo que se produce en el exiliado es un choque cultural al principio de llegar al nuevo país, pasando después a una desestructuración y progresiva pérdida de la identidad, para finalmente conseguir un “amoldamiento” cultural. Pero, aunque si bien es cierto que en gran medida la identidad de origen se pierde, se gana una nueva, esto es, se enriquece la antigua, se pierden unos aspectos introduciendo unos nuevos (los del país de acogida) que darán lugar a una mayor integración en la sociedad receptora.” En este proceso de adaptación al país receptor van a entrar en juego tanto las características personales (soportes, sistema de creencias, expectativas, plasticidad, etc. del que emigra) como las características de la sociedad que lo recibe en cuanto a prejuicios, aperturas, espacios creados o no. etc. Este es el momento en que los que emigran necesitan mas ayuda, pero obviamente y dependiendo de cada uno, de su estructura y de lo que le vaya sucediendo  no es necesariamente el único. Consultan recién emigrados y emigrados hace años. También, y nadie lo sabe mejor que los argentinos, que “descendemos de los barcos”, una masa critica de inmigrantes tiene una acción transformadora sobre su lugar de acogida.

Emigrar es rehacerse, desestructurarse y volver a empezar. Al igual que en la otra de las temáticas que me apasionan, la de las familias ensambladas, el hilo conductor es la reconstrucción. Como decía Fritz Perls antes que el concepto de resiliencia fuese adoptado por los terapeutas “Vivir la muerte propia y renacer no es fácil”. El problema es mi naturaleza osada, nunca me interesó lo fácil y busco el desafío. Este es un relato de uno de los guantes que he recogido en la vida.

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