La Farsa de la Psicología Moderna

   

La farsa de la psicología moderna que nos promete resolver nuestros problemas

Hace tiempo ya que los tópicos de la psicología son de dominio público. ¿Que hay de veracidad en todos aquellos “consejos psicológicos” que compartimos?

“Esto es dedicado para Sigmund Freud y Judit Butler”, dice Residente en su nuevo video musical “Sexo”, en el que hace uso de aquello que está al alcance de todos, la cultura popular —o en todo caso a esta aparente democratización y digitalización del conocimiento acumulado en las culturas—. El video es innegablemente divertido, casi tanto como el tema —bueno, Trump también era divertido en ocasiones—, pero ya que estamos, vale preguntar:

a) ¿Tiene razón Residente? ¿Todas las acciones son motivadas por la búsqueda de sexo?  Sí y no, si nos atenemos a que en la teoría psicosexual de Sigmund, el sexo es una especie de espina dorsal, algo inevitable más que un objeto a conseguir;

b) ¿Es esta manifestación, así como otras, acercar la psicología a ámbitos ajenos a la misma, o sólo es el remanente vago de una idea sin marco teórico? Lo olvidábamos, Residente: el marco teórico es una excusa para tener sexo.

II

¿Cuál es el ciclo que enfrenta la psicología en tanto se independiza y pasa de ser relegada a formar parte de la cultura de masas? Si bien el psicoanálisis fue la estrella magna que acaparó la segunda mitad del siglo XX —en la que ahora brillan las neurociencias— todas las corrientes, escuelas y teorías pasaron de ser objetos de laboratorio u conceptos a ser alimento de miles de individuos, ansiosos por encontrar una medicina reparadora o explicativa.

   

Esto sucede con todas las disciplinas, pero es en la psicología en la que quizá más se manifieste. ¿Por qué? Porque la psicología es religión en sus formas, y ocupa o disputa su sitio: es enigmática, es velada, ambigua, pero ofrece soluciones, a partir de una indagación de la que abominan algunas doctrinas religiosas. Todos estamos constituidos por Quarks, pero a nadie le importa un comino su constitución cuántica, excepto cuando fallece Stephen Hawking —cuyo campo de paso, fue la astrofísica y no las teorías cuánticas—. Entonces, ¿cuánto hay de cierto en cada tip psicológico que ofrece una revista de actualidad y cuánto de mera teoría popular?

III

¡Todo un problema psicológico! Veamos una conocido razonamiento popular. Si alguien, ante algún infortunio aduce “todo lo malo pasa por algo, el resultado es la enseñanza”, ¿quién podría objetarlo? Uno acaba aprendiendo.

 

Ahora bien, este infortunio o equivocación —¿ídem?— no es producto ni causa de un Cosmos o destino que busque enseñarnos algo en sí. Al menos, no podríamos asegurarlo. Es algo habitual la asociación de causas y efectos arbitrarios, y muchas veces los estudios que respaldan estas asociaciones sólo demuestran una conexión. Las teorías populares encajan —son lógicas—, ya sean ciertas o no, porque se basan en conceptos unánimemente aceptados, pero eso no significa que sus “remedios” funcionen. Sin una indagación activa por parte de cada receptor estamos a merced de los caprichos del viento.

II

 Una primera aproximación al divorcio de la psicología institucional —científica o conceptual— y la psicología popular es a través de su ciclo biológico de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte, ya que todo tiene su ciclo. Su nacimiento está en los anales filosóficos, crece al acercar su brazo a la ciencia —según el paradigma utilizado—, se reproduce a partir de desacuerdos, se ramifica, y quizá su muerte o resurrección dependa de la muerte y resurrección del sujeto en tanto entidad, pero es tema de otro costal.

   

¿Será, acaso, que la psicología debe ser una mutación fluctuante ante cada nueva investigación, ante cada nuevo acercamiento a los hechos o supuestos, para así salvarse de su devenir?¿Utilizar el modelo de su ciclo en cada abordaje? Filosofía al alba, método por las tardes, pregonera por las noches, revisionista antes que nazca el nuevo día. Quizá seguir este modelo sea un primer atisbo de esclarecimiento, deber de todo divulgador. Porque, ¿cuáles son los límites de la psicología? La psicología como estudio del comportamiento no puede cerrar ninguna puerta, ninguna posibilidad.

   

Debe contemplarlo todo, en tanto las causas posibles de lo que pasa, sean múltiples.He ahí su debilidad y fortaleza; es Troya y el caballo con soldados en su vientre. Trata procesos inherentes a nuestra especie, sean fenomenológicos o incidentales, cuyo trofeo mayor —la mente— es el instrumento de trabajo analítico de otras ciencias. Trabaja, a fin de cuentas, con aquello que existe en la subjetividad —LO inconsciente en el hombre existe, y existirá, aún cuando se refutara fácticamente la existencia de EL inconsciente freudiano—.

III

Ahora, en caso de ser receptores de todo bagaje psicológico y consumidores de información psicológica, ¿cómo discernir lo válido de las hipótesis populares, de los constructos que nos rodean? El hombre es proclive a construir, a edificar teorías, estructuras, relatos, no importa que tan fehacientes sean los cimientos que utiliza. Para decirlo de una manera brusca: un hombre, una mujer, pueden convivir toda su vida con una religión, una familia, o una concepción que no les sean propias, incluso que les hagan daño, en tanto estas instituciones los cobijen. ¿Y los cobijen de qué?

 

De la soledad, claro, de la intemperie. ¿Cómo no habría de adoptarse, entonces, una novedosa y seductora “formula de la felicidad” respaldada en supuestas “teorías psicológicas”?

Es cierto que la gente sabe mucho más de psicología que antes. Se ha pasado de ver a la psicología como un “tratamiento para locos” a una herramienta más, y de “ir al psicólogo por derivación médica” a indagar sobre la orientación psicoanalítica o cognitiva de quién nos va a tratar. Pero es cierto que también la psicología aún, en muchas ocasiones, es una especie de territorio astrológico. ¿Cómo discernir información? Posiblemente, detenernos en estas diatribas sea un primer paso necesario.

IV

Una última reflexión con base a la divulgación del conocimiento académico. Una de las cunas del conocimiento científico fue el antiguo Egipto —¿y qué sería de éste sin las prácticas mágicas? Cosa que no quiere decir que éstas lleven razón—, el conocimiento era preservado arbitrariamente y la

divulgación era una herejía —herejía ante muchos dioses a la vez, para peor—. Este elitismo odioso es contrario al espíritu de toda institución universitaria moderna. A su vez, en la actualidad, el conocimiento no va mucho más allá de las instituciones, y cuando éste sale de ellas deviene, por lo general, en material a transformar por las sociedades, en las que muchas veces se pierde o resignifica. Esta resignificación, en tanto, puede ser importante ante los ojos abiertos de la psicología, pero la perdida ocurre. Esto que parece insalvable quizá sea problemática de divulgadores o filólogos, irresoluble para los estudiosos de la psique. Pero, quizás, esta falibilidad nos diga otra cosa: la psicología es el ámbito de lo uno. Está en el detalle, en el que no se encuentra Dios —que siempre estuvo en las grandes generalizaciones, al contrario de lo que se piensa—; en la excepción. Los artículos de psicología de las revistas de actualidad no nos hablarán en primera persona. ¿Habrá alguna vez una teoría psicológica del todo? Mientras tanto, ¡viva la diversidad!

El habito de Posponer – Procastinar

 

 

EL HÁBITO DE POSPONER

¿Por qué siempre deja para mañana lo que puede hacer hoy?

Carlos Iñón, AGOSTO 1997

 SÍNTESIS BASADA EN EL LIBRO El Hábito de Posponer

de las DRAS. JANE B. BURKA y LEONORA M. YUEN

 

INTRODUCCIÓN al Hábito de Posponer

Las imágenes que ilustran la portada no son azarosas. Intentan mostrar cómo se siente o actúa una persona que posterga. Se pueden hacer algunas asociaciones:

 

  • haciendo equilibrio en la cuerda floja;
  • indeciso, dubitativo, apesadumbrado;
  • disminuido, caído, recortado;
  • pescado, enganchado;
  • tapado de papeles, actividades y obligaciones;
  • colgado de la rama y
  • sorprendido en falta, poniendo excusas

ACLARACIONES NECESARIAS

  • El hábito de postergar es un mecanismo de defensa ante el miedo y la angustia.
  • Priorizar y postergar no es la misma cosa. Priorizar es dar un cierto orden cronológico y de importancia. Postergar es no hacer
  • No postergamos en todos los aspectos de nuestras vidas, sólo en algunos.
  • Cambiar el hábito de posponer es un proceso gradual que lleva su tiempo.

 

El libro y también esta ficha, se divide en dos partes: 1) Comprender el hábito de posponer y 2) Cómo superar el hábito de posponer.

PRIMERA PARTE:

COMPRENDER EL HÁBITO DE POSPONER

 

¿Posponer es un estorbo o un castigo?

Posponer. La palabra puede asociarse a alguna imagen. ¿Cuál se le ocurre?. ¿Es una persona disfrutando, acostada en una hamaca paraguaya y tomando una cervecita?. O bien es un escritorio tapado de papeles, los amigos a los que hace años no llamo por teléfono, exámenes o presentaciones preparados a último momento, un proyecto que todavía espera por su realización (arreglo doméstico, carrera profesional, tarea laboral, tratamiento médico, etc.).

¿Qué respondería a la pregunta del título?. Si a mi me preguntaran, contestaría que las dos cosas.

¿Cómo puedo saber si estoy postergando?

Cualquier persona puede ser postergadora. Puede ser joven o vieja, talentosa o mediocre, exitosa o no en su profesión. Esta conducta no discrimina en virtud de raza, credo o sexo.

Postergar, según el diccionario, es “aplazar una acción, demorar, posponer hasta otro día u otro momento. La postergación es la conducta de posponer o postergar. Lo que diferencia a la postergación inofensiva de la problemática es cuán pesado a uno le resulta su posponer.

Existen dos maneras en las cuales la postergación puede ser conflictiva: 1) el demorar asuntos puede tener consecuencias externas, leves o severas. Desde una multa por devolver tarde un libro a la biblioteca hasta perder un trabajo o arriesgar un matrimonio. 2) las consecuencias internas para personas postergadoras se refieren a sentimientos que van desde una ligera irritación hasta una profunda autocondena, desprecio y baja autoestima.

 

Las personas que conocen sus límites no corren el riesgo de angustiarse cuando no pueden cumplir con todo. Se hace lo mejor que se puede, pero no se puede hacer todo. Por el contrario, hay personas para las cuales el hábito de postergar ha tenido consecuencias nefastas. Por dentro, se sienten desdichados. Se sienten frustrados y enojados consigo mismos porque su postergación, que puede ser un secreto bien guardado, les ha impedido hacer todo lo que ellos creen que son capaces de hacer. En consecuencia, aunque parece que hacen las cosas bien, sufren.

Para aquellos o aquellas que se sienten a merced del hábito de postergar, la cuestión no es broma. Ejemplo 1: Henry, un contador de 45 años de edad, ya perdió dos trabajos y está a punto de perder un tercero. En uno de ellos esperó tanto tiempo en empezar un complejo trabajo de auditoría que para conseguir una semana extra de tiempo le dijo a su cliente que su esposa se encontraba enferma en el hospital. El cliente, ansioso por el trabajo llamó a casa de Henry, con tanta mala suerte que atendió la esposa. Ignorando la mentira de su marido, contestó con sorpresa las preguntas sobre su salud. El cliente informó de la situación al jefe de Henry. Nuestro contador fue despedido.

Ejemplo 2: La esposa de Brian, llamada Linda, le inicia juicio de divorcio después de 14 años de casados. Linda se cansó de esperar que Brian encaminara su vida. Él estaba siempre ocupado pensando en nuevas ideas que lo harían progresar como comerciante independiente, a pesar de que nunca llevó estas ideas a la práctica.

Ejemplo 3: Susan, una abogada que fue demandada por un cliente porque no preparó el caso a tiempo para comparecer ante el tribunal. “No sé qué me pasó. Sabía la fecha de presentación, pero me demoré recopilando material. Finalmente, esa mañana hice unas pocas anotaciones, pero no había hecho investigación de fondo”. Por problemas similares con otros clientes, Susan corre el peligro de ser excluida del ejercicio de la profesión para siempre”.

EL CICLO DE LA POSTERGACIÓN

 

Muchas personas comparan la experiencia de la postergación con vivir en una montaña rusa emocional. Su humor sube y baja. Al comenzar un proyecto y trabajar en su ejecución, los postergadores se someten a una serie de pensamientos, sentimientos y conductas tan comunes que se lo denomina Ciclo de la Postergación. La duración del ciclo es muy variable según la persona, pueden ser momentos, semanas, meses o años.

 

1) “Comenzaré temprano esta vez”. Al principio, la esperanza. Esta vez se hará de manera sistemática y sensata. A pesar de sentirse incapaces o renuentes a empezar ya mismo, creen que el inicio ocurrirá espontáneamente, sin esfuerzo de su parte. Sólo después de transcurrido cierto tiempo, la esperanza se transforma en aprensión.

2) Tengo que comenzar pronto. Las ilusiones de realizar el proyecto bien esta vez se van desvaneciendo. Los postergadores se sienten ahora empujados a hacer un esfuerzo para hacer algo pronto. Pero, como la fecha límite todavía no es cercana, queda un poco de esperanza.

3) ¿Qué ocurre si no empiezo?. El tiempo transcurre y el postergador sigue sin comenzar. El postergador, imaginando que tal vez nunca comience, puede imaginar consecuencias horribles que arruinarán su vida para siempre. En este momento, la persona puede paralizarse, con una serie de pensamientos dando vueltas en su cabeza que llegan a aturdirla.

“Debí haber comenzado más temprano”: Aparece la culpa, un acompañante permanente del postergador. Se toma conciencia de que el tiempo es irrecuperable. Puede haber constantes lamentos.

“Estoy haciendo todo, pero…”: Se hace de todo excepto el proyecto en cuestión. Ciertos trabajos previamente obviados y menos costosos e importantes, se vuelven irresistibles. Se consuela diciendo: ¡Al menos estoy haciendo algo!. Estas distracciones parecen tan productivas que pareciera que el postergador progresa en el Proyecto. Al final se hace evidente que esto no es así.

“No puedo disfrutar de nada”: El intento es distraerse con actividades placenteras e inmediatamente gratificantes. Cine, amigos, navegación, juegos informáticos, televisión. Aunque tratan de disfrutar, la sombra del Proyecto inconcluso se asoma por delante. El placer desaparece y en su lugar hay culpa, miedo o enojo.

“Espero que nadie se dé cuenta”: Cuando el tiempo pasa y no se hace nada puede aparecer la vergüenza, sentirse avergonzado. Se inventan maneras de ocultar la inactividad. Se procura parecer ocupado. Se inventan mentiras muy elaboradas para justificar la demora. Recibir el pésame por mi abuelita, cuando yo sé que está viva me hace sentir mal. Esta sensación de engaño hacia los demás se suma a las presiones internas y externas que se intensifican a medida que pasan los días.

4) Todavía hay tiempo. A pesar de sentirse culpable, avergonzado o mentiroso, el postergador sigue aferrándose a la esperanza de que todavía hay tiempo. Se espera el mágico alivio que rara vez llega.

5) Algo anda mal en mí. A esta altura, el postergador se siente desesperado. Las buenas intenciones no sirvieron, la vergüenza, la culpa y el sufrimiento tampoco, la fe en lo mágico tampoco. Aparece un miedo más terrible que cumplir o no cumplir: “Soy yo, ¡algo anda mal en mí!”. Siente que algo le falta y los demás lo tienen: autodisciplina, coraje, suerte, inteligencia. Después de todo, ellos sí logran terminar sus proyectos.

6) La alternativa final: hacer o no hacer. En este momento el postergador toma una decisión, eligiendo entre dos alternativas: 1) Abandonar el barco que se hunde; o bien 2) Continuar hacia el amargo final.

 

ALTERNATIVA 1: NO HACER

 

 

1.a) “¡No puedo hacer esto!”. La tensión se volvió insoportable, es imposible en tan poco tiempo. El esfuerzo requerido para salir adelante parece superar su capacidad. Al pensar que el esfuerzo sería demasiado grande, se rinde.

1.b) “¿Por qué preocuparse?”. Simplemente es demasiado tarde para alcanzar la meta esta vez. Ya que no tiene sentido trabajar arduamente, ¿para qué preocuparse siquiera en intentarlo?. La confusión y el desorden se apoderan nuevamente de ellos y ahí paran y no hacen nada más.

ALTERNATIVA 2: HACER – HASTA LAS ÚLTIMAS CONSECUENCIAS

 

2.a) “No puedo esperar más”. La presión se ha tornado tan grande que finalmente es peor no hacer nada que empezar a actuar. Entonces, se resigna a su inevitable destino… y comienza.

2.b) “Esto no es tan malo. ¿Por qué no comencé más temprano?”. Ante su propio asombro, el proyecto no es tan temible como creía. Puede ser difícil, doloroso o aburrido, pero hacerlo representa un gran alivio. Hasta puede haber placer en hacerlo.

2.c) “¡Sólo hay que terminarlo! El final está al alcance de la mano. La carrera es contra reloj. Ya no se preocupa por la calidad de lo hecho, sino sólo por lograr terminarlo.

7) ¡Nunca más postergaré mis cosas!. Cuando finalmente abandona o concluye el Proyecto, el postergador se desploma sintiendo alivio y un extremo cansancio. Se propone no quedar atrapado en el ciclo otra vez. La próxima vez comenzará temprano, se organizará mejor, se ajustará a un cronograma y controlará su ansiedad. Y su convicción es firme, hasta la próxima vez.

De esta forma, el Ciclo de la Postergación finaliza con una promesa categórica de renunciar a esta conducta para siempre. Sin embargo, la mayor parte de los postergadores repiten el ciclo una y otra vez.

 

LAS RAÍCES DE LA POSTERGACIÓN

 

Cabe aquí considerar algunas de las circunstancias que han influido en nosotros: los hechos, situaciones y actitudes que han moldeado nuestras vidas. Es cierto que vivimos en una sociedad competitiva y perfeccionista, pero no todas las personas corren a refugiarse en la postergación. Hay otros componentes que permitirán comprender cómo es que hemos elegido la postergación como estrategia principal para seguir adelante. Para esto es necesario analizar las dimensiones más personales de nuestras vidas.

Recuerdos tempranos

¿Recuerda la primera vez que postergó algo?. ¿Cuáles eran las circunstancias? ¿Era algo para la escuela o algo que sus padres habían ordenado?. ¿Secundaria o primaria?. Los recuerdos de algunos postergadores a modo de ejemplos: a) una tarea escolar postergada por un niño es realizada por la madre; b) “mi madre ordenándome hacer algo, y mi sentimiento: ¡No lo haré!”; c) El padre moribundo dice al hijo “Triunfa por mí”, en la universidad el hijo jamás entregó un trabajo a tiempo; d) “Mis padres siempre encontraban una falla en mis tareas y tenía que rehacerlas”.

Cuando era niño, por algún motivo, pudo haber encontrado que la postergación podía ser una estrategia atrayente para tratar problemas. Tal vez podía aplazar y no sufrir consecuencias; quizás era la posibilidad de ejercer “cierto control” al no cumplir las reglas. Otro “atractivo” pudo ser el desafío que implica hacer todo a último momento producto de cierto aburrimiento en clase; y finalmente, el hábito de postergar pudo haberle otorgado cierta protección en la clase, evitando su exposición.

 

EL CÓDIGO DEL POSTERGADOR

 

Debo ser perfecto

Todo lo que haga debe resultar fácil y no acarrear esfuerzo alguno

Es más seguro no hacer nada que asumir un riesgo y fracasar

No debería tener limitaciones

Si las cosas no se hacen bien, no vale la pena siquiera hacerlas

Debo evitar desafíos

Si tengo éxito, alguien saldrá lastimado

Si lo hago bien esta vez, siempre lo deberé hacer bien

El cumplir las normas de otra persona significa rendirse y no tener autocontrol

No puedo arriesgarme a soltar algo o a alguien

Si me muestro tal cual soy, no voy a gustarle a la gente

Hay una respuesta correcta y esperaré hasta encontrarla

Todos estos enunciados son ilusiones, fantasías; y la postergación puede colaborar en sostenerlas. Si piensa que debe ser perfecto, puede parecer mejor postergar antes que trabajar arduamente y arriesgarse a que alguien lo caratule de fracasado.

Si está convencido de que el éxito es peligroso puede protegerse a sí y a los demás postergando y reduciendo sus posibilidades de desempeño eficiente. Si usted cree que la cooperación y la sumisión son la misma cosa, puede posponer las cosas y hacerlas cuando usted esté listo, conservando así su sensación de control. O bien, si cree que no le gustará a la gente tal cual es, puede hacer uso de la postergación para contener sus ideas y mantener al resto a una distancia prudente.

Este hábito tiene raíces emocionales complejas. La base es el miedo, el temor a que, al actuar, sus acciones los metan en problemas. La postergación es una estrategia que protege a la persona de los siguientes miedos: 1) al fracaso, 2) al éxito, 3) a perder una batalla, 4) a separarse y 5) a unirse afectivamente con otros.

 

EL POSTERGADOR PUESTO A PRUEBA: EL MIEDO AL FRACASO Y AL ÉXITO

 

El temor está referido a ser juzgado por otros o por la autocrítica que habita en su interior. Esto es miedo al fracaso. ¿Podré estar a la altura de las circunstancias?. Si el temor es que por ser sobresaliente haya que enfrentar consecuencias desagradables, estamos frente al miedo al éxito.

 

EL MIEDO A FRACASAR: LA BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN

 

Buscar la perfección en algo, puede ser un buen motivo para postergar. De esta manera, uno evita poner a prueba su potencial. En estos casos, el trabajo realizado no es un reflejo de la verdadera capacidad de alguien, sólo demuestra lo mejor que puede producirse bajo la presión de último momento. La frase, siempre a mano, es “Podría haberlo hecho mucho mejor si sólo hubiera tenido una semana más”. El temor al fracaso se basa en tres suposiciones: 1) lo que hago es un fiel reflejo de la capacidad que poseo, 2) mi grado de capacidad determina cuán valioso soy como persona, 3) por lo tanto, lo que yo hago refleja mi valor como persona.

 

El mundo de un perfeccionista

 

El psicólogo David Burns nos señala “Aquellos que alcanzan metas muy elevadas, no son comúnmente perfeccionistas tercos”. La pregunta que uno debe hacerse es: ¿me impongo modelos que me permiten progresar, o mis modelos son tan inalcanzables que me desanimo, me frustro, me paralizo. Veamos algunas ideas de los perfeccionistas que postergan:

La mediocridad genera desprecio. Todo lo que se haga debe ser sobresaliente, una obra maestra.

Excelencia sin esfuerzo. Si uno es sobresaliente, las cosas difíciles deben ser fáciles.

Hacerlo uno mismo. Todo debo hacerlo por mi cuenta. Delegar o recibir ayuda es un signo de debilidad. Se decide trabajar y sufrir en soledad.

Hay un camino correcto. Y sólo uno. En lugar de arriesgarse a tomar el camino equivocado, no se hace nada

No puedo soportar perder (¿yo competitivo?). Muchos perfeccionistas odian tanto perder que evitan cualquier actividad que los haga competir con otros.

Todo o nada. Si el proyecto está incompleto, entonces no se hizo nada. “Es oro o es basura”.

La perfección es un ideal que se abandona en forma muy gradual. Su origen se encuentra en las matrices familiares. Como prevención, preste atención cuando piensa en términos catastróficos.

 

Riesgos culturales: La cuestión del sexo

Muchas mujeres son educadas para apoyar a los hombres exitosos, pero no para tener éxito por sí mismas. Posponiendo, estas mujeres nunca desafiarán la tradición. (Mujer Ancestral versus Mujer Transgresora, Liliana Mizrahi, libro La Mujer Transgresora).

Riesgos personales: Por qué no debería triunfar

El éxito puede ser visto como algo que debe evitarse. Analicemos estos miedos personales, que pueden ser fuerzas de inhibición poderosas.

 

Me convertiré en un adicto al trabajo. Uno de los miedos más comunes. Si dejo de perder el tiempo, nunca más podré disfrutar del ocio. Hay un falso supuesto de que el éxito invariablemente conduce a una pérdida de control y de elección en la vida de uno.

No merezco triunfar. La base es la culpa. Algo hice mal (puede ser real o fantaseado) y no merezco el éxito. Puede ocurrir también la “culpa del sobreviviente”, alguien que se salvó de un accidente y siente que al negarse a progresar se hace justicia.

Si yo triunfo lastimaré a otra persona. Por ejemplo: la esposa no triunfa para no tener un mejor ingreso que el marido. Puede ser un hijo que no quiere superar a su padre fracasado, para que no se sienta mal.

Podría lastimarme a mí mismo. El éxito puede convertirme en el centro de atención. Los demás podrían abusarse. Alguien me desafiará o me criticará y no tendré fuerzas para defenderme. De niño, es posible que alguien se burlara de sus logros o los ignorara, quizás había mucho miedo al castigo; o ambas cosas. Experiencias reiteradas como éstas pueden crear una visión del mundo en la cual el éxito parece un peldaño hacia el castigo.

El éxito no me corresponde. Lo sienten personas tímidas y de baja autoestima. El éxito no forma parte de la imagen que tienen de sí mismas. Si llega, es vivido como un golpe de suerte, como viene se puede ir.

¿Qué ocurrirá si soy demasiado perfecto?. Me aislaré del mundo y las cosas humanas. Postergando demuestro que no soy perfecto.

La base de todos estos miedos es la creencia de hay que elegir entre tener éxito y tener amor. Si soy un adicto al trabajo y un desamorado, ¿quién querría ser mi amigo?. Si fuera demasiado perfecto, ¿quién lo aceptaría como miembro de la pandilla?. Recuerde que usted puede cambiar y adaptarse a circunstancias nuevas, aún al éxito.

 

EL POSTERGADOR EN COMBATE: MIEDO A PERDER LA BATALLA

 

LA BATALLA POR EL CONTROL

 

Muchas personas postergan porque quieren sentir que tienen control sobre las cosas. Veamos algunos temas que surgen cuando la gente libra batallas por medio de la postergación. Son luchas interpersonales.

Las normas están hechas para ser violadas

Quizás haya momentos en que obedecer normas le resulte tedioso y se sienta tentado a liberarse de ellas. Esto puede ser ocasional o permanente. En estos caso, el postergar queda asociado a una sensación de libertad.

Poder a los de abajo

Hay una estructura jerárquica y usted no está en la cima. El subordinado se demora en realizar trabajos para sus superiores. Usted siente que tiene más control porque hizo las cosas a su modo (tarde). Su superior parece menos poderoso, porque no pudo obligarlo a cumplir a tiempo.

Dejen de fastidiarme

En este caso no son las normas, ni el poder de otros lo que molesta; sino una sensación de intrusión. La postergación es una forma de resistir tal intrusión. Ejemplo: una vecina  pide una receta familiar secreta. La dueña, en lugar de decir: NO, le dice a la vecina que le dará la receta, y luego “olvida” escribirla. La vecina, tres meses después, desiste, para alivio de la postergadora. Al hacer esperar a alguien, puede sentir que tiene un mayor control sobre las cosas y, en consecuencia, es menos vulnerable a la invasión ajena.

Vencer al reloj

Conducir una situación hasta sus límites y salir airoso produce en algunos postergadores una sensación de estremecimiento. La excitación proviene de coquetear con el peligro. Sus sentidos tienen que estar completamente alertas, ya que están arriesgando su trabajo, su seguridad o su vida a cada instante. ¿Cuántas demoras tolerará su jefe antes de despedirlo?. ¿Cuánto tolerará su cónyuge antes de enfurecerse?. La postergación hace más dulce la victoria.

El sabor de la venganza

La postergación también puede endulzar la victoria de la venganza. Si se ha sentido herido, enojado, desairado o traicionado por alguien, puede usar el “arma” como una forma de desquitarse.

 

LA CUESTIÓN DE LA AUTONOMÍA

 

El postergador piensa: “Puedo actuar de la manera que yo elija. No tengo que cumplir sus normas y sus pedidos”. Siente que está viviendo su propia vida. Para aquel que teme perder la batalla, la “capacidad” está relacionada con lo bien que puede resistir el control o la restricción a su autonomía. ¿Conoce personas que habitualmente se quedan sin combustible en su auto?.

La batalla secreta

Cuando la necesidad de autonomía es el tema predominante en la vida de una persona, el tomar decisiones o comprometerse con una persona, o tener una línea de conducta, puede resultar muy difícil. La postergación indefinida provoca que sean los demás quienes toman las decisiones. Hay temor a la confrontación y dificultad en la expresión de sentimientos.

Una filosofía de la defensa

Profundicemos en las hipótesis básicas que parecen sostener quienes viven librando batallas:

El mundo es un lugar impredecible. Para el postergador combativo, la incertidumbre acecha por todas partes. Como no sabe si confiar en otras personas, simplemente supone lo peor. “Los demás se aprovecharán de mí si les doy oportunidad”. Además de impredecible, el mundo es peligroso. Deben esconder sus debilidades y nunca revelar su necesidad o dependencia. La mejor defensa es un buen ataque.

Si alguien es fuerte, entonces debo ser débil. Alguien con mucho poder debe ser vencido. La postergación deja impotente al Otro poderoso. Si deja de hacer las cosas usted retoma parte del control.

La colaboración equivale a la capitulación. La sensación es haber sido obligado a comprometerse contra su voluntad.

Es más importante frustrar a mi opositor que obtener lo que deseo. “Si quiere que lo haga, no lo haré; aún cuando yo misma pueda quererlo”. Resulta más placentero desafiar o frustrar a alguien, que lograr lo que es importante en su propia vida. ¿Quién sale perjudicado?.

 

LAS RAÍCES DE LA LUCHA

 

En personas preocupadas por el poder, el control y la autonomía se encuentra en común una situación familiar que no estimulaba el crecimiento de sus hijos. Ser independiente no era bien visto. Esta situación repetida en la infancia provoca en la vida adulta una resistencia pasiva. Las negativas nunca son directas, frontales.

Para finalizar el tema del combate, la historia del samurai japonés. Este samurai era un espadachín ejemplar, uno de los más grandes y renombrados en todo el mundo. Era tan veloz y preciso con su espada, que nunca necesitaba un paraguas. Se preguntará por qué no necesitaba un paraguas.

No lo necesitaba porque, cuando llovía, sacaba la espada y con ella alejaba las gotas de lluvia antes de que tocaran su cuerpo. Usaba esta asombrosa habilidad para no mojarse. Aunque esto significaba que estaba muy ocupado durante una tormenta, nunca se le ocurrió usar un paraguas, buscar un refugio o siquiera divertirse con la lluvia.

Al igual que este espadachín, usted puede estar esforzándose demasiado para no mojarse con la lluvia. ¿Es esa la manera en que verdaderamente desea gastar su energía?.

 

LA ZONA DE COMODIDAD: MIEDO A LA SEPARACIÓN Y MIEDO A LA UNIÓN AFECTIVA

 

La postergación puede ir más allá de proteger a alguien de la crítica de los demás o proporcionar una forma encubierta de participar en la batalla. La demora y el posponer también pueden regular el grado de apego que una persona mantiene con otros. Sea que uno quiera pegarse o distanciarse demasiado, la postergación sirve para mantenerse en la “zona de comodidad”.

 

MIEDO A LA SEPARACIÓN: NUNCA CAMINARÉ SOLO

 

Suelen utilizarse las siguientes maneras:

Se busca ayuda. Necesita que alguien venga y le inspire, de lo contrario, se queda sin hacer nada.

Esforzarse para ser el número dos. Una cómoda posición secundaria.

Desear algo lo hará posible. Las personas postergan para mantener una relación dependiente con alguien que esperan que los cuide.

S.O.S. El postergador se entierra en un agujero profundo con la esperanza de que alguien lo salve. Alguien siempre se compadece con una persona que se hace cargo de tantos proyectos.

Mantener vivo el pasado. Si, por ejemplo, solía luchar con sus padres o maestros por hacer lo que ellos le ordenaban, puede encontrarse en una lucha similar con su cónyuge por cumplir con tareas domésticas o pedidos. Uno de los propósitos de reiterar viejas escenas puede ser el de mantener viva la conexión que tenía con el elenco original.

Una compañía permanente. La postergación puede hacerlo sentir acompañado, no tan desamparado y solo. Es una compañía fiel, aunque problemática.

 

MIEDO A LA UNIÓN AFECTIVA: DEMASIADO CERCA PARA SENTIRSE CÓMODO

 

Aquellos que temen al compromiso se sienten más cómodos manteniendo una “distancia respetable” con los demás. Estas son las aprensiones que mencionan postergadores que temen  permitir a los demás acercárseles:

 

Si das un dedo, se toman hasta la mano. Creen que las relaciones los agotarán. Se supone un Otro sumamente demandante.

 

Lo que es mío es tuyo, entonces ¿qué me queda a mí?. La suposición es que después de un arduo trabajo y esfuerzo, otro estará allí para quitarles el reconocimiento.

 

La segunda vez. Habiendo quedado herido en una relación, se posterga el involucrarse con otras para no pasar por lo mismo.

 

El hombre-lobo en su interior. Es el miedo a lo que puede hacerle a otros si se comprometen con usted. Si mi padre era violento, no quiero tener hijos para no convertirme en una réplica.

 

Es mejor no amar que perder. Algunas personas desean tanto una aproximación que se sienten asustados o abrumados por la intensidad de su deseo, y entonces los bloquean. “Prefiero esperar que la gente venga hacia mí”. Hay temor al rechazo, no a una invitación sino a la persona total.

 

SEGUNDA PARTE: COMO SUPERAR EL HÁBITO DE POSPONER

 

CONSECUENCIAS DE LA POSTERGACIÓN

 

EXTERNAS INTERNAS
Pérdidas monetarias Autocrítica y desaprobación
Pérdida de amistades Vergüenza
Bajas calificaciones Ansiedad
Programa académico inconcluso Falta de concentración
Conflictos con el jefe Incapacidad de disfrutar de otras actividades
Conflictos con compañeros de trabajo Culpa
Responsabilidad en el trabajo en descenso Tensión
Reputación en baja Pánico
Tensión con los padres Estrés
Tensión con cónyuge o pareja Depresión
Tensión con amigos o miembros de la familia Cansancio físico extremo
Pérdida del empleo Enfermedad física
Separación conyugal o divorcio
Sanciones de autoridades (multas, arrestos)
Accidentes o lesiones físicas

 

 

SU HÁBITO DE POSPONER HOY

 

Sus áreas de postergación. Haga su propia lista en cada aspecto:

 

Hogar:            REPARACIONES

Trabajo           ESCRIBIR INFORMES

Estudio           PRESENTAR TRABAJOS

Cuidado personal       HACER EJERCICIO FÍSICO

Relaciones Sociales   LLAMAR A AMIGOS

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Su estilo de posponer: ¿A qué se dedica cuando pospone? (arme su lista)

Ataco la heladera

 

 

Sus excusas para posponer (arme su lista)

¿De aquí a 200 años esto tendrá sentido?

 

 

PROPONERSE METAS Y ALCANZARLAS: LA META FUNCIONAL

 

Tratar de concretar un proyecto sin dividirlo en partes es imposible. La modularidad es muy útil en estos casos. Quiero dejar de postergar es una meta muy noble, pero no es funcional: no es concreta, no es observable, es difícil de descomponer en etapas. Una meta funcional debe ser:

 

  1. a) Observable: debe incluir una acción: Pediré hora en el dentista.
  2. b) Específica y concreta: Debe especificar cómo, cuándo, con quién, por cuánto, con qué recursos, etc.
  3. c) En pequeñas etapas: Una meta se alcanza paso por paso. Cada pequeño logro se premia con una recompensa.

 

APRENDER A MANEJAR EL TIEMPO

Los postergadores tienen una relación particular con la variable tiempo. Lo consideran algo con lo cual se puede jugar, tratando de burlarlo. Tienen una relación de “ilusiones” con el tiempo, esperan encontrar más de lo que realmente hay, como si el tiempo fuera una cantidad que puede extenderse en lugar de ser fijo.

 

EL NO CRONOGRAMA

Es un método para seguir con atención el tiempo, especialmente pensado para postergadores. Consiste en ubicar todas las actividades que uno realiza habitualmente en una semana. Es una forma de objetivar el tiempo para ver cuánto queda libre para dedicar a nuevos proyectos.

 

TÉCNICAS PARA MANEJAR SU RITMO

Practique diciendo la hora: Y cuestione la veracidad: “Sin tránsito, llego en media hora”. ¿Y cuándo no hubo tránsito?.

 

Aprenda a usar cortos ratos de tiempo: No espere disponer del tiempo completo.

 

Espere interrupciones: Si reconoce anticipadamente la posibilidad de que existan contratiempos, estará más preparado para tomarse los obstáculos con calma en lugar de enfurecerse.

 

Delegue: Es una forma de aumentar su eficiencia. Es una habilidad. No caiga en la trampa perfeccionista.

 

Trate de no hacer muchas cosas a la vez: Reconocer los límites es fundamental. A algo hay que renunciar.

 

Encuentre su mejor momento: Conozca y respete sus ciclos. Si le gusta acostarse temprano no planifique escribir su novela en la madrugada.

 

Disfrute de su tiempo “libre”: El placer es muy importante en la vida. No se puede vivir feliz con culpa y desesperación. Relájese.

 

CONSIGA APOYO DE LOS DEMÁS

ESTABLECER UN SISTEMA DE APOYO

 

Elegir a las personas adecuadas: No crea que todas las personas pueden ayudarle. La experiencia determinará quién puede y quién no.

ESTABLECER COMUNICACIÓN

 

Haga una declaración pública: Comunique a otros su propósito, metas y plazos.

 

Elabore un plan conjunto: Hablar con otra persona lo ayudará a traducir sus pensamientos en palabras claras y concretas.

 

Pida ayuda cuando esté frenado: Otra persona puede ser decente con Usted, aún cuando usted no pueda ser decente consigo mismo.

 

TENSIÓN Y ESTRÉS

Algunos postergadores suponen que producen mejor cuando su ansiedad está al máximo nivel tolerable. El gráfico muestra la relación entre desempeño y ansiedad.

 

El desempeño es alto con una ansiedad moderada. Pero si la ansiedad sigue aumentando, el desempeño desciende por agotamiento.

 

TÉCNICAS ESPECÍFICAS PARA CONVIVIR CON POSTERGADORES

Establezca límites claros, fechas límite y consecuencias

Ayude al postergador a fijar metas pequeñas, provisorias

Ayude al postergador a ser concreto y realista respecto de lo que necesita hacer

Recompense el progreso hecho a lo largo del camino

Si se enoja, dígaselo al postergador en forma directa

Hágale saber al postergador que para usted es mucho más que su actuar

Considere ¿qué podría pasarle a usted si el postergador no logra hacer algo?

 

POSTERGADORES QUE PUEDE CONOCER

SU HIJO

SU CÓNYUGE

SU EMPLEADO

SU JEFE

SUS PADRES

SUS AMIGOS

SUS PROVEEDORES

ETC.

 

REFLEXIÓN FINAL

Se puede actuar, en lugar de esperar. Se puede perseverar, en lugar de rendirse. Es posible, con autoconocimiento y paciencia, dar los pequeños pasos que lo conducirán a la meta final.

 

PENSAMIENTO

El descubrimiento de nuevos mundos no sólo te aportará felicidad y sabiduría, sino también tristeza y temor. ¿Cómo podrías valorar la dicha sin haber experimentado nunca la tristeza?.En última instancia, el gran reto de la vida consiste en superar nuestros propios límites, ampliándolos hasta lugares a los que jamás habríamos soñado llegar.   Sergio Bambarén – El Delfín

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La Acrópolis de Freud

Carta La Acrópolis a Romain Rolland

Esta carta de Freud a Rolland relata una anécdota personal de Freud y su análisis de la situación. Una joya del psicoanálisis y de la literatura!


Carta a Romain Rolland. (Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis) (1936)

carta la acropolis de freud

Nota introductoria:

Romain Rolland nació el 29 de enero de 1866; este trabajo le fue dedicado con motivo de cumplir setenta años de edad. Freud sentía por él la más grande admiración, como lo prueba no sólo el presente artículo sino el mensaje que le hizo llegar en ocasión de su 60° aniversario (Freud, 1926a) y las seis o siete cartas publicadas que le escribiera (Freud, 1960a), así como un párrafo al comienzo de El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, págs. 65-6. La primera carta que Freud le envió data de 1923, y al parecer se reunió con él en una sola oportunidad, en 1924.

Ha sido imposible hallar una publicación de este trabajo en alemán anterior a la del Almanach que aquí consignamos. Debe tenerse en cuenta que todas las publicaciones vinculadas con Romain Rolland -y muchos otros autores, incluido Thomas Mann y, por supuesto, todos los autores judíos- fueron prohibidas en este período por los nazis.


James Strachey

Estimado amigo:

Me insistían para que escribiese alguna cosa como contribución al festejo de su setenta aniversario, y durante largo tiempo me empeñé en hallar un asunto que fuera en algún sentido digno de usted y pudiera expresar mi admiración por su amor a la verdad, su coraje público, su humanitarismo y solicitud hacia el prójimo, o que testimoniara mi agradecimiento al literato que me ha regalado tantos momentos de goce y exaltación. Mas en vano; soy diez años mayor que usted, mi producción languidece. Lo que en definitiva le ofrezco es el don de alguien empobrecido que «ha visto antaño días mejores».

Usted sabe que mi trabajo científico se había fijado la meta de esclarecer fenómenos inusuales, anormales, patológicos, de la vida anímica; esto es, reconducirlos a las fuerzas psíquicas eficaces tras ellos y poner de manifiesto los mecanismos actuantes. Primero lo ensayé en mi propia persona, luego en otros y, por fin, mediante una osada intromisión, en el género humano como un todo. Uno de esos fenómenos, que vivencié hace ya una generación, en 1904, y nunca había podido comprender, afloró en mi recuerdo una y otra vez durante los últimos años (1). Al comienzo no supe por qué; finalmente me decidí a analizar esa pequeña vivencia, y aquí le comunico el resultado de ese estudio. Desde luego, debo pedirle para las referencias sobre mi vida personal mayor atención que la que en otro caso merecerían.

Una perturbación del recuerdo en la Acrópolis

En aquella época solía emprender todos los años, para fines de agosto o comienzos de setiembre, un viaje de vacaciones con mi hermano más joven; duraba varias semanas y nos llevaba a Roma, alguna otra comarca italiana o las costas del Mediterráneo. Mi hermano es diez años menor que yo: de la misma edad que usted -una coincidencia que sólo ahora se me ocurre- Ese año mi hermano me declaró que sus negocios no le permitían una larga ausencia y a lo sumo podía faltar una semana; debimos, pues, abreviar nuestro viaje. Decidimos viajar por Trieste hasta la isla de Corfú, y pasar en ella nuestros escasos días de vacaciones. En Trieste, él visitó a un amigo suyo allí instalado con quien tenía negocios comunes, y yo lo acompañé. Este hombre amable se informó sobre lo que nos proponíamos hacer después, y cuando se enteró de que iríamos a Corfú nos lo desaconsejó vehementemente: «¿Qué harían allí en esta época? Hace tanto calor que no podrían emprender nada. Mejor vayan a Atenas. El vapor del Lloyd parte hoy en las primeras horas de la tarde; les deja tres días para ver la ciudad y los recogerá a su regreso. Valdrá más la pena y será más grato».

Cuando nos separamos del triestino, los dos estábamos de un talante asombrosamente destemplado. Discutimos el plan que se nos había propuesto, lo hallamos totalmente inadecuado y sólo veíamos obstáculos para su ejecución; además, suponíamos que sin pasaporte no nos dejarían entrar en Grecia. Descontentos e irresolutos, dimos vueltas por la ciudad las horas que faltaban hasta que abriesen las oficinas del Lloyd. Pero cuando llegó la hora fuimos a la ventanilla y compramos pasajes en el vapor para Atenas, como si fuera lo más natural, sin hacer caso de las presuntas dificultades y aun sin comunicarnos entre nosotros las razones de nuestra decisión. Y sin embargo, era bien raro ese comportamiento. Más tarde reconocimos que habíamos aceptado enseguida y de la mejor gana la propuesta de ir a Atenas en vez de a Corfú. ¿Por qué hasta que abrieron la ventanilla nos asedió el mal humor e imaginábamos sólo impedimentos y dificultades?

La tarde de nuestra llegada, estaba yo sobre la Acrópolis y abarcaba con mi vista el paisaje cuando de pronto me acudió este asombroso pensamiento: «¡¿Entonces todo esto existe efectivamente tal como lo aprendimos en la escuela?!». Descrito con mayor exactitud: la persona que formuló la proferencia se separó, de manera más notable y tajante que de ordinario, de otra que percibió esa proferencia, y ambas se asombraron, si bien no de lo mismo. Una se comportó como si bajo la impresión de una observación indubitable se viera obligada a creer en algo cuya realidad leparecía hasta entonces incierta. Con leve exageración: es como si alguien, paseando en Escocia por el Loch Ness, viera de pronto escurriéndose en tierra el cuerpo del tan mentado monstruo y se encontrara forzado a admitir: «¡Entonces existe efectivamente esa Serpiente del Lago en que yo no creía! ». Ahora bien, la otra persona se asombró, y con derecho, pues nunca había sabido que alguna vez se hubiera dudado de la existencia real de Atenas, de la Acrópolis y de ese paisaje. Más bien esperaba una proferencia de arrobamiento y exaltación.

Se tenderá a creer que insistiendo en ese extraño pensamiento que me acudió sobre la Acrópolis sólo me propongo indicar que es por entero diferente ver algo con los propios ojos a conocerlo por la lectura o de oídas. Pero sería una manera harto rara de presentar una trivialidad sin interés. 0 podría ensayarse la tesis de que siendo alumno secundario uno creía estar convencido de la realidad de la ciudad de Atenas y su historia, pero a raíz de esa ocurrencia en la misma Acrópolis uno se entera, justamente, de que en esa época no había creído en ello en lo inconciente; y sólo ahora -se agregaría- uno adquiere un convencimiento «que llega hasta lo inconciente» también. Semejante explicación suena muy profunda, pero es más fácil de formular que de probar, y además es muy cuestionable desde el punto de vista teórico. No; opino que los dos fenómenos, la desazón en Trieste y la ocurrencia en la Acrópolis, se encuentran en íntima copertenencia. El primero se comprende con mayor facilidad, y acaso nos ayude a explicar el otro.

Me percato de que la vivencia en Trieste no es sino la expresión de una incredulidad: «¿Que podremos ver Atenas? Pero si no es posible: hay demasiadas dificultades». Y la desazón concomitante corresponde entonces a la pena de que no sea posible. ¡Habría sido tan hermoso! Y ahora uno cae: es uno de esos casos de «too good to be true» {«demasiado bueno para ser verdad»}, que tan frecuentemente nos suceden. Un caso de esa incredulidad que suele darse cuando uno es sorprendido por una noticia feliz: ya sea que se sacó la lotería o ganó un premio, o, tratándose de una muchacha, que el hombre a quien ella ama en secreto se ha presentado como festejante ante sus padres, etc.

La comprobación de un fenómeno hace surgir enseguida, desde luego, la pregunta por su causación. Una incredulidad así es, evidentemente, un intento de desautorizar un fragmento de la realidad objetiva, pero en él hay algo de extraño. No nos asombraría que un intento así fuera dirigido contra un fragmento de realidad que amenaza producir displacer; nuestro mecanismo psíquico está, por así decir, montado para ello. Pero, ¿por qué tal incredulidad respecto de algo que, por el contrario, promete elevado placer? ¡Una conducta realmente paradójica! Ahora bien, recuerdo que ya una vez me ocupé del caso, similar, de aquellas personas que, según yo lo expresé, «fracasan cuando triunfan» (2).

De ordinario uno suele enfermar a raíz de la frustración, el incumplimiento de una de las necesidades o uno de los deseos vitales; empero, en estas personas es a la inversa: enferman, y hasta llegan a perecer, porque se les ha cumplido un deseo de intensidad avasalladora. Pero la relación de oposición entre esas dos situaciones no es tan grande como parece al comienzo. En ese caso paradójico ocurre simplemente que una frustración interna remplaza a la externa. Uno no se permite la dicha; la frustración {denegación} interna ordena aferrarse a la externa. ¿Pero por qué? Porque -es la respuesta válida para una serie de casos- uno no puede esperar del destino algo tan bueno. Vale decir, de nuevo el «too good to be true», la exteriorización de un pesimismo del cual, al parecer, muchos de nosotros albergamos en nuestro interior una buena dosis. En otros casos ocurre en un todo como en el de quienes fracasan con el triunfo, hay un sentimiento de culpa o de inferioridad que puede traducirse así: «No soy digno de semejante dicha, no la merezco». Ahora bien, esas dos motivaciones son en el fondo la misma, una no es sino una proyección de la otra. En efecto, como sabemos desde hace mucho, el destino del que uno espera un trato tan malo es una materialización de nuestra conciencia moral, del severo superyó dentro de nosotros en que se ha precipitado la instancia castigadora de nuestra niñez (3).

Creo que con esto quedaría explicado nuestro comportamiento en Trieste. No podíamos creer que nos fuera deparado el júbilo de ver Atenas. El hecho de que el fragmento de realidad que queríamos desautorizar fuera al comienzo sólo una posibilidad determinó las peculiaridades de nuestra reacción de entonces. Cuando luego, ya sobre la Acrópolis, la posibilidad se hubo convertido en efectiva realidad, aquella misma incredulidad halló una expresión modificada pero mucho más nítida.Sin desfiguración, su texto habría podido ser este: «¡Realmente jamás hubiera creído que me fuese dado alguna vez ver Atenas con mis propios ojos como ahora ocurre sin ninguna duda! ». Si recuerdo la ardiente añoranza que me dominaba en mis años de estudiante secundario, y aun después, por viajar y ver mundo, y cuán tarde empecé a trasponerla en cumplimiento, no me asombra ese efecto retardado {Nachwirkung} en la Acrópolis; tenía yo entonces cuarenta y ocho años. No le pregunté a mi hermano, más joven, si sentía algo parecido. Hubo algo de recelo en toda esa vivencia, que ya en Trieste nos había estorbado intercambiar ideas.

Pero si he colegido rectamente el sentido de mi ocurrencia en la Acrópolis, y es que expresa mi jubiloso asombro por hallarme de hecho en ese lugar, se plantea otra pregunta: ¿Por qué ese sentido ha experimentado en la ocurrencia un disfraz tan desfigurado y desfigurante?

El contenido esencial del pensamiento se conservó sin duda en la desfiguración; es una incredulidad: «Según el. testimonio de mis sentidos, estoy ahora de pie sobre la Acrópolis; sin embargo, no puedo creerlo». Pues bien, esta incredulidad, esta duda en un fragmento de la realidad, es desplazada en la proferencia de dos maneras: primero, se la remite al pasado y, segundo, se la traslada de mi presencia en la Acrópolis a la existencia de la Acrópolis misma. Así se produce algo que equivale a aseverar que alguna vez he dudado de la existencia real de la Acrópolis, cosa que empero mi recuerdo desautoriza por incorrecta, y aun por imposible.

Esas dos desfiguraciones implican sendos problemas independientes entre sí. Puede intentarse penetrar más a fondo en el proceso de trasposición. Sin indicar con más detalle el modo en que lo consigo, tomaré como punto de partida el siguiente: lo originario tuvo que haber sido una sensación de que en la situación de entonces se registraba algo increíble e irreal. Esa situación incluye a mi persona, la Acrópolis y mi percepción de ella. No sé dónde situar esa duda, es evidente que no puedo dudar de mis percepciones sensoriales de la Acrópolis. Pero me acuerdo de que en el pasado he dudado de algo que tenía que ver con ese sitio, y así hallo el expediente de hacer remontar la duda al pasado. Pero de ese modo la duda cambia su contenido. No recuerdo simplemente que en años anteriores dudé de llegar a ver alguna vez la Acrópolis, sino que asevero que en ese tiempo no creí en la realidad misma de la Acrópolis. Y justamente de ese resultado de la desfiguración infiero que la situación presente sobre la Acrópolis ha contenido un elemento de duda en la realidad objetiva. En verdad, no he conseguido hasta ahora aclarar la secuencia, y por eso diré sucintamente, a modo de conclusión, que toda esa situación psíquica de apariencia confusa y difícil de exponer se resuelve de manera fluida mediante el supuesto de que sobre la Acrópolis yo tuve -o pude tener- por un lapso este sentimiento: «Lo que veo ahí no es efectivamente real». Se llama a esto un «sentimiento de enajenación» {«Entfremdungsgefühl}. Intenté defenderme de él, y lo conseguí a costa de un enunciado falso acerca del pasado.

acropolis de freud

Estas enajenaciones son unos fenómenos muy asombrosos, mal comprendidos todavía. Se las describe como «sensaciones», pero es evidente que se trata de procesos complejos, anudados a determinados contenidos y conectados con decisiones acerca de estos últimos. Muy frecuentes en ciertas enfermedades psíquicas, tampoco son desconocidos para el hombre normal, al modo de las ocasionales alucinaciones de las personas sanas. Sin embargo, no dejan de ser unas operaciones fallidas de construcción anormal como los sueños, y las consideramos paradigmas de perturbación anímica sin tener en cuenta su regular aparición en los sanos. Se las observa en dos formas: o bien es un fragmento de la realidad el que nos aparece ajeno {fremd} o bien lo es uno del yo propio. En este último caso se habla de «despersonalización»; enajenaciones y despersonalizaciones se copertenecen íntimamente. Hay otros fenómenos en que cabe discernir, por así decirlo, sus contrapartidas positivas: la llamada «fausse reconnaissance», lo «déjá vu», «déjá raconté» (4), espejismos en que queremos suponer algo como perteneciente a nuestro yo, del mismo modo que en las enajenaciones nos empeñamos en excluir algo de nosotros. Un intento de explicación apsicológica, místico-ingenua, pretende aducir el fenómeno de lo «déjá vu» como prueba de existencias anteriores de nuestro yo anímico. Desde la despersonalización, hay un camino que lleva hasta la «double conscience», en extremo asombrosa, que sería más correcto llamar «escisión de la personalidad» {«Persónlichkeitsspaltung»}. Todo esto es aún tan oscuro, tan poco dominado por la ciencia, que me veo obligado a prohibirme seguir elucidándolo ante usted.

Para mi propósito me bastará retomar dos caracteres universales de los fenómenos de enajenación. El primero es que todos sirven a la defensa, quieren mantener algo alejado del yo, desmentirlo. Ahora bien, de dos lados acuden al yo elementos que pueden reclamar la defensa: del mundo exterior objetivo {real} y del mundo interior de los pensamientos y mociones que afloran en el yo. Acaso esta alternativa recubra el distingo entre las enajenaciones propiamente dichas y las despersonalizaciones. Existe una abundancia extraordinaria de métodos -mecanismos, decimos- de los que nuestro yo se vale para dar trámite a sus tareas defensivas. Alguien allegado a mí está redactando un trabajo que se ocupa del estudio de esos métodos de defensa: mi hija, la analista de niños, está escribiendo justamente un libro sobre ese tema (5). Del más primitivo y radical de esos métodos, la «represión» (esfuerzo de desalojo), partió nuestra profundización en la psicopatología. Entre la represión y la defensa (que debe llamarse normal) frente a lo penoso insoportable mediante admisión, reflexión, juicio y acción acorde a fines, se extiende toda una serie de modos de comportamiento del yo, de carácter patológico más o menos nítido. ¿Me es lícito detenerme a considerar un caso límite de este tipo de defensa? Usted conoce el famoso romance-lamento de los moros españoles, ¡Ay de mi Alhambra!, que refiere el modo en que el rey Boabdil tomó la noticia de la caída de esa ciudad. Vislumbra que esa pérdida significa el fin de su reinado. Pero no quiere «tenerlo por cierto» {«wakr haben»}, resuelve tratar la noticia como «non arrivé» (7). Los versos dicen:

«Cartas le fueron venidas
de que Alhambra era ganada.
Las cartas echó en el fuego
y al mensajero matara».
(8)

Se colige fácilmente que en esta conducta del rey cooperó la necesidad de salir al paso de su sentimiento de impotencia. Quemando las cartas y matando al mensajero procura mostrar todavía la plenitud de su poder.

En cuanto al otro carácter universal de las enajenaciones, su dependencia del pasado, del tesoro mnémico del yo y de vivencias penosas anteriores que desde entonces pudieron caer bajo la represión, no lo admitirá usted sin objeción. Pero justamente mi vivencia en la Acrópolis, que en efecto parte de una perturbación del recuerdo, de una falsificación del pasado, nos ayuda a demostrar ese influjo. No es cierto que en mis años de estudiante secundario dudara yo alguna vez de la existencia real de Atenas. Sólo dudé de que pudiera llegar a ver Atenas. Viajar tan lejos, «llegar tan lejos», me parecía fuera de toda posibilidad. Esto se relaciona con la estrechez y la pobreza de nuestros medios de vida en mi juventud. La añoranza de viajar también expresaba sin duda el deseo de escapar a esa situación oprimente, deseo similar al que a tantos adolescentes esfuerza a largarse de su casa. Desde mucho tiempo atrás tenía en claro que buena parte del gusto por los viajes consiste en el cumplimiento de esos deseos tempranos, vale decir, tiene su raíz en el descontento con el hogar y la familia. Cuando uno ve por vez primera el mar, atraviesa el océano, vivencia como unas realidades ciudades y países que durante tanto tiempo fueron quimeras lejanas e inalcanzables, uno se siente como un héroe que ha llevado a término grandes e incalculables hazañas. En aquel momento, sobre la Acrópolis, pude preguntar a mí hermano: «¿Recuerdas cómo en nuestra juventud hacíamos día tras día el mismo camino, desde la calle … hasta la escuela, y después, cada domingo, íbamos siempre (9) al Prater o emprendíamos una de las archisabidas excursiones al campo? ¡Y ahora estamos en Atenas, de pie sobre la Acrópolis! ¡Realmente hemos llegado lejos!». Y si fuera lícito comparar algo tan pequeño con algo grande, ¿no se dirigió el primer Napoleón, cuando lo coronaban emperador en Notre-Dame a uno de sus hermanos -debe de haber sido al mayor, José-, exclamando: «¡Qué diría nuestro padre si pudiera estar presente!» (10)

Pero aquí nos cae en las manos la solución de un pequeño problema, el de saber por qué nos estropeamos ya en Trieste el contento por el viaje a Atenas. Tiene que haber sido porque en la satisfacción por haber llegado tan lejos se mezclaba un sentimiento de culpa; hay ahí algo injusto, prohibido de antiguo. Se relaciona con la crítica infantil al padre, con el menosprecio que relevó a la sobrestimación de su persona en la primera infancia. Parece como si loesencial en el éxito fuera haber llegado más lejos que el padre, y como sí continuara prohibido querer sobrepasar al padre.

A esta motivación universalmente válida se agrega todavía en nuestro caso el factor particular, a saber, que en el tema Atenas y Acrópolis, en sí y por sí, está contenida una referencia a la superioridad de los hijos. Nuestro padre había sido comerciante, no había ido a la escuela secundaria, Atenas no  podía significar gran cosa para él. Lo que nos empañaba el goce del viaje a Atenas era entonces una moción de piedad. Y ahora ya no le asombrará a usted que el recuerdo de la vivencia en la Acrópolis me frecuentara desde que, anciano yo mismo, me he vuelto menesteroso de indulgencia y ya no puedo viajar.

Lo saluda a usted cordialmente suyo,

Sigmund Freud

Enero de 1936

Notas:
1- [Ya había hecho breve referencia a este episodio unos diez años antes, en El porvenir de una ilusión (1927c), AE, 21, pág. 25, pero en ese momento no dio sobre él ninguna explicación.]
2- [Sección II de «Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico» (1916d).]
3- [Cf. El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, pág. 122.]
4- [Estos fenómenos fueron examinados con algún detalle por Freud en dos oportunidades: en Psicopatología de la vida cotidiana (1901b), AE, 6, págs. 257 y sigs., y en «Acerca del fausse reconnaissance (“déja raconté”) en el curso del trabajo psicoanalítico» (1914a). Véase también la referencia al «velo» en el caso del «Hombre de los Lobos» (1918b), AE, 17, págs. 69 y 91 y sigs.]
5- [Anna Freud (1936).]
6- {Ultimo rey moro de Granada, en el siglo XV.}
7- [Freud usó esta misma frase para describir el proceso defensivo en su primer trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1894a), AE, 3, pág. 50, y en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, pág. 115.]
8- {En castellano en el original.}
9- {Célebre parque en las afueras de Viena.}
10- [Suele decirse que Napoleón expresó lo que se consigna a continuación al ser consagrado con la Corona de Hierro de Lombardía, en Milán.]

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libros de psicologia

Clínica en Psicoterapia Gestalt

terapia gestalt 
El diálogo en la Clínica Gestalt, su relación con la empatía, el contacto y el encuentro

Lic. Rita Giardino
www.ritagiardino.com.ar

 

El diálogo es el medio por el cuál básicamente se realiza la tarea terapéutica.

Por eso podemos pensar en el diálogo como un intercambio que ocurre en la frontera de contacto, donde las partes se expresan y satisfacen necesidades.

Señala Bohn que los obstáculos o bloqueos del diálogo son:

  • tratar de imponerse
  • temor a renunciar a las viejas ideas e intenciones
  • temor a enfrentarse a algo nuevo que la situación requiera
  • dificultad para escuchar
  • rigidez al defender las ideas propias

Creo que estos obstáculos se producen básicamente cuando no se establece una empatía adecuada. Me parece interesante observar que cualquiera de los 5 obstáculos puede darse tanto en el paciente como en el terapeuta y la presencia de cualquiera, por falta de empatía, impide el contacto. En realidad me parece que la empatía es un requisito para el diálogo, para crear esa zona de intercambio nutritiva para las partes que intervienen.

La empatía es un vehículo fundamental en la situación de terapia y en la sustentación del diálogo y especialmente para llegar a un contacto.

Además el diálogo también puede ser interno, dentro de una sola persona consigo misma y entonces no hay intercambio con el ambiente, ni encuentro y por lo tanto no hay enriquecimiento. Se me ocurre entonces que en la clínica el paciente viene a tratar sus diálogos interrumpidos o aquellos que no puede lograr, las situaciones en las que no realiza el proceso de intercambio con el ambiente. Cuando la persona no puede intercambiar con el mundo de modo de satisfacer sus necesidades (por algunos de los cinco obstáculos) y su experiencia se reduce al “diálogo interno” sostenido en creencias, roles y miedos, deviene la neurosis u otra patología.

Por lo tanto la función del diálogo terapeuta-paciente es fundamental para la reparación y facilitar el ajuste creativo del paciente, que no evite el contacto y se produzca el hecho creativo. O sea la recuperación del diálogo a través de la empatía y del contacto con el terapeuta, reconociendo las interrupciones y los obstáculos que tiene para llegar a la satisfacción de sus necesidades.

Para que esto ocurra se debe producir el contacto, que para que sea saludable y nutritivo tendrá que estar acompañado de un darse cuenta. Este darse cuenta llegará en el momento del encuentro.

Lo podemos graficar de esta manera:

dialogo gestalt

En el caso de la terapia para que el paciente pueda desarrollarse y madurar, pueda ampliar su autoconocimiento y su autosostén, no solo es necesario el diálogo que conduce al contacto, sino en la capacidad de empatía, entendida como la identificación del terapeuta con el punto ciego del paciente. Considero diálogo y empatía las columnas del punto de encuentro y fusión que producen el darse cuenta en la terapia y el descubrimiento de lo nuevo que será “mutativo” luego de la separación y retirada.

Algunos dispositivos para el Diálogo

Dentro de la terapia gestáltica el diálogo también es la base de uno de los dispositivos más usados que es la silla vacía, donde el diálogo entre las partes que se pretende integrar es el medio para el contacto interno. Este dispositivo pone afuera el diálogo interno entre las partes en conflicto del paciente y si se da el contacto se produce el darse cuenta que lleva a la modificación.

Otro dispositivo basado en el diálogo es el que se realiza con los órganos, cuando el paciente presenta algún tema orgánico y que permite el re-conocimiento de un órgano o una parte del cuerpo y fundamentalmente la recuperación del cuerpo como parte del si-mismo. Podemos pensar que en tanto el órgano realiza un monólogo es síntoma ajeno al Yo, mientras que cuando podemos construir un diálogo lo recuperamos y recuperamos partes propias antes enajenadas.

Conclusión

Más allá de lo dicho anteriormente, creo que no es posible el diálogo sin una escucha de las partes, por lo tanto sin escucha no es diálogo, podría ser monólogo o un “hablar acerca de”, en donde no habría contacto verdadero, sin intercambio ni enriquecimiento, en el mejor de los casos es intercambio de información.

Si bien anteriormente mencioné que algunos autores dicen que el diálogo posibilita el contacto, creo que no es posible el diálogo sin contacto, como si fueran dos partes necesarias para el encuentro y cuyo verdadero posibilitador es la empatía mutua. Creo que no hay diálogo sin contacto ni contacto sin diálogo. Diálogo implica escucha y feedback, por lo tanto diálogo es contacto. Por ese motivo el diálogo puede ser no verbal y sin embargo tener un profundo contacto.

Finalmente el darse cuenta es el resultado de un diálogo (incluyendo en este concepto de diálogo la empatía, el contacto y el encuentro) entre el yo conciente y la sombra.

La fórmula del diálogo podría ser:

clinica gestalt

* Sumatoria

El diálogo es en sí la base de la comunicación, con uno mismo y con el ambiente, es el medio que nos permite nutrirnos y nutrir, conocernos y conocer. Es una función insoslayable de una vida sana.

BIBLIOGRAFÍA

– Sobre el diálogo, David Bohn.

– Funcionamiento saludable y no saludable y Pensamiento diagnóstico procesual en terapia-gestalt, Lilian Meyer Frazao

– Enfoque gestáltico y Testimonios de Terapia, F. Perls.

– Los diálogos del Cuerpo, A. Schnake

– Proceso y Diálogo en Gestalt, Yontef

Psicologia y Deportes

La Psicología gana partidos

La Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Córdoba lanza su octava ficha divulgativa centrada en el mundo del fútbol.

CORDÓPOLIS

Cada vez es más común la incorporación de personas expertas en el cuerpo técnico de los equipos. La psicología tiene como objetivo describir, explicar, prevenir y modificar la conducta humana en todos los ámbitos, incluido el deporte. Entrenadores y psicólogos trabajan conjuntamente para coordinar y obtener el máximo beneficio de la práctica deportiva, trabajando los factores tácticos, técnicos y físicos, además de los psicológicos y emocionales.

La psicología procura conocer bien a cada jugador, saber cuáles son los factores que influyen en su rendimiento para potenciar la motivación, controlar el nivel de estrés y fortalecer su autoconfianza y conseguir una buena cohesión en el equipo. Las habilidades psicológicas se comienzan a practicar desde el inicio de temporada. Así el trabajo resulta más efectivo ya que las técnicas aprendidas pueden irse adaptando a los jugadores, al entrenamiento y a la competición durante más tiempo.

La actuación del psicólogo no ocurre sólo antes del partido, sino también en el post-partido. Es fundamental realizar una evaluación del desempeño individual y colectivo y a partir de ella establecer nuevos objetivos de trabajo.

La infografía adjunta es la octava entrega del estudio de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universidad de Córdoba. El proyecto está incluido en el IV Plan Anual de Divulgación Científica de la Universidad cordobesa y cuenta con la colaboración de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

psicologia del deporte

Alzheimer

 

Alzheimer: ¿Cuándo llega el momento en que los cuidadores deben pedir ayuda?

Prof. Dr. Fernando E. TARAGANO

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La Enfermedad de Alzheimer (EA) es la forma más común de demencia y constituye un trastorno que afecta gravemente las funciones cognitivas e intelectuales del paciente atentando contra su memoria, pensamiento y conducta hasta quitarle la independencia para vivir. En Argentina, hay 450 mil personas afectadas por este trastorno y se estima que el 70% de estos enfermos son cuidados por algún familiar.

Diferentes estudios realizados en nuestro país demuestran que los cuidadores forman parte de la población en riesgo de contraer la enfermedad y, además, que la sobrecarga y estrés que ocasiona su tarea constituye un factor de riesgo para enfermar. Si bien los síntomas clásicos de la EA involucran los dominios cognitivos, como amnesia y anomias, también se presenta frecuentemente y en cualquier momento de la enfermedad, una amplia gama de trastornos neuropsiquiátricos. Que estos síntomas sean frecuentes e incluso muchas veces dominen el cuadro clínico, no debería sorprender ya que la EA es una enfermedad que afecta al cerebro en múltiples aspectos.

Los síntomas psiquiátricos abarcan un amplio rango que va desde la apatía y la depresión, hasta la agitación psicomotriz, delirios y alucinaciones. Ya en la clásica descripción de Alois Alzheimer de su paciente Auguste D, se incluía a los síntomas conductuales como parte del cuadro clínico, relatando que “…la paciente comenzó con delirios celotípicos, paranoia y finalizó con sentimientos que alguien quería matarla y gritaba ruidosamente…”

 

Hay muchas razones por las cuáles estos síntomas son importantes en la evolución de la EA, algunas de ellas son:

  • Aumentan la morbimortalidad porque tienen gran repercusión funcional.
  • Impactan muy negativamente en la calidad de vida del cuidador.
  • Impactan negativamente en la calidad de vida del entorno familiar.
  • Determinan un aumento en la institucionalización.
  • Frecuentemente obliga al uso de medicación psicofarmacológica.

Las preguntas que a menudo me hacen los familiares de los pacientes son: `¿Es cierto que el paciente puede tener problemas psiquiátricos además del problema de la memoria?”¿Tienen tratamiento?’, `¿Cuándo ha llegado el momento indicado para pedir ayuda institucional?’, `¿Cómo hacerlo y en dónde?’ En general, lo que más afecta y sobrecarga al cuidador es la presencia y severidad de los trastornos conductuales. Las alucinaciones, los delirios, la agresividad, la desinhibición y el vagabundeo nocturno son síntomas muy disruptivos.

Ver al ser amado con un problema psiquiátrico es lo que desequilibra a la familia y sobrecarga al cuidador, que en la mayoría de los casos es un familiar directo. En cambio, el problema de la memoria (u otros cognitivos) genera pena, tristeza pero se sobrelleva mejor que el problema de la conducta (u otros psiquiátricos) En estas circunstancias es importante brindar a los familiares información sobre las fases de progreso del mal ya que reconocer la evolución probable de cada paciente permite pronosticar su deterioro y disminuir angustias. Si una familia brinda cuidado y amor al paciente, casi siempre les aconsejo “Pidan ayuda cuando sientan que el estrés ocasionado por la tarea empieza a dañar su salud fisica y/o psicológica, no son culpables de la enfermedad y menos aún de los síntomas neuropsiquiátricos”.

 

En la actualidad las familias pueden contar con la asistencia y contención de los grupos de apoyo que brindan distintas asociaciones civiles que luchan contra este mal, o bien acudir a centros de cuidado diurno y a hogares geriátricos. Grupos de apoyo. Los grupos de apoyo que brindan asociaciones civiles constituyen un espacio de diálogo, contención e intercambio de experiencias para familiares y cuidadores, especialmente útiles para

Hogares geriátricos.

La presencia y severidad de trastornos conductuales en especial alucinaciones, delirios, agresividad, desinhibición y vagabundeo nocturno impacta anímicamente mal a la familia y sobrecarga al cuidador. Dicha sobrecarga es tanto peor cuanto más intenso es el vínculo que los une. En las últimas etapas de la enfermedad, la fragilidad y el alto riesgo que presentan los pacientes hacen recomendable su internación en una institución aproximadamente al 20% de los pacientes. Cuando se analiza las características de dichos pacientes, se observa que los síntomas psiquiátricos son muy destacados. Por ello es que, el programa de asistencia médica, la seguridad edilicia, la asistencia de enfermería geriátrica, y la estimulación fisico — cognitiva son aspectos prioritarios en las instituciones.

 

 

La Psicología y el Dolor Crónico

 

Psicología en el Tratamiento del Dolor Crónico

La figura del psicólogo es necesaria en las unidades del dolor multidisciplinares

Enrique G. Jordá

Bajo el título “Nuevas Aportaciones de la Psicología en el Tratamiento del Dolor Crónico”, se celebró la pasada semana en el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid la I Jornada del Grupo de Trabajo de la Sociedad Española del Dolor (GTSED) de Psicología y Dolor. Una jornada en la que diferentes especialistas en el ámbito de la Psicología han explicado aspectos relacionados con el dolor.

Las ponencias expusieron temas como la experiencia bio-psico-social del dolor; la terapia cognitiva-conductual en el tratamiento del paciente con dolor crónico; la complejidad de las evaluaciones del dolor; el tratamiento psicológico del dolor crónico infantil; las nuevas tecnologías y el tratamiento psicológico del dolor, y la terapia constructivista para los síntomas depresivos del paciente con dolor. Además, se presentaron tres casos clínicos, así como los resultados, en una mesa redonda, de la encuesta de la SED sobre el perfil del psicólogo que trabaja en dolor.

Le preguntamos al Dr. Antoni Castel, psicólogo de la Unidad de Dolor del Hospital Universitario de Tarragona Joan XXIII y coordinador del Grupo de Psicología y Dolor de la SED, por la importancia de esta jornada:

 

A finales de 2013, desde la junta de la SED se propuso la creación de un grupo de psicología y dolor que estuviese formado por psicólogos. La SED es una sociedad multidisciplinar que lleva muchos años trabajando en todos los ámbitos del mundo del dolor y con el grupo de trabajo de Psicología y Dolor, la SED quiere mandar un mensaje y sensibilizar a la población y a las autoridades sobre la falta de recursos dedicados a tratar los aspectos psicológicos del dolor mediante un abordaje profesional, en el contexto de un tratamiento multidisciplinar. Es por lo que resulta muy importante la realización de esta I Jornada del GTSED de Psicología y Dolor. Jornada que nos va a permitir crear un grupo específico de profesionales y en la que queremos que se visualice, de alguna manera, el rol profesional del psicólogo en las unidades del dolor.

¿Cuál es la importancia de los psicólogos en las unidades del dolor?

A lo largo de los últimos años, en el GTSED de Psicología y Dolor, hemos intentado conocer cuál es la situación de los psicólogos que trabajamos el dolor en España. En este 2017 el grupo ha liderado una encuesta realizada a los psicólogos de las unidades de dolor española bajo el título “El papel de la psicología en las unidades de tratamiento del dolor: acerca de la actividad asistencial, docente e investigadora”. Igualmente, hemos publicado un monográfico sobre psicología y dolor en la Revista de la SED. Los resultados de la encuesta nos indican que el panorama es un poco desolador en algunos ámbitos. Aunque la figura del psicólogo es necesaria en las Unidades del Dolor multidisciplinares, la realidad no lo confirma. En nuestra encuesta y con todas las limitaciones de la muestra, de las 187 unidades de dolor que hay en España, únicamente en el 51% de las mismas, dentro de los niveles 3 y 4, hay psicólogo. Es más de la mitad y eso está bien. Pero, también, hemos mirado en detalle y, por ejemplo, en las horas de dedicación de cada psicólogo en la Unidad de Dolor, tenemos una media de 23 horas semanales, lo que determina que muchos están muy pocas horas. Al igual que dentro de las condiciones muchos psicólogos están como becarios vinculados a proyectos de investigación.

¿Cuál es su opinión sobre la intervención psicológica en los temas del dolor en España?

 

Cuando hablamos de dolor crónico, nos centramos en el aspecto físico. La realidad no es evidentemente así, ya que los elementos emocionales, los elementos interpretativos y cognitivos juegan un papel muy importante. Yo puedo tener una lesión o un problema de dolor determinado, pero después ese dolor en función de cómo puedo afrontarlo y manejarlo, ese dolor me va a interferir mucho más en mi funcionalidad, en mi estado de ánimo y también va a aumentar en sí mismo por los mecanismos de modulación del dolor. Entonces es cuando realmente el papel del psicólogo en las unidades del dolor es de suma importancia.

Lo que ocurre es que todo lo que es la intervención psicológica en nuestro país es algo muy precario todavía. En muchos centros de áreas básicas de salud o centros de Atención Primaria carecen de la figura del psicólogo y las unidades del dolor, también son el reflejo de esa realidad española. Hay que tener en cuenta que el 92-93% de los responsables de las unidades del dolor consideran que el psicólogo es una figura esencial. Una iniciativa como esta, al igual que el intento de que los psicólogos también se adhieran a la SED, busca que la figura del psicólogo tenga más peso y tengamos una masa crítica mayor y que, a partir de ahí, podamos aumentar la presencia del psicólogo en las unidades del dolor. La figura del psicólogo en una unidad del dolor tiene que ser una figura estable que desarrolle un trabajo en condiciones de continuidad. Este es el hándicap que tenemos.

 

 

¿Cómo funciona la Hipnosis Clínica?

  

¿Cómo funciona la hipnosis clínica?

Artículo de la Escuela Superior de Hipnosis Clínica

Podemos considerar la hipnosis clínica como una poderosa herramienta clínica de cambio comportamental.

Los trastornos comportamentales comienzan a formar su sentido de identidad personal a una edad muy temprana. Todo ataque negativo que recibimos se va almacenando en nuestro subconsciente, siendo la percepción de uno mismo la suma de todo el material guardado en el depósito subconsciente.

Con estas técnicas podemos borrar antiguas calificaciones negativas que han distorsionado la percepción de nosostros mismos y las circuns- tancias de nuestro entorno (distorsión cognitiva), aprendendiendo así a comprender nuestros errores.

Hay tres motivos que hacen de la hipnosis clínica un excelente instrumento de re-estructuración de la conducta:

-Desasocia condicionamientos operantes mientras estamos en un estado altamente sugestionable.
-Permite estructurar nuevas asociaciones.
-Facilita la creación de nuevos condicionamientos comportamentales.

  

En definitiva, la hipnosis clínica refuerza o complementa clásicos modelos de terapia (coginitivo-conductuales) para un re-estructuración comportamental más rápida y eficaz.

¿Qué es la hipnosis clínica?.

La hipnosis clínica es un estado de focalización de la atención del paciente. Hay un gran número de ideas negativas predefinidas sobre estas técnicas, pero en realidad lo que podemos esperar durante una sesión de hipnosis clínica es:

Una inhibición de la actividad muscular y motora (relajación muscular).
Un semi-estado cataléptico muscular, semi-catatónico con disminución de la ritmia cardiaca y la ventilación. (relajación sistemática).
Una mayor predisposición a instalar estructuraciones terapéuticas. (sugestionabilidad).
Una profunda sensación de relajación fisiológica, mientras sensorialmente permanecemos no solo alerta sino incluso sobre-estimulados, sin pérdida alguna de la consciencia. (focalización).
Una pérdida de la percepción espacio temporal.(estupor).
Una insensibilidad localizada. (únicamente en la hipnosis anestésica).

Elementos de terapia en hipnosis clínica.

Una sesión de hipnosis clínica, sigue una serie de pasos a la hora de aplicarse. Son, de forma muy resumida, los siguientes:

  

-Preparación para la relajación.
-Relajación sistemática físiológica.
-Profundización en la focalización. (PIEAF: protocolo de inducción al estado de atención focalizada).
-Desarme de los condicionamientos patológicos y comprensión de nuestros errores (del yo) (terapia cognitiva).
-Inducción al abandono de nuestra conducta patológica.(terapia conductual modelo Bandura).
-Premios y sustracciones de elementos negativos (refuerzos positivo y negativo).
-Castigos de las severas pérdidas del control comportamental (aversiones).
-Visualizaciones de modelado (refuerzo conductual modelo Bandura).
-Insensibilización de aquellos elementos que nos producen miedo o pánico (desensibilización sistemática).
-Entrada en el sitio especial de cada uno.(elementos clínicos para el control de los episodios de ansiedad).
-Vuelta a la consciencia vigilica y finalización de la sesión.

Revisemos los elementos clínicos de la terapia en hipnosis clínica.

Pongamos como ejemplo, una crítica hiperactiva a uno mismo, de la que subyace un depósito de auto inculpación, que llega a producir un constante miedo a que le vean en algún fallo que haga presuponer la existencia de ese miedo irracional. Esta situación amplifica los trastornos le- ves y los convirte en devastadores.

Los tres principales medios que tiene el paciente para protegerse de este miedo son:

-La fuga, con su evitación y aislamiento emocional.
-El ataque a los demás, dirigiendo la rabia hacia otro.
-El ataque a sí mismo, dirigiendo la rabia hacia uno mismo.

Inicialmente esta defensa psicológica puede ayudar a controlar parte de los niveles más profundos de la ansiedad, pero uno se puede volver adicto a estas defensas, sin llegar jamás a controlar el trastorno.

  

Dentro de las tres defensas psicológicas, nombradas anteriormente, el ataque a uno mismo es la que castiga mas la auto-estima, ya que se trata de un ejercicio de negación de sí mismos. Primero niega la posibilidad del error insistiendo en que es deseable llegar a la perfección. Después niega la realidad pensando que puede hacerse daño a uno mismo y producir más bien que mal.

Hay una forma de resolver esta actitud y es re-estructurar los conceptos, que normalmente se basan en la creencia que una cosa es de forma intrínseca buena o mala y la actuación comportamental que se condiciona de este concepto.

Habiendo muchas cosas que nos producen miedo e inseguridad, y que resulta reconfortante tildarlas de malas y rehusarlas. En realidad lo que estamos haciendo es distanciarnos y protegernos nosotros mismos.

Afrontamiento del dolor (duelo) en hipnosis clínica.

El afrontamiento del dolor (duelo) son unas técnicas basadas en conocer nuestro dolor (emocional) y como afrontarlo. Sus encuentros con él resultaran menos abrumadores. El dolor tiene una naturaleza ondeante, aumenta y disminuye (angustia, ansiedad) hasta desaparecer de forma repetida, escapando absolutamente a nuestro control.

Las técnicas más habituales de inhibir los episodios de ansiedad son:

Visualizar y sentir el dolor (ansiedad) y ver como se aleja progresivamente (exposición y desensibilización sistemática).
Asociar el dolor emocional (ansiedad) a un estímulo calmante de acción inmediata. (técnicas de inhibición recíproca generalmente asocia- das a la salivación).
Respirar profundamente y relajarse asociadolo a una sensación de bienestar. (respiración diafragmática).
Re-estructurar cognitivamente el elemento estresor.
Visualizarse a uno mismo habiendo superado este dolor. (emocional) (refuerzo positivo).

El lenguaje de la auto-estima en hipnosis clínica.
  

En cada una de las estructuraciones que realizamos al paciente, tenemos que proporcionarle una retro-alimentación revestida con el len- guaje de auto-estima.

Es el lenguaje de la visualización (psico-imágenes) con la superación del elemento condicionante o estresor.
Es el lenguaje de la compresión de nuestras circunstancias sin distorsiones. (re-estructuración cognitiva).
Es el lenguaje que valida la experiencia de superación, apreciando sus esfuerzos que culminan con la obtención del objetivo deseado. (refuerzo positivo).
Tenemos que describir la conducta a asumir para superar los elementos estresores y alcanzar el objetivo deseado (terapia conductual).
Tenemos que tener una razón (cognitiva) para hacer este cambio de conducta.

  

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Del Apego al Deseo de Intimidad

  

Las angustias del desencuentro

Dr. Hugo Bleichmar

[email protected]

Este artículo fue publicado en la Revista Aperturas Psicoanalíticas nº2 el 05/07/1999.

Agradecemos al autor el permiso de publicación.

 

Resumen: se examinan las motivaciones que impulsan las conductas de apego desde la perspectiva del enfoque “modular-transformacional”, tratando de delimitar psicoanalíticamente los diferentes tipos de objetos del apego. Se establece la especificidad del deseo de intimidad, las modalidades bajo las cuales se trata de cumplirlo, el tipo de sufrimiento generado cuando no se lo logra -claramente diferenciables de las angustias de la ruptura del apego-, así como estructuraciones de la personalidad como defensas ante la intimidad Se estudia una forma de la patología de la intimidad, el masoquismo del dolor compartido, forma de alcanzar el sentimiento de comunión intersubjetiva.

Se reconceptualiza  la afectividad dentro de un modelo que toma en cuenta lo intrapsíquico y lo intersubjetivo, delimitándose tres dimensiones: la expresiva, la comunicacional- inductora y una tercera, en la que el sujeto se autoimpone la afectividad del otro para sentir que se fusiona con éste.

Los conceptos anteriores son aplicados a la situación analítica a fin de establecer variantes de combinaciones en la pareja analista-analizando de encuentros/desencuentros entre las respectivas formas de deseos de apego, de intimidad, de angustias ante estos deseos, y de tipos de defensas que en ambos integrantes se pueden activar.

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Este trabajo intenta explorar psicoanalíticamente cuáles son las relaciones entre los deseos de apego -sus variantes- y  un área de la intersubjetividad  que desencadena intensos deseos y tensiones: la vivencia, a nivel inconsciente y consciente, de que el sujeto y el otro se hallan o no en un mismo espacio emocional, espacio en que el sujeto puede sentir que se fusiona jubilosamente con el otro sin perder su sentimiento de ser, o que, por el contrario, tiene una sensación lacerante de soledad en presencia del otro, de vacío, de que el otro está por fuera de ese espacio, a la vista, incluso en estrecho contacto físico, pero inalcanzable. Vivencia difícil de describir con palabras porque el lenguaje convencional apenas resulta adecuado para dar cuenta de una experiencia profunda de cómo es el encuentro entre el sujeto y el otro, y cuya construcción se remonta a los primeros intercambios emocionales en un lento pero progresivo proceso que va desde precursores como la sonrisa de los primeros meses para provocar la sonrisa del otro –encuentro de sonrisas- hasta el sentimiento de compartir una ideal. Cuando se enuncian frases como “te siento distante”, “no nos entendemos”, “es como si estuviéramos en dos mundos diferentes”, con todo el dolor que encierran, se está intentando cercar con palabras algo perteneciente a otro orden: la soledad en el instante mismo en que se está físicamente acompañado. Sentimiento de desencuentro que no debe confundirse con la angustia, el miedo o la tristeza. Se trata, más bien,  de una tensión dolorosa que podemos ubicar dentro de la categoría genérica que Freud (1926, p. 160-1), para referirse al objeto perdido, denominara “ investidura de añoranza”, la cual, en el caso de la intimidad, asume una forma específica de tensión psíquica: “añoranza de deseo de intimidad”, que puede llegar a alcanzar niveles intolerables cuando se siente que el otro está por fuera del alcance emocional del sujeto.

 

Es necesario diferenciar el sentimiento de no encontrarse en el mismo espacio mental del de soledad producido por la ausencia del otro. En este caso, se le puede extrañar pero no se produce el sufrimiento tantálico de que está físicamente presente pero en otro lugar psicológico, de que el sujeto no ocupa el lugar deseado en la mente del otro y, sobre todo, que no le puede llegar con sus sentimientos, con sus pensamientos, para provocar en él/ella la resonancia que posibilite la vivencia de estar juntos, de intimidad. Entonces, se prefiere romper con el otro, no verle más, para no experimentar el dolor del desencuentro emocional en el momento mismo de su presencia. En estas condiciones,  el odio es reforzado al servicio de tratar de destruir dentro del sujeto el anhelo de intimidad, base del sufrimiento.

  

Apego e intimidad, dos condiciones cuyas relaciones merecen ser precisadas. Las ideas de Bowlby (1969, 1973) sobre el apego encontraron mucha oposición dentro del psicoanálisis, al mismo tiempo que dieron lugar a una importante producción (ver: Ainsworth, 1978; Atkinson, 1997; Bailly, 1997; Bernardi, 1998; Lebovici, 1991; Marrone, 1998; Murray Parkes, 1991; Ortiz Barón, 1993; Sperling, 1994; Vollin, 1998). Contribuyó a ello el hecho que él mismo las opusiera de manera frontal a la tesis freudianas sobre el papel determinante de la sexualidad en la fijación al objeto, viendo al apego como independiente de aquélla, no impulsado por el  deseo sexual sino por una motivación propia que, desde una perspectiva neodarwiniana, serviría en la escala zoológica para la autopreservación (Slavin, 1992). Otra causa del rechazo por parte de la comunidad psicoanalítica derivó de que buena parte de los estudios sobre el apego tuvieron un carácter conductual sin penetrar en la fantasía del sujeto, tratando de describir conductas frente a la presencia/ausencia/retorno del objeto del apego. A pesar de que Bowlby dejó claro que el apego depende de esquemas internos que moldean las formas que adoptan –esquemas internos a los que llamó “working models”-, el centro de la investigación no se centró en la subjetividad, en lo intrapsíquico, en la complejidad de la estructura motivacional que dentro del sujeto determina su búsqueda de relación con el objeto externo.

 

Por nuestra parte, en trabajos anteriores (Bleichmar 1997, 1999), indicamos que para comprender qué es lo que impulsa al apego resulta necesario tener en cuenta los distintos sistemas motivacionales que movilizan al psiquismo. En ocasiones, el objeto del apego es aquel que permite obtener un sentimiento de seguridad –autoconservación-, como se constata en la relación del fóbico con su acompañante. En otras, es el placer sexual el que fija a un objeto que queda seleccionado de entre todos los que rodean al sujeto. En este orden de cosas, la tesis freudiana de la elección de objeto y fijación al mismo por ser el que satisface la pulsión sexual tiene en la actualidad una amplia confirmación no sólo a nivel psicológico sino en base a rigurosos estudios en neurociencia (Insel, 1997).

 

El objeto del apego puede ser el que contribuye a la regulación psíquica del sujeto, a disminuir su angustia, a organizar su mente, a contrarrestar la angustia de fragmentación, a proveer un sentimiento de vitalidad, de entusiasmo. El sentimiento de desvitalización, de vacío, de aburrimiento ante la ausencia del objeto del apego hace que se le busque compulsivamente.

 

El objeto del apego puede ser, también, y de manera prevalente, el que sostenga la autoestima del sujeto, aquel con el cual fusionarse para adquirir un sentimiento de valía. Objeto narcisizante en las múltiples dimensiones que hemos descrito (objeto de la actividad narcisista, posesión narcisista (Bleichmar, 1981), a las que se agregan las funciones que Kohut (1971) denominó de especularización e imago parental idealizada.

 

Por otra parte, hay que distinguir el apego impulsado por el placer que surge en la relación con el otro (el sexual, por ejemplo, o el que narcisiza) del apego defensivo para contrarrestar angustias de separación, de soledad, de desrregulación psicobiológica, de intensos sentimientos de inferioridad. En estos casos, el apego es secundario a la angustia, como en la simbiosis defensiva frente al terror de la desintegración.

 

En síntesis, el apego se realiza con un objeto de la autoconservación, con un objeto del narcisismo, con un objeto de la sexualidad, con un objeto de la regulación de las necesidades psicobiológicas. En todos estos casos,  en la conducta de apego hay una fantasmática (de búsqueda del placer o de huída del displacer) que la impulsa y una memoria procedimental que lo organiza (Pally, 1997; Stern, 1985).

 

El placer en el sentimiento de intimidad que produce el encuentro con el otro es una motivación adicional para el apego que no es reducible ni a la sexualidad ni al sentimiento de protección de la autoconservación, ni tampoco a la valoración en el área de la autoestima y el narcisismo, o a la regulación psicobiológica. A algunos sujetos les es suficiente con el apego autoconservativo o el sexual, siendo la cuestión de la intimidad algo que ni siquiera está planteada en sus mentes. Basta que la propia necesidad sexual se satisfaga, incluso sin que el otro vibre, para que se busque a un objeto que rondará continuamente en sus pensamientos.

 

En cuanto a lo autoconservativo, para tomar un ejemplo, el paciente fóbico con crisis de pánico o hipocondríaco puede manifestar un sólido y compulsivo apego al terapeuta –no faltará jamás a sesión, sentirá intensas angustias de separación- pero en su mente el otro es simplemente un instrumento-cosa que le protege, no alguien con sentimientos y necesidades que se desea compartir.

Otros sujetos no buscan ni que el objeto les proteja, ni que les brinde gratificación sexual, ni que les regule psicobiológicamente, ni que les equilibre la autoestima. Su necesidad es la de sentirse en el mismo espacio emocional que el otro, sentir que hay un encuentro de mentes. En consecuencia, así como el psicoanálisis describió un objeto de la sexualidad, uno de la autoconservación, uno del narcisismo, uno de la regulación psicobiológica (Lichtenberg, 1989), de igual manera resulta necesario reconocer la existencia de un objeto de la intimidad.

 

El sujeto podrá tener todos estos objetos separados en distintas personas –el amigo/a de la intimidad es claramente diferente del objeto sexual o del autoconservativo-, o algunos de ellos confluir en un solo personaje que cumple varias funciones simultáneamente. Articulación compleja entre los diferentes objetos, con disociaciones y condensaciones, que nos alertan acerca de que expresiones tales como “ansiedad de separación” requieren ser particularizadas respecto a cuál es el objeto que está en juego: qué función cumple en relación a uno o varios sistemas motivacionales.

 

Modalidades de la intimidad

 

El sentimiento de intimidad se alcanza bajo modalidades diversas. Hay sujetos que experimentan  que están en el mismo espacio psicológico si ambos sienten el cuerpo del otro. O, con más precisión, si el cuerpo de cada uno está representado placenteramente en la mente del otro. El tipo de contacto que pasa a ser índice de que se está juntos es muy diverso: mientras que para algunos requiere como indispensable la sexualidad directa, para otros resulta suficiente pasar junto al otro y rozar fugazmente una parte de su cuerpo  a condición de que ese roce sea también para el otro índice de que se comparte una presencia. Este “objeto de la intimidad corporal” es diferente del “objeto del apego corporal” en que el sujeto busca el contacto sólo para sentir en su cuerpo al cuerpo del otro, en que se desea dormir abrazado al otro para que su presencia sea calor/sensualidad en el propio cuerpo. En cambio, cuando es el  cuerpo de la intimidad el que se desea pasa a requerirse, adicionalmente, que la mente del otro, el cuerpo del otro, sientan al cuerpo del sujeto: encuentro entre dos mentes en las que el cuerpo del otro es vivido como deseante y no como objeto de un deseo que existe sólo en el sujeto.

 

Otros viven la intimidad como basada en participar de un mismo estado afectivo, sea el de alegría, el de tristeza, el de sorpresa, el de interés, el de horror y disgusto, etc.  Cuando el anhelo de cohabitar tal espacio emocional es el que domina al sujeto, se hace todo lo necesario para activar en el otro el estado afectivo deseado: la comunicación es una acción sobre el otro para producir la resonancia afectiva, para que el otro vibre en la misma longitud de onda. Incluso, se hipertrofia el propio sentimiento, se histeriza la emoción,  para arrastrar al otro. O, a la inversa, el sujeto se mimetiza con el estado de ánimo del otro para sentir que está con ese otro. En ambos casos, la afectividad no es algo en sí misma, no vale por su cualidad expresiva de estados interiores sino como medio para alcanzar el encuentro con el otro. Por ello la pregunta que en la situación analítica guiará nuestra captación del paciente no es sólo ¿qué siente? sino, también, ¿siente esto para sentir qué otra cosa? Y esa otra cosa consiste, no infrecuentemente, en lograr sentir que se “está con”. Por ello se obtiene placer al estar sufriendo “junto con”, lo que genera en algunas personas una de las formas del masoquismo: el placer de sufrir deriva de que permite alcanzar el  sentimiento de intimidad con un otro que sufre. Si ésta ha sido la modalidad básica de intimidad que se vivió en la relación con los padres o con los hermanos –relatos de uno de los padres sobre su sufrimiento en la relación con el otro, o sufrimientos experimentados en la infancia-, entonces, para readquirir la vivencia del encuentro, se recreará el sufrimiento que fue el aire que se respiraba en común. La propuesta de sufrir juntos que se propone inconscientemente al otro, sea un amigo/a o la pareja o el terapeuta, mediante el hablar o recordar hechos y experiencias dolorosas, tiene el carácter agridulce derivado de ser la condición que posibilita el sentimiento de encuentro íntimo.

 

La adicción al sufrimiento compartido, que constituye toda una forma del carácter, nos coloca de lleno en el papel de la intersubjetividad en la génesis de la psicopatología del masoquismo. Éste fue estudiado en su origen como fenómeno puramente individual: fuerza que dentro del sujeto producía placer –masoquismo sexual- o aliviaba culpa –masoquismo moral- (Freud, 1924), o lograba un sentimiento de cohesión del self (Kohut, 1971). Pero el placer en el sufrimiento puede tener sus raíces, y su reactualización en el presente, en vínculos en los que el sufrir es el medio privilegiado para sentirse en comunión con el otro. De ahí el riesgo de esta forma de transferencia-contratransferencia masoquista en que paciente y analista obtienen un sentimiento de intimidad a través de centrarse en experiencias dolorosas.

 

De paso, así como es un progreso incorporar la dimensión intersubjetiva a la comprensión del masoquismo, igual sucede con la profundización de las motivaciones que generan y mantienen a una personalidad narcisista. Junto a las motivaciones puramente intrapsíquicas, a los movimientos defensivos, en que la exaltación narcisista y el self grandioso sirven ya sea para contrarrestar sentimientos de envidia, de agresividad –“si soy grandioso no tengo nada que envidiar, no siento rabia”-, la posición de Kernberg, 1975) o porque contribuyen a compensar fallas de narcisización por parte de los objetos del self –Kohut (1971), otra causa reside en que el self grandioso constituye una ofrenda que el niño/a brinda a padres que le requieren esa exaltación. Hay padres que exigen inconscientemente que el hijo/a despliegue una exaltación narcisista para otorgarle no sólo su presencia, su reconocimiento, sino para permitir compartir su intimidad: se sueñan juntos fantasías de grandiosidad que moldearán, luego, la forma prevalente bajo la cual la personalidad narcisista reclamará del otro un estado de exaltación grandiosa a compartir.

 

Nociones como las de “falso self” o de personalidad “como sí” recubren, entre sus modalidades, al carácter estructurado en base al uso del mimetismo para lograr la intimidad: se autofuerza el sentimiento, el pensamiento y la actitud hasta hacerlos equivalente al del otro para conseguir ese sentimiento más básico –el de intimidad- que subtiende a los sentimientos particulares que son meramente productos del azar de qué es lo que sentía aquel con quién el sujeto se había encontrado.

 

Triple dimensión de los afectos: expresión, comunicación-inducción y acomodación

Buena parte del desarrollo emocional, de la adquisición por parte del sujeto del vocabulario emocional del otro, de la identificación emocional con los padres, la pareja o el analista, se produce para sentir que se está con el otro, para unirse a ese otro. Lo que obliga a revisar la tan difundida concepción de que los afectos serían exclusivamene expresión de un estado interior, reacción del sujeto a ciertas representaciones. Es decir, que cuando el sujeto es dominado por representaciones que significan peligro, entonces siente miedo; cuando pierde al objeto, sobreviene la tristeza; cuando logra realizar un deseo, aparece alegría, etc. En todos estos casos el afecto es resultado, parte de un estado mental, correlato automático de ciertas ideas. Dimensión puramente intrapsíquica ya que los afectos se pueden experimentar en la más estricta soledad.

 

Junto a esta dimensión intrapsíquica de la emoción –no requiere de la presencia del otro ni está dirigida al otro- queremos destacar otras dos. Una más conocida, la emoción como comunicación, en que el sujeto activa o intensifica una emoción para llegar al otro y hacerle sentir lo que él siente. Y si el otro (padres o analista) es “sordo”, el sujeto debe incrementar su estado emocional en un intento de que se le escuche. Es la causa por la cual algunos pacientes desarrollan una angustia o una tristeza que van en aumento cuando el analista no “escucha”, o cuando el sentimiento de no ser escuchado resulta de que transfieren sobre éste un objeto interno –real en el pasado o pura construcción imaginaria- de padres insensibles, no empáticos que no captaban su estado emocional. Emoción “comunicación-inducción”, destinada a tratar de promover en el otro una respuesta emocional y un posicionamiento (un rol en la relación) desde el cual responda a la demanda del sujeto expresada en forma de esa emoción particular. El estado afectivo es un instrumento en los intercambios con el otro para que éste sienta y se comporte de la manera deseada. Proceso en dos tiempos: primero, se produce en el sujeto un cierto estado emocional; luego, con la finalidad de llegar al otro, se lo intensifica. “Histerización” de lo existente, ahora al servicio de buscar cierta respuesta del otro.

 

Pero, además de lo anterior, cuando lo que se anhela es compartir un espacio psíquico, la emoción cumple una función a la  que podemos denominar “fusional”: medio para producir el encuentro. La emoción pierde su carácter de componente de estados interiores cognitivo-afectivos y pasa a ser convocada sólo para generar el encuentro. Si los padres sólo prestan atención y responden positivamente cuando el sujeto muestra alegría, este estado afectivo corresponde no a estados interiores (emoción-expresión) sino que constituye la manera autoimpuesta por la cual el sujeto intenta estar con el otro.

 

Desde esta perspectiva, la génesis del carácter hipomaníaco no se debe siempre a una defensa en contra de algo que el sujeto trata de negar –puro movimiento intrapsíquico- sino que puede ser el resultado del requerimiento del otro de que el sujeto sea alguien que le alegre. Si ésta es la relación interna que el sujeto tiene con un otro que le “obligaba” a la alegría, a la excitación, ahora, en la situación analítica, al proyectar en el analista ese otro, puede necesitar negar, alegrarse, para el otro, es decir, no en contra de representaciones negativas propias sino para sentir que agrada al otro. Lo que muestra, una vez más, que hay defensas a requerimiento del otro, sea éste requerimiento real o simplemente imaginario en el sujeto que cree que ese otro así se lo demanda. Causa intersubjetiva de la defensa muy poco estudiada en que el sujeto está alienado en la emocionalidad y la modalidad defensiva que tiene el otro, y no por identificación –incorporación de un rasgo del otro que pasa a formar parte del self nuclear- sino para proteger el vínculo con el otro.

 

Formas de alcanzar la intimidad

 

Si bien el compartir un estado emocional –sea por imposición al otro o por acomodación al de otro- es una de las formas privilegiadas para obtener el sentimiento de intimidad, no debemos universalizar aquella condición. Alguna gente adquiere ese sentimiento de espacio mental compartido cuando hace algo práctico en que el otro interviene –cocinar, arreglar un objeto, pintar un cuarto, seleccionar algo que se compra.  La actividad actúa de indicador semiótico para el sujeto de “estar con”. El otro participante de la escena podrá no expresar emociones  pero el hecho de alcanzar el destornillador que se le pide, o que anticipa que el sujeto necesita para completar una acción, es lo que brinda el sentimiento de unión. “Ayúdame a poner la mesa o a hacer la cama” pueden ser el medio que en la cotidianidad trata de dar forma al anhelo de encuentro. Así como hay familias que se reunen para hablar, para relatarse estados afectivos, para hacérselos vivir a los demás, otras alcanzan el espacio común de la intimidad a través de las tareas prácticas que comparten.

  

Lo expuesto hasta aquí  nos va indicando que  no es ni el cuerpo, ni la emoción ni la actividad instrumental lo decisivo para alguna gente, sino que hay una cierta y muy específica cualidad de la experiencia intersubjetiva que es lo que se desea. Lo que no significa que otra gente no busque exclusivamente gozar con el cuerpo sin interesarse en el espacio psicológico compartido, o alcanzar cierto estado emocional deseado propio, o conseguir cierto objetivo en sí mismo, para sí mismo, sin que entre como motivación lo que está pasando en el otro. Por ello la polémica entre Fairbairn  (1952) -la libido busca la relación con el objeto- y la posición freudiana- el objeto es un medio para obtener la satisfacción de la pulsión- coloca en términos dicotómicos, universaliza, lo que son formas de la relación entre el sujeto y el objeto: se puede utilizar al cuerpo para alcanzar un sentimiento de unión con el objeto, o se puede utilizar al objeto, y hasta el sentimiento de unión, para conseguir la más pura realización de un deseo sexual o un objetivo práctico; o se pueden articular ambos tipos de deseos. Y ello dependerá no una cualidad innata del sujeto sino de las experiencias bajo las cuales su  psiquismo haya sido estructurado, de lo que buscaban sus padres en el contacto con el sujeto: por ej., que éste fuera alguien que se comportase de determinada manera u, otra posibilidad, fuera un ser con quien obtener el sentimiento de estar “junto con”. Dependerá, también, y en no menor medida, de las transformaciones que la fantasía inconsciente imprima a las experiencias, en esa compleja interacción existente entre lo interno y lo externo. Si el experimentar emociones, por ejemplo, es captado como peligroso, y el sujeto bloquea defensivamente cualquier emergencia de aquéllas, el logro del sentimiento de intimidad tomará otros cauces, que podrán depender, a su vez, de la catectización narcisista de ciertas funciones – la de pensar, por ejemplo- y sus productos -los pensamientos. Relación no lineal en los efectos de los intercambios con las figuras parentales que nos previene de cualquier concepción mecánica de la transmisión generacional: si los padres para sentir que estaban en contacto inundaban de una emocionalidad angustiante, el rechazo de ésta por parte del sujeto puede determinar que la forma de intimidad buscada no sea la vivida traumáticamente en la infancia sino el compartir un silencio: se siente que ambos de la nueva relación “están con”  porque experimentan el mismo placer del silencio y la calma emocional concomitante. Con toda la importancia que la identificación posee para reproducir en los hijos las modalidades de vínculos que se vivieron con los padres, las angustias y los deseos del sujeto imponen transformaciones al hacer entrar nuevas dimensiones. En ciertos casos hay interiorización pero siempre lo que domina es  proceso interiorización-transformación.

 

La intimidad en la situación analítica

 

Deseos desvinculados de la intimidad, o guiados por la búsqueda de ésta, que imprimen su curso a la situación analítica: si el analista busca exclusivamente que el paciente haga insight, o que siga determinada conducta bajo ciertos ideales de salud/enfermedad, contribuirá a estructurar al psiquismo de su paciente bajo la motivación “un objetivo a alcanzar”. Metafóricamente, estarán tres: el paciente, el analista y la meta-objetivo terapéutico. El paciente será para el analista un objeto a transformar y éste, para el paciente, un objeto-instrumento para lograr ciertos fines. Ambos mirarán el objetivo, y si esto determina que se desatienda el deseo de “estar junto con”, en algunos pacientes se reforzará una estructura psíquica en que ese deseo estuvo insuficientemente desarrollado. Es lo que sucede con ciertas personalidades “fácticas” orientadas hacia acciones en el mundo exterior y para quienes el encuentro con el otro es una contingencia que se agrega, y a la que hay que soportar, en el camino hacia sus metas.

 

Otros pacientes, en aras de alcanzar el estar “junto con” el analista, moldearán  toda su actividad: asociarán, contarán sueños, cambiarán. El hablar será una forma de “estar con”, de lograr un sentimiento de intimidad. Incluso el insight estará al servicio de la necesidad básica de compartir un espacio psicológico. Desde esta perspectiva, no podemos dejar de  alertar acerca de la paradoja de una personalidad “como sí” que hace insight de que siempre ha funcionado como “como sí” pero bajo la motivación inconsciente de sentirse unida al otro al que sabe que agrada, y con el cual se une, mediante ese insight. Por tanto, reforzamiento del carácter “como sí”.

 

De manera simétrica, si el deseo prevalente  en el  analista es el de “estar con”, entonces, para algunos pacientes se reforzará esta tendencia que es la que ya dominaba su psiquismo, aunque en otros dará origen a lo que nunca fue desarrollado. Lo que nos aleja de cualquier valoración “a priori” de una u otra actitud –la de promover el encuentro intersubjetivo, el “estar con”, o la de buscar el insight y ciertos tipos de cambios- por parte del analista pues entrevemos el riesgo de iatrogenia cuando se actúa universalmente independientemente del tipo de paciente.

 

En cuanto a la cuarta modalidad por la cual ciertas personas alcanzan el sentimiento de intimidad, la de compartir ideas, el pensar igual, tenemos como ilustración a ciertas comunidades ideológicas – movimientos políticos, religiosos, científicos o profesionales-  en las que aquello  que brinda el sentimiento de comunión, de intimidad, es el pensar de manera  de similar. Líderes o seguidores pueden sentir que forman una unidad, que “están con”, al compartir  el credo pero molestándoles que el otro le proponga cualquier intercambio afectivo o una actividad desvinculada de la concordancia ideológica.

Pero hay en la dimensión cognitiva algo que va más allá del contenido de las ideas como capaz de producir o no el sentimiento de intimidad. Para una persona con una organización de su psiquismo bajo ciertas formas de razonar que se ajustan a la manera con la cual el discurso convencional encadena pensamientos y argumentos, cuando entran en contacto con alguien que piensa en términos más de proceso primario, ligando pensamientos mediante formas de articulación diferentes, saltando de un tema a otro, volviendo al anterior, dejando indeterminado de quién se está hablando (ej. “entonces vino”, y no se ha explicitado quién es el que vino), al primero se le produce una disonancia cognitiva, una sensación de malestar, de falta de encuentro. Igualmente, el detallismo de algunos obsesivos que abruma al interlocutor, genera en ciertas personas el sentimiento de no poder encontrarse con el otro porque las corrientes que organizan el pensamiento de uno y otro circulan por diferentes caminos de jerarquía de aquello de lo que se habla, de qué se espera que sea el momento siguiente en el diálogo

 

O el ritmo de pensar del otro, demasiado rápido o demasiado lento para el interlocutor, hace sentir que no se puede seguir el paso; asincronía que es captada como desencuentro. Lo que nos conduce a considerar en el sentimiento de encontrarse en un mismo espacio psicológico la importancia que reviste el fenómeno del “entonamiento” (“attunement”), de los ritmos que se encuentran por parte de ambos participantes de una interacción, cuestión que tanto ha destacado Stern (1985).

 

Entonamiento o ritmo que abarca al encuentro corporal, o al afectivo, o al instrumental o al cognitivo. Entonamiento que nos interesa por algo que va más allá de la posibilidad de que cierta acción se desarrolle exitosamente –la sexualidad en la pareja, o el amamantamiento, o la tarea terapéutica, por ejemplo-, ya que interviene con carácter de determinante  para que se logre esa dimensión supraordinada que estamos trabajando, el sentimiento de intimidad. Supraordinada en el sentido de que el ritmo que posibilita el encuentro sexual hace que éste posibilite, a su vez,  algo que el sujeto puede buscar por encima de todo: el sentimiento de comunión psicológica.

 

Cuatro dimensiones del “estar con” –afectiva, cognitiva, instrumental, corporal- que en la situación analítica se reducen a tres –excluida la corporal no sólo por razones doctrinarias sino por las funestas consecuencias que ocurren cuando así no se lo hace-, y que serán los vectores por los cuales transcurrirán las vicisitudes del sentimiento de intimidad para ambos participantes. Contenido y ritmo de la afectividad, de la labor compartida -lo instrumental, la célebre “alianza de trabajo”-, y de consonancia/disonancia de los estilos cognitivos marcarán la posibilidad del sentimiento de intimidad, con sus placer y angustias.

 

Las preguntas serán: ¿qué hace el paciente afectiva, instrumental, cognitivamente, para lograr que el analista esté en su mismo espacio psíquico, o para evitarlo cuando esto produce angustia? ¿Qué hace el analista afectiva, instrumental y cognitivamente para conseguir objetivos equivalentes de aproximación o distancia, de compartir o separar espacios psicológicos? ¿Qué hacen ambos, independientemente de lo que desean, por pura compulsión a la repetición que va en contra de lo que desean y se proponen?

 

Y, aún de más importancia: ¿Qué sucede si ambos integrantes tienen distintas modalidades para sentir que el otro está en su espacio psicológico, o de mantener separados estos espacios? Por ejemplo, si el analista siente que “estar junto con”, su forma caracterológica óptima de intimidad, es cognitiva -pensar igual, compartir insights, construcciones, teorías sobre el funcionamiento psíquico- y para el paciente es el encuentro afectivo, compartir el mismo estado emocional? El conflicto entre ambos es inherente a la  estructura de ese encuentro, y lo que desde el analista podría ser considerado resistencia del paciente al encuentro cognitivo, a “tomar conciencia de”, con igual legitimidad desde el paciente podría ser vivido como resistencia del analista al encuentro afectivo. A modo de ironía: ¿era Irma quien se resistía a las interpretaciones de Freud o era Freud quien se resistía a la afectividad de Irma? En otros términos, ¿el paciente se resiste a las interpretaciones del analista porque su contenido despierta angustias o por transferencia negativa de tipo narcisista -qué dudas caben que esto sucede-, o porque, a veces, hay una diferente definición y necesidad, a nivel inconsciente, por parte de ambos integrantes de la pareja terapéutica de qué significa estar “junto con”, de la modalidad bajo la que se busca alcanzar el sentimiento de intimidad?

 

¿Pero es indispensable para que exista el sentimiento de intimidad que se tengan iguales, similares o equivalentes estados afectivos, cogniciones, actividades o encuentros entre los cuerpos? Para algunas personas sí. Para otras, en cambio, bastará que cada uno de los participantes capte qué es lo que pasa en la mente –emocional, cognitivamente- del otro, lo valide, y sienta que esa diferencia no separa. Dos formas de sentir que se logra la intimidad  que podría conducirnos a considerar a la primera como más “inmadura”, “infantil”, “egocéntrica”, “narcisista”, que son los términos con que generalmente se valoran diferencias. Por nuestra parte, dado que la segunda forma es mucho más infrecuente, casi un ideal algunas veces alcanzado, incluso no de manera estable por ninguna pareja, sólo  por momentos, preferimos ubicar a ambas formas como modalidades del encuentro. Desde el punto de vista terapéutico nos conformamos no con pasar de la primera a la segunda sino con un ideal que la práctica muestra como tampoco fácil: que cada uno sepa cuál modalidad regula su encuentro con el otro y cuál regula en el otro el sentimiento de intimidad. Ese saber sobre uno y el otro es ya una forma de encuentro. Incluso, el saber que uno de los integrantes de la pareja busca la intimidad y el otro la rehúye, ambos por las legítimas razones que puedan tener. En algunos casos el único encuentro posible consiste en compartir el conocimiento de las profundas diferencias que separan.

 

Diferenciación self-no self en el espacio compartido y su relación con el “espacio transicional”

 

¿Qué relación guarda el concepto de “espacio de intimidad” con el de “espacio transicional”, desarrollado por diversos autores influenciados por las ideas de Winnicott (1971) sobre lo que él denominara “espacio potencial” Bajo la expresión “espacio transicional” se ha intentado describir a un tipo de experiencia ilusoria en que la diferencia entre interno/externo, subjetivo/objetivo, “mí/no mí” pasa a ser irrelevante, permitiendo ello que el sujeto no sea abrumado por una realidad con la cual tendrá que lidiar toda su vida y que siempre resulta traumatizante. Espacio de creatividad en el que es la actitud del otro -la madre, el analista, etc.- quien permite que esa ilusión se mantenga, aceptando esa realidad ilusoria del que así la vive, introduciendo gradualmente, a pequeñas dosis, la realidad. En “Playing and Reality” – traducido como “Realidad y juego” aunque la idea de Winnicott  es la de algo que está ocurriendo creativamente, de ahí el uso de “playing”, jugando- se enfatiza que la ilusión es el resultado de una actitud del otro, “de una técnica de crianza”, en que no se cuestiona al sujeto acerca de si es él quien creó al objeto o lo encontró en la realidad, es decir que se le permite dejar indeterminada la diferencia entre lo interno, su fantasía ,y la realidad.

 

En cambio, el sentimiento de intimidad surge en relación a un otro al que se reconoce como separado del  sujeto -existiendo en la realidad- en el momento que manteniéndose ese sentimiento de diferencia, simultáneamente, se vive como que se comparte algo importante de la mente del otro, sean sus sentimientos, sus ideas, sus intereses y se le hacen vivir los propios. Es el sentimiento de unión en el seno de una diferencia percibida, unión que produce tanto más placer porque no anula la diferencia: somos diferentes pero sentimos, pensamos, igual.  Uno existe para la mente del otro y el otro en la de uno, y se siente que ambas mentes tienen algo importante en común. Es la tensión entre separación y unión la que posibilita el placer de la intimidad. Por ello no es fusión total, pérdida de la individuación. Más aún, que se reconoce al otro como diferente dentro del marco de la intimidad se evidencia por las angustias que puede producir la intimidad al no existir el sentimiento de control en el fantasear que tiene lugar en el espacio transicional winnicottiano. La intimidad se desea y se sale en búsqueda de que el otro la desee. La intimidad exige una “teoría de la mente”, en el sentido que se le da actualmente: la atribución al otro de  estados mentales (Fonagy, 1996).

 

Una vez establecida esta diferencia con el “espacio transicional”, dado que el sentimiento de intimidad con el otro es siempre una construcción subjetiva podrá moverse, según el momento y las personas, entre dos extremos: por un lado, en el nivel totalmente ilusorio en que el sujeto desea y cree que hay tal intimidad cuando eso no corresponde a lo que el otro siente y es. Guarda relación con lo que Kohut (1971) describió como “transferencia gemelar” en que el paciente ve al analista como teniendo los mismos deseos y pensamientos. Pero, por otro lado, el sentimiento de intimidad puede corresponde a la captación, más acorde con lo que le pasa al otro, de que sí existe esa concordancia entre sujeto y el otro. Entre ambos polos, el de la subjetividad más arbitraria y el más cercano a la realidad -nunca alcanzable, nunca totalmente objetiva, siempre construida-, se encuentra toda la gama de experiencias posibles. Por lo cual el sentimiento de intimidad es una construcción subjetiva para cada uno de los participantes, regulada por sus deseos, por sus angustias, por las defensas pero, al mismo tiempo,  creada entre los dos participantes. Lo que aplicado a la situación analítica indica que el sentimiento de intimidad puede ser para ambos participantes, no sólo para el paciente sino para el analista también, una pura ilusión -uno de los polos mencionados- o algo que se aproxima a la realidad de lo que ambos sienten.

 

Pero antes de profundizar en las posibles combinatorias posibles cuando dos subjetividades se relacionan, debemos detenernos en las angustias ante la intimidad porque hasta aquí hemos razonado como si siempre fuera algo deseado. Para alguna gente, ya sea a través de experiencias directas de intercambios con sus figuras significativas, ya sea por identificación con esas figuras que le transmitieron cómo ellas viven la intimidad, o por el producto de sus producciones fantasmáticas, o por la articulación de estos factores con múltiples direcciones de determinación, lo cierto es que la representación interna del encuentro con el otro está cargada de temor: ser invadidos, avasallados, culpabilizados, perseguidos, castigados, entristecidos, sobreexcitados, contagiados con ansiedad, forzados a hacer lo que no desean, perturbados en sus ritmos, desorganizados cognitivamente, etc. Es decir, violentados corporal, afectiva, instrumental o cognitivamente. El espacio compartido es equivalente a estar en la jaula de los leones. En algunas relaciones entre los adolescentes y sus padres, aquéllos rechazan a éstos porque la intimidad conlleva el sentimiento de invasión en cualquiera de los niveles descritos. Igual sucede en determinadas parejas, con el agregado que se puede rechazar al otro en una de las modalidades de la intimidad, la sexual, por ejemplo, no por retaliación narcisista ante las ofensas del otro, no para realizar el deseo de que se frustre el deseo del otro, no  por falta de deseo sexual, no por ser vivida bajo las angustias de la penetración corporal sino por otra causa que se agrega a aquéllas: la sexualidad es significada como intimidad que es la que causa angustia por lo que ha significado en la historia del sujeto. Sobre el encuentro sexual recae el significado de que “estar con” es amenazante para la integridad del self en cualquier de las dimensiones que señalamos poco más arriba.

 

Una de las modalidades de intimidad que pueden generar más rechazo, movilizando defensas, es el impacto traumatizante que es capaz de producir la afectividad del otro. Si esta afectividad es excesiva, cambiante, caótica –padres borderline, por ej.-, el sujeto se defiende de los mismos, llegando a eliminar todo deseo de contacto. En la situación analítica, si el analista es ansioso, si su forma de hablar, su tono de voz, transmite alarma, si es un analista preocupado a la manera de padres que quieren hacer sentir la gravedad de lo que está en juego, en estos casos el paciente puede tender a aislarse, a “resistirse” no por el contenido temático de lo que se le dice, no por rivalidad narcisista sino porque el estado emocional con el que se le inunda, y se le pide compartir, es desorganizante para su psiquismo.

 

Este nivel de la interacción, que no depende del contenido temático de lo que se dice, es el que ha sido más descuidado en psicoanálisis, a punto tal en no pocas ocasiones, para reflejar la parcipación del analista, se la transmite bajo la forma “le dije que…”, faltando la reflexión sobre la serie denominada “paralingüística” que aportaría: “le dije con un tono de …(alarma, dureza, gravedad, distancia afectiva, sobreinvolucración emocional, etc.), y  con un ritmo…(precipitado, tumultuoso, lento, etc.).

 

Como con cualquier tipo de deseo, el de intimidad está inscrito en el sujeto bajo múltiples expectativas de cuál será la posibilidad de realizarlo. Se puede tener la anticipación de que la intimidad no será jamás alcanzada, de que no habrá forma de llegar al otro. Desesperanza generada, a veces, cuando se siente que el otro –la pareja, por ejemplo-, no comparte una racionalidad que para el sujeto es autoevidente, que corresponde a cómo aprendió que socialmente se entienden las obligaciones recíprocas, las formas bajo las cuales cada uno debe regular su relación con el otro.  Esta condición la ilustra el caso de una paciente que cuando reclamaba  a su pareja un comportamiento inadecuado, la respuesta consistía, según el sentimiento del paciente: “empieza a revolear argumentos, que los saca de cualquier lado, que escapan a toda lógica, y entonces me desespero, me lleno de rabia…”.

Si alguien ha tenido la experiencia de convivir en su infancia con padres irracionales puede llegar un momento en que abandone cualquier esfuerzo en pos del logro de intimidad, por lo que no comunicará sus pensamientos, sentimientos, o movimientos. La esquizoidía y el silencio se convierten en la forma de protegerse de las angustias del desencuentro, del sentimiento de que no es posible sentar una base común para el diálogo y el entendimiento.

 

En otras ocasiones, sin llegarse al terreno de la desesperanza, la expectativa es que el otro sólo llegará a entender al sujeto si éste fuerza dentro de éste último los sentimientos que desea comunicar. Un paciente, cuando me quería transmitir una idea, una angustia, una preocupación, comenzaba a gritar dando por anticipado que no le entendería. La frase tan frecuente de “no sé si me entiende” no resulta siempre de la proyección de la incomprensión del sujeto sobre sí mismo o sobre el otro sino de las experiencias reiteradas que ha  tenido de no poder alcanzar el sentimiento de intimidad con el otro, de compartir el mismo espacio mental.

 

En este sentido, la pérdida del objeto de la intimidad -aquel en el que el deseo de intimidad se realiza- puede generar las reacciones emocionales equivalentes al primer tiempo descrito por Spitz para el hospitalismo y por Bowlby para la pérdida del objeto de amor, es decir, las  correspondientes a la fase de protesta para forzar el reencuentro con el objeto. Pero si a pesar de la protesta, el objeto de la intimidad no se muestra dispuesto a desempeñar lo que de él se demanda, la fase de desesperanza y retracción es la que pasa a un primer plano.

Defensas en contra de la intimidad

Las formas que tiene el sujeto para mantener al otro a distancia, o directamente por fuera del espacio compartido defensas ante las angustias de la intimidad-, podrán transcurrir desde el alejamiento físico, o el retiro esquizoide en presencia del otro, o los estados disociados en que se preserva una parte de sí por fuera de la organización de la personalidad que participa en los intercambios con  el otro -múltiples selves, Bromberg (1996)  hasta la agresividad para distanciar al otro (Bleichmar, 1997; Mahler, 1981)

 

Por otra parte, se puede buscar la intimidad en una de sus formas –corporal, afectiva, instrumental o cognitiva- pero rechazarse las otras no porque impliquen intimidad sino porque afectan el sentimiento de seguridad en los sistemas motivacionales del narcisismo, de la autoconservación, de la regulación del equilibrio psicobiológico. Así un miembro de la pareja puede buscar la intimidad en el plano sexual pero esto significa entrar en contacto con un otro que le desrregula psicobiológicamente llenándole de ansiedad, o que le transmite su tristeza, o que desea imponerle sus ideas generando tensión en el sistema narcisista. Pero, a la inversa, la intimidad puede ser sobresignificada desde el sistema narcisista: “el/ella comparte conmigo…luego, me valora”, con lo cual se refuerza su búsqueda.

 

Esta reacción diferencial a la acción del otro desde los distintos sistemas motivacionales –se le acepta desde uno, se le rechaza desde otros- permite una descripción más fina de lo que se llama ambivalencia, fenómeno omnipresente en toda relación precisamente porque el sujeto se vincula desde una multiplicidad de sistemas motivacionales y modalidades de búsqueda y rechazo que propone al otro y desde los cuales reacciona a las propuestas de éste. Más que ambivalencia entre dos categorías (amor-odio), con lo que nos encontramos es con polivalencia, es decir, valencias de signos opuestos entre los sistemas motivacionales.

 

Los desencuentros resultan de las múltiples combinaciones que se pueden generar entre el deseo de intimidad, las formas de lograrlo y las necesidades que siente un sujeto desde sus sistemas motivacionales.  Ferenczi  (1933) habló de confusión de lenguas para referirse a la condicion en que alguien se dirige a un otro en búsqueda de cuidado y protección y este último le responde mediante su deseo sexual. No importa que el primero sea el niño y el segundo el adulto, lo decisivo del aporte de Ferenczi es que ilustra acerca de  una de las variantes del desencuentro entre dos subjetividades.

  

Así como la sexualidad puede ser algo en sí misma, por el casi puro placer pulsional, o ser un    instrumento para alcanzar la intimidad, los deseos y necesidades de los demás sistemas motivacionales se pueden alcanzar sin que la intimidad esté de por medio. El placer narcisista es dable de obtenerse en algunos casos, precisamente, porque el sujeto siente que el otro no le interesa, ni lo que siente, ni lo que piensa ni lo que hace. Igualmente con la regulación psicobiológica o la autoconservación que es alcanzada mejor por alguna gente  en soledad, sin la presencia física, emocional, instrumental o cognitiva del otro.

 

Si el sentimiento de intimidad estuvo acoplado con el de sentirse seguro, protegido, cuando no se alcanza la intimidad el sujeto puede representarse en peligro.

 

Pero como el psiquismo no funciona como un sistema de cómputo que logra maximizar beneficios y disminuir perjuicios sino que es impulsado, de manera más bien ciega, por distintas fuerzas motivacionales, que empujan cada en su propia dirección, alguien puede tener intensos deseos de intimidad, buscarla en el plano emocional o en el corporal, pero se encuentra con otro que le desregula  el sistema narcisista o el sensual/sexual o el de la autoconservación por lo que terminará rehuyendo el contacto. O, a la inversa, alguien puede ser empujado por fuertes necesidades del sistema narcisista hacia la confrontación con el otro, hacia la demarcación y diferencia para sentirse superior, con lo que se frustran simultáneos e igualmente intensos deseos de intimidad.

 

En consecuencia, en cada encuentro con el otro, el sujeto se halla expuesto no únicamente a las contradicciones entre sus sistemas motivacionales -contradicciones intrapsíquicas- sino a las que resultan  del interjuego con las del otro. Y esto vale para el encuentro analítico en que se activan deseos y angustias ante la intimidad en cada uno de los participantes, con especificidad en sus predominios relativos, y, a la vez, encuentros/desencuentros entre los deseos y necesidades de los respectivos sistemas motivacionales.

 

Preguntas, entonces: ¿en la dimensión búsqueda/rechazo de la intimidad en la que se mueven ambos miembros  de la pareja analítica, cuáles serán las consecuencias cuando los dos la buscan, cuando los dos la rechazan, cuando uno busca y el otro rechaza? ¿Cómo contribuye la orientación téorico-técnica del analista, además de su caracterología, para reforzar la búsqueda o huída de la intimidad? ¿Generan un campo similar, en cuanto a la intimidad, un  analista freudiano, kleiniano, kohutiano, lacaniano, intersubjetivista, interpersonalista?

 

La falla en el logro de la experiencia de intimidad puede articularse con tendencias melancólicas o paranoides, es decir tendencias de atribución de responsabilidad de quién ha sido el causante del dolor, lo que conduce a estados melancólicos o paranoides, de autorreproche o reproche al otro, en los que la preocupación por la intimidad pasa a un segundo plano. Momentos del suceder psíquico, pasaje desde el deseo de intimidad al sentimiento de frustración, de éste a la rabia contra el objeto externo, a las angustias que esta rabia produce, a las defensas ante estas nuevas angustias.

 

Las distintas combinaciones entre las modalidades por las que una persona busca la intimidad, la relación entre intimidad y apego, entre apego y sistemas motivacionales, variables para cada sujeto, nos indican una vez más que el psiquismo funciona como un sistema de articulación de componentes, en que los módulos, al articularse, sufren e imprimen transformaciones en los otros. Lo mismo, pero de manera aún más compleja, tiene lugar cuando son dos subjetividades las que entran en contacto.

 

 

¿Por qué se busca la intimidad?

 

Si hemos afirmado que el deseo de intimidad no se reduce a las motivaciones  habituales que llevan al apego autoconservativo, sexual o narcisista, que aquél constituye una condición con especificidad propia, entonces ¿por qué se busca la intimidad? De no contestar a esta pregunta correríamos el riesgo de convertir a ésta en una entelequia. ¿Qué es lo que sucede en el momento en que sentimos que compartimos con otro un estado de ánimo? Por un lado, se convalida nuestro estado mental y nosotros en tanto seres que tenemos ese estado mental. Uno es confirmado en el sentimiento de que existe, en la validez de nuestras percepciones y pensamientos, en la medida que para otro aquello que somos, sentimos, pensamos, sí existe. El sentimiento de ser sujetos lleva la marca de nuestra constitución a partir del otro: el niño desea, las más de las veces, casi dictatorialmente, que el adulto mire lo que él esta mirando porque su placer acerca de algo requiere recrear los momentos constitutivos del psiquismo en que el significado de una experiencia, especialmente su valencia emocional,  no puede ser asignado desde adentro sino a partir de los referentes que el otro provee. Incluso algo que es una disponibilidad biológica, el sonreir, es leído en la sonrisa y el placer  del adulto que sonríe en el mismo momento; o el placer por un alimento determinado es creado por el que se observa en el otro significativo frente al mismo; o el placer funcional de los primeros dominios motores requiere la respuesta jubilosa del otro que contribuye  a darle existencia.

 

Como adultos, continuamos requiriendo para nuestra confirmación como sujetos, para la validación de sentimientos, pensamientos y acciones, de que un otro los  revalide.  Revalidación que para algunas personas no corresponde simplemente a un “re” de un existente intrapsíquico sino que es condición de su propia constitución, de que pase a existir.

 

Pero ya sea que el otro nos confirme o nos conforme (en el sentido de que nos da forma, nos construye), jamás dejamos de requerir que un otro real o imaginario dé testimonio de nuestra existencia y de la valencia emocional de la experiencia. El placer que se encuentra en la intimidad es, precisamente, esa revalidación. Por ello tiene un carácter vivificante que no se reduce al “yo valgo”, desarrollo ulterior que exige que se haya organizado en el psiquismo un sistema de valoraciones, una escala de preferencias, un yo ideal, una capacidad de comparar la representación de sí con la de ese yo ideal. Se trata, en cambio, de algo mucho más general y abarcativo en que la libido del otro, el placer del otro, entra entra como fundante del placer del sujeto en ser, en pensar, sentir y actuar.

 

Una vez que se descubre, dolorosamente, que el estado emocional del otro, que sus intereses y deseos, pueden ser muy diferentes a los del sujeto, el deseo de reencuentro mental se convertirá en motor del psiquismo. El placer de la intimidad no es indiferenciación, borramiento de los límites self-no self,  sino afirmación del ser en el encuentro con un otro que confirma al sujeto y sus vivencias pero a condición de que el sujeto lo confirme dentro de sí  para que, entonces, el otro sí disponga del poder de asignar significado a los momentos particulares del existir.

 

Obstáculos internos a la intimidad

 

Este requisito de que el otro tenga validez dentro del sujeto para que surja el sentimiento placentero de intimidad pone sobre la pista de cuáles pueden ser las condiciones que conspiren para que se alcance. No es sólo porque el objeto externo no aporte esa confirmación, factor sobre el que le estamos reconocido a Kohut por haber hecho hincapié, sino porque la propia agresividad del sujeto deteriora, corroe la representación del objeto que podría confirmar a aquél. La crítica tendenciosa al objeto externo priva al sujeto de todo placer en la intimidad ya que hace desaparecer a aquel de quién se espera algo y para quién se es. Ese es el aporte de M. Klein (1940) al destacar las condiciones internas del sujeto que conspiran en contra del poder hacer uso del objeto externo para su propio desarrollo, en este caso para la confirmación de su ser y de sus vivencias.

 

La consecuencia que se deriva de lo anterior para la terapia analítica es que la  reafirmación del sujeto, y la vitalización del self derivada,  requiere de un analista que le confirme -la posición de la psicología del self – pero, además, de un trabajo sobre las condiciones internas, en especial la agresividad y sus diversas causas, que impiden que el objeto externo, el analista,  tenga el “estatus” necesario dentro del sujeto para que su confirmación no sea denigrada -la posición kleiniana.

 

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Sexualidad en la Tercera Edad

La Facultad de Psicología dedica una jornada a la sexualidad en la Tercera Edad

El profesor Feliciano Villar dará una conferencia, centrándose en los mayores que viven en residencias

Elena Fernández-Pello 17.11.2017 | 19:08

 Feliciano Villar, doctor en Psicología por la Universidad de Barcelona, profesor titular en el departamento de Cognición, Desarrollo y Psicología de la Educación de la Universidad de Barcelona, director del Máster de Psicogerontología y coordinador de la Red Iberoamericana Interdisciplinar de Investigación en Envejecimiento y Sociedad (RIIIES), impartirá la semana que viene una conferencia sobre la sexualidad de las personas mayores, invitado por la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo.

El título de la sesión, que tendrá lugar en la sede de la Facultad, en la plaza Feijoo de Oviedo, el miércoles 22 de noviembre a las 17.30 horas, es “Sexualidad en entornos residenciales para personas mayores. Evidencias y elementos para la buena praxis profesional”.

El Comité de Ética de Intervención Social de Asturias se ha sumado a esta convocatoria, “apoyándola y colaborando en su difusión al considerar que la sexualidad de personas mayores es un tema de enorme relevancia para mejorar la práctica profesional en los servicios sociales y residenciales”.

Desde el comité sostienen que “la sexualidad de personas mayores en centros -residencias y también en centros de atención diurna- es un tema sobre el que todavía existe poca información y que, a menudo, es obviado a pesar de ser fuente, en no pocas ocasiones, de conflictos éticos” y consideran que “una mayor formación sobre este tema contribuirá, no solo al reconocimiento de los derechos sexuales de las personas mayores y al fomento de su salud y calidad de vida, sino que también resultará de ayuda a las instituciones y a los profesionales para procurar un abordaje ético ante algunas situaciones que pueden generar dudas”.